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sAN PABLO
SAN PABLO VIVO HOY
1. ¿Quién era san Pablo?
Al igual que muchos otros judíos de su época, él también tenía dos nombres: Saulo y Pablo; el primero venía de su origen judío (Saulo), el segundo hace referencia a su ciudadanía romana (Pablo). En los primeros 13 capítulos de los Hechos de los Apóstoles es identificado con el nombre de Saulo (cf. Hch 7,58; 8,1.3; 9,1ss y 13,9), en cambio, el propio Apóstol en sus cartas se llama a sí mismo “Pablo”, nombre con el que también aparece mencionado en otros escritos del N. T. y en los Hechos de los Apóstoles a partir del capítulo 13 (cf. Hch 13,9.13ss; 2 Pe 3,15).
Su vida podríamos considerarla dividida en dos partes casi iguales: hasta los 30 años, como fervoroso fariseo; luego, aproximadamente otros 30 años, como cristiano y apóstol, misionero y escritor infatigable, fundador y animador de las comunidades cristianas en el área del Mediterráneo.
1.1 Pablo, el fariseo: Nació en Tarso, capital de Cilicia, en Asia Menor (cf. Hch 21,39; 22,3), en torno al año 5 d. C., recibiendo el influjo de dos culturas: la judía y la helenista (o griega). En efecto, por raza y religión su origen era judío, pero pertenecía a la comunidad “de la diáspora”, es decir, a los judíos que vivían fuera de la Palestina, y por ello estuvo en contacto con el ambiente griego del cual asume la lengua y muchos elementos que marcan su vida y su pensamiento.
Según él testimonio que él mismo da, su formación fue aquella de un “fanático partidario” de las tradiciones del pueblo judío (cf. Gál 1,14), fariseo sincero y convencido, del todo irreprochable en el cumplimiento de la Ley (cf. Filp 3,6). Sus padres eran también hebreos de la tribu de Benjamín (cf. Rm 11,1; Filp 3,5). Su educación como fariseo tuvo lugar en Jerusalén, habiendo sido alumno de Gamaliel, uno de los más ilustres maestros judíos (=rabinos) de su tiempo (cf. Hch 22,3; 5,34). De sus padres recibió también el título de “ciudadano romano”, que le servirá más adelante como apelación para llegar hasta Roma (cf. Hch 22,25-29). 1.2 El Camino de Damasco:
Coherente con su fervor de fariseo celoso de la Ley, Pablo aparece como fuerte adversario de Cristo y de sus discípulos: asiste a la lapidación de san Esteban (primer mártir cristiano), y se convierte en aguerrido perseguidor de los cristianos (cf. Hch 7,54-60; 8,1.3). Pero al rededor del año 35 d.C., mientras recorría el camino hacia Damasco para tomar prisioneros a los seguidores de Cristo, Pablo tiene una experiencia extraordinaria de encuentro con Jesús: la revelación del Cristo glorioso que produce un vuelco radical en su existencia; y así, este acontecimiento (comúnmente llamado “conversión”) le descubre su nueva vocación de Apóstol, y lo transforma en uno de los más apasionados seguidores y misioneros de aquel Mesías que antes perseguía en la persona de sus discípulos. Para el mismo Pablo y para la Iglesia primitiva, este evento vocacional fue tan importante que viene relatado varias veces y con diversos matices (cf. Hch 9,1-30; 22,3-11; 26,12-18; Gál 1,13-20; 1 Cor 9,1; 15,8).
Como es lógico, el efecto de este sorpresivo y providencial encuentro con el Señor en el camino de Damasco, se manifiesta también en una decisiva “conversión” de mentalidad. Destacaremos aquellos puntos que estarán a la base de la posterior predicación y doctrina de san Pablo:
a) Justificados por la fe: Como buen fariseo, Pablo creía que la salvación dependía del cumplimiento minucioso de la Ley; pensaba que eran “las obras de la Ley” las que hacían justo al hombre. En el camino de Damasco comienza a comprender que sólo Cristo, con su misterio pascual, salva y justifica al hombre, de manera gratuita. No se trata, pues, de “merecer” la salvación, sino de estar dispuesto a “recibirla”, adhiriéndose fielmente a Cristo.
b) La Gracia de Dios: concepto clave en la experiencia y enseñanza de Pablo. Camino de Damasco constató el hecho maravilloso de ser amado por Dios, gratuitamente. La infinita misericordia de Dios se manifiesta en nuestro favor no “porque” seamos buenos, sino “para que” seamos buenos; esta certeza del amor de Dios se convirtió en la fuente del gozo y de la seguridad de Pablo.
c) Jesús Crucificado: Pablo busca comprender que si Aquél que fue condenado a la cruz, como si fuera un maldito, es ahora glorificado por Dios mismo, se debe a que todo aquello hacía parte de Su proyecto Salvífico. El sentido de la cruz, a la luz de la Resurrección, se convierte en el sentido mismo de la vida de Pablo y en el núcleo fundamental de su predicación.
d) La Iglesia, Cuerpo de Cristo: Pablo empieza a percibir el vínculo que existe entre Cristo y sus discípulos, desde cuando el Señor le hace saber que Él está presente en cada uno de sus seguidores, a los cuales Pablo quería exterminar: “Yo soy Jesús, a quien tú persigues” (Hch 9,5). Pablo descubre la íntima comunión entre el Cristo, Cabeza, y su Cuerpo, la Iglesia, y se hace miembro vivo de este Cuerpo.
e) Apóstol de Jesucristo: sintiéndose gratuitamente amado y salvado por Cristo, Pablo no puede callar su Evangelio, y se transforma así en el más grande misionero y apóstol de Jesucristo. Se hace consciente de su tarea evangelizadora, fruto de amor, que se debe extender a todos los pueblos; su corazón enamorado de Cristo se dilata hasta los confines mismos del universo (cf. 1 Cor 9,16; Gál 2,20; Filp 3,12).
1.3 Pablo, Apóstol y Misionero: Después de la experiencia vocacional, camino de Damasco, Pablo fue bautizado y permaneció en Damasco algunos días (cf. Hch 9,19). Luego fue a Arabia por un período indefinido de tiempo, después del cual regresó a Damasco, y allí permaneció por tres años (cf. Gál 1,17-18). Enseguida, decidió ir a Jerusalén y encontrarse con Pedro (cf. Hch 9,26-30; Gál 9,18-20). En Jerusalén se levantó contra él una conjura para matarlo, y se vio obligado a huir a Tarso, donde parece que estuvo desde el año 40 hasta el 44 (cf. Hch 9,30). De Tarso fue llevado por Bernabé a Antioquía, y allí se quedó un año más. Desde Antioquía, hacia el año 46, comienza sus viajes misioneros (cf. Hch 11, 25-30).
a) Primer Viaje Misionero (cf. Hch 13,3 - 14,28):
Pablo y Bernabé fueron “separados” por el Espíritu Santo para esta misión evangelizadora, que duró aproximadamente tres años. Parten de Antioquía de Siria, visitan Seleucia, Chipre; pasan también por Pafos, Perge, luego llegan a Antioquía de Pisidia, después a Iconio, Listra y Derbe. Desde allí emprenden el retorno: Listra, Iconio, Antioquía de Pisidia y Perge de Panfilia hasta concluir de regreso en Antioquía de Siria.
El método apostólico seguido es siempre el mismo: primero predican en las sinagogas, a los judíos, pero pronto, ante el rechazo de éstos, abren el horizonte de su anuncio al mundo pagano, es decir, a los no judíos. El Espíritu Santo corrobora la denodada empresa evangelizadora haciendo surgir esperanzadores frutos: los apóstoles dejan tras de sí comunidades bien organizadas y animadas en la fe (cf. Hch 14,23), pero su entusiasmo misionero no los exime de tener que afrontar peligros, persecuciones y dificultades de todo tipo (cf. 2 Tm 3,11).
b) Pablo ante el problema: ¿Una Iglesia Cristiana-Judía o una Iglesia Nueva?:
Las primeras conversiones de los no judíos, o gentiles, plantearon un serio problema a la naciente Iglesia: ¿Los paganos convertidos tenían que circuncidarse? ¿Deberían cumplir o no ciertas prescripciones de la Ley de Moisés? La encrucijada que se presentaba no era fácil de solucionar, si se piensa que Jesús mismo era judío y había observado las leyes judías, así como sus apóstoles y primeros discípulos. ¿La Comunidad Cristiana tendría que ser simultáneamente judía, como continuación de toda la historia antigua, o, más bien, tendría que abrirse a una realidad nueva para encarnarse en las nuevas culturas distintas de la judía?
Cuando Pablo y Bernabé regresaron a Antioquía, el conflicto entre los cristianos provenientes del judaísmo y los cristianos convertidos del paganismo había tomado características preocupantes (cf. Hch 15,1-2). Ante tales circunstancias, Pablo y Bernabé subieron a Jerusalén para tratar la cuestión con los otros apóstoles y presbíteros, y así se instaló el primer concilio de la Iglesia (cf. Hch 15,3-21).
Después de un amplio debate y discernimiento, el colegio de los apóstoles y presbíteros, bajo la guía del Espíritu Santo, encuentra el camino de la concordia y la comunión que les permite dictar las resoluciones necesarias: no se obliga a la circuncisión a quienes querían adherir a Cristo y se establece claramente la autonomía, libertad y novedad de la Iglesia, respecto de las tradiciones judías. Así se allana el camino para el apostolado universal que encuentra en Pablo su más entusiasta abanderado (cf. Gál 2,1-10).
c) Segundo Viaje Misionero (cf. Hch 15,36 - 18,22):
También este segundo viaje comprende aproximadamente tres años, del 49 al 52. Pablo partió de Antioquía, en compañía de Silas, visitó las comunidades de Siria, Cilicia y de otras regiones del Asia Menor; después pasó a Europa, donde predicó el Evangelio en Filipos, Tesalónica, Berea, Atenas y Corinto, y allí permaneció por un año y medio, trabajando fructuosamente, gracias a la valiosísima colaboración de Áquila y Priscila. Finalmente regresó a Antioquía, después de haber visitado también las comunidades de Efeso y Cesarea.
Por donde va pasando, Pablo respalda con su ejemplo y con su paterno amor, la semilla de la Buena Nueva que siembra en el corazón de sus comunidades; por eso, su anuncio no es una simple transmisión verbal de una doctrina, sino la comunicación de una Palabra con poder de salvación para quien la recibe con fe (cf. Rm 1,16).
d) Tercer Viaje Misionero (cf. Hch 18,23 - 21,17):
Este tercer viaje debemos ubicarlo al rededor de los años 54 a 57; durante esta misión apostólica Pablo predicó en regiones que había ya visitado precedentemente, pero el centro de su actividad en esta etapa fue Efeso, donde permaneció más de dos años (cf. Hch 19,1-2). En aquel mismo período, el Apóstol visitó Macedonia y Grecia, y tuvo que ir al menos dos veces a Corinto, por dificultades surgidas en aquella comunidad; precisamente en su última estadía en Corinto, en el invierno del año 57, escribió su Carta a los Romanos.
Entretanto, regresó a Jerusalén para entregar a los pobres de aquella comunidad la colecta hecha en las varias iglesias (cf. 1 Cor 16,1-4; 2 Cor 8,1ss y 9,1ss). Proyectaba llegar hasta Roma y, sobre todo, visitar España, pero los judíos de Asia alborotaron al pueblo e hicieron encarcelar a Pablo (cf. Hch 21,27).
e) Cautiverio de Pablo y último viaje como prisionero (cf. Hch 21,28 - 28,31):
Habiendo sido encarcelado en Jerusalén, san Pablo fue enviado por el tribuno romano a Cesarea, para que compareciera ante el procurador Felix. En Cesarea estuvo dos años prisionero hasta que él mismo quiso apelar al César, a lo cual tenía derecho por ser “ciudadano romano” (cf. Hch 25,11-12). Y por tanto debía ser remitido a Roma, a donde llegó después de un dramático naufragio, hacia el año 61.
En Roma fue sometido al arresto domiciliario durante dos años, gozando en todo caso de una relativa libertad, lo cual le permitió continuar su tarea evangelizadora (cf. Hch 28,16). Durante este tiempo pudo también escribir sus cartas a los Colosenses, a Filemón y a los Efesios.
f)Cumplimiento de la misión y martirio por el Evangelio:
Infortunadamente, la última parte de la vida de Pablo no se encuentra relatada en los Hechos de los Apóstoles; sin embargo, según el testimonio de escritores cristianos antiguos, el Apóstol habría sido dejado en libertad, luego habría ido a predicar en Creta y en España, antes de sufrir una segunda cautividad, más rigurosa que la primera, referida en la segunda carta a Timoteo (cf. 2 Tm 1,8.12; 2,9). Ya por este tiempo Pablo se preparaba al sacrificio supremo de la muerte (cf. 2 Tm 4,6-8).
Y así llegó para Pablo la ocasión de sellar con el broche de oro de su sangre el testimonio de fidelidad a Cristo y al Evangelio: fue martirizado hacia el año 67, durante la persecución provocada por Nerón.
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