Nació en Bitinia de familia plebeya. Su hijo Constantino le dará después el título de “Augusta”. Por orden del emperador Diocleciano fue repudiada por el marido, el tribuno militar Constancio Cloro. En efecto, la ley romana no reconocía el matrimonio entre un patricio y una plebeya; por tanto, Elena era considerada simplemente como una concubina, y cuando Constancio Cloro tuvo el título de “Augusto” con el colega Galerio, se vio obligado a deshacerse de ella, pero mantuvo consigo al hijo Constantino, que había nacido de su unión en el año 285. Cuando murió el padre de Constantino, éste fue aclamado “Augusto” en el 306 en York por las legiones británicas, y entonces Elena pudo regresar al lado de su hijo, con el merecidísimo título de “Nobilissima Foemina”, para después tener el más alto honor al que podía aspirar una mujer, el de “Augusta”, cuando el hijo, derrotando a Masencio en las puertas de Roma, llegó a ser “totius orbis imperator”, esto es, señor absoluto. Fue el comienzo de una pacífica obra de reconstrucción, que incluyó la paz con el cristianismo. En efecto, por sus relaciones con el cristianismo él le imprimió a su monarquía un contenido espiritual, pues le atribuía su victoria a la protección de Cristo. No sabemos cuánta participación tuvo Elena en esta conversión de consecuencias tan maravillosas. Aunque el historiador Eusebio, autor de una Vida de Constantino, sostiene que fue el emperador quien llevó a la madre a la fe, muchos consideran que fue Elena quien convirtió al hijo; pero una conversión bastante fría, porque él recibió el Bautismo solamente a la hora de la muerte, en el 337. Por el contrario, Elena demostró un fervor religioso, que se tradujo en grandes obras de beneficencia y en las célebres basílicas de los lugares santos, de los que fue intrépida exploradora. A pesar de su avanzada edad, había ido a Palestina para seguir las excavaciones en Jerusalén, que había comenzado el obispo san Macario. Así fue como encontró la tumba de Cristo excavada en la roca y cerca la Cruz del Señor y las de los dos ladrones. La “invención”, es decir, el hallazgo de la Cruz, que tuvo lugar en el 326 ante los ojos de la piadosísima madre del emperador, causó una grande emoción en toda la cristiandad. Animada por este primer éxito, Elena buscó y encontró la gruta del Nacimiento en Belén y el lugar en el monte de los Olivos en donde Jesús estuvo con sus discípulos poco antes de subir al cielo. A estos descubrimientos siguió la construcción de otras tantas basílicas, una de las cuales, sobre el monte de los Olivos, llevó después el nombre de Elena. |