María aparece por última vez en los escritos del Nuevo Testamento, en el primer capítulo de los Hechos de los apóstoles: se encuentra en medio de los apóstoles, en oración en el Cenáculo, en espera de la venida del Espíritu Santo. Los textos inspirados son concisos, pero respecto de la Virgen abundan los escritos apócrifos, sobre todo el Protoevangelio de Santiago y la Narración de san Juan el teólogo sobre el sueño de la santa Madre de Dios. El término “sueño” (“dormitio” o paso a la otra vida) es el más antiguo que se refiera a la conclusión de la vida terrena de María. Esta celebración fue decretada para Oriente en el siglo VII con un decreto del emperador bizantino Mauricio. En el mismo siglo la fiesta del Tránsito fue introducida también en Roma por un Papa oriental, Sergio I. Pero pasó otro siglo antes que el término “sueño” o “Tránsito” cediera el puesto al más explícito de “Asunción”. La definición dogmática, pronunciada por Pío XII en 1950, declarando que María fue elevada al cielo en cuerpo y alma quiso relievar el carácter único de su santificación personal, puesto que el pecado nunca la contaminó, ni siquiera por un instante. La unión definitiva, espiritual y corporal, del hombre con el Cristo glorioso, es la fase final y eterna de la redención. Así, los bienaventurados, que ya gozan de la visión beatífica, en cierto sentido están a la espera del cumplimiento de la redención, que en María ya se cumplió con la gracia especial de la preservación del pecado. A la luz de esta doctrina, que se basa en la Sagrada Escritura, en el llamado Protoevangelio, que contiene el primer anuncio de la salvación mesiánica dado por Dios a nuestros progenitores después del pecado, se presenta a María como nueva Eva, estrechamente unida al nuevo Adán, Jesús. En efecto, Jesús y María están unidos en el dolor y en el amor para reparar la culpa de nuestros primeros padres. María es, pues, no sólo Madre del Redentor, sino también su cooperadora, estrechamente unida a él en la lucha y en la victoria final. Esta íntima unión requiere también que María triunfe, lo mismo que Jesús, no sólo sobre el pecado, sino también sobre la muerte, los dos enemigos del género humano. Y como la Redención de Cristo se concluye con la resurrección del cuerpo, también la victoria de María sobre el pecado, con la Inmaculada Concepción, tenía que completarse con la victoria sobre la muerte mediante la glorificación del cuerpo, con la asunción, porque la plenitud de la salvación cristiana es la participación del cuerpo en la gloria celestial. |