Amigo y colaborador de san Atanasio de Alejandría y de san Hilario de Poitiers, san Eusebio fue uno de los principales artífices de la organización interna y externa de la Iglesia, que acababa de salir de la experiencia de las persecuciones. Nació en Cerdeña a principios del siglo IV, y, siguiendo el ejemplo de muchos “provincianos”, dotados de ingenio, se fue a Roma para terminar los estudios y seguir una carrera remunerativa como la de la política y la forense. Eusebio no era el nombre de pila. Este nombre lo recibió en el Bautismo, en Roma, cuando se convirtió al cristianismo. Quiso el nombre de Eusebio, porque quien lo bautizó fue el papa san Eusebio. En efecto, el joven sardo quiso ese nombre, siguiendo el ejemplo de los libertos, que por gratitud para con el patrón que les concedía la libertad, tomaban su nombre. De simple lector de la Iglesia de Roma, poco después fue ordenado sacerdote, y después, en el 345, fue elegido obispo de Vercelli, al norte de Italia. En los 26 años de episcopado Eusebio fue para esa ciudad lo que poco después sería san Ambrosio para Milán: pastor celoso, de muchas iniciativas, generosamente interesado por la vida de la Iglesia, inclusive más allá de los estrechos límites de su diócesis. En Vercelli consagró la primera catedral, adaptando el antiguo templo pagano dedicado a la diosa Vesta, e introduciendo un nuevo ritual litúrgico. La intuición más original, en el campo pastoral, la que se refiere al clero diocesano, al que reunió en vida comunitaria en los varios pueblos de su territorio. Ese experimento, que él introdujo por primera vez en Occidente, sería retomado doce siglos después por los reformadores del clero. En las ardientes batallas teológicas, Eusebio siempre estuvo en las filas de los defensores de la fe de Nicea y de su irreducible paladín, san Atanasio, varias veces desterrado por los arrianos, apoyados por el emperador Constancio. Eusebio también fue desterrado, cuando los herejes tuvieron las de ganar en el sínodo de Milán. El Santo obispo fue enviado, encadenado, a la lejana Palestina, en donde permaneció seis años encerrado en una prisión de Scitópoli. Fue liberado cuando Julián el Apóstata subió al poder; entonces fue a visitar a san Atanasio, con quien pasó un breve período. De regreso a su sede, colaboró con el obispo Hilario de Poitiers para curar las heridas que la herejía le había causado a la Iglesia del Norte. En la historia de la literatura cristiana antigua se recuerda a Eusebio por la traducción en latín de los Comentarios a los Salmos del homónimo Eusebio de Cesarea. Murió en Vercelli en el año 371. |