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22 DE AGOSTO

SANTISIMA VIRGEN MARIA, REINA


La festividad de hoy, paralela a la de Cristo Rey, fue instituida por Pío XII en 1955. Hasta la reciente reforma del calendario litúrgico, se celebraba el 31 de mayo, como coronación de la devoción especial mariana del mes dedicado a ella. El 22 de agosto estaba reservado a la conmemoración del Corazón Inmaculado de María, en cuyo lugar se celebra la fiesta de María Reina para acercar la realeza de la Virgen a su glorificación en la asunción al cielo. Este puesto de singularidad y de preeminencia, junto a Cristo Rey, le viene por los múltiples títulos, que Pío XII ilustró en la carta encíclica Ad Coeli Reginam (11 de octubre de 1954), de Madre de la Cabeza y de los miembros del Cuerpo Místico, de Augusta Soberana y Reina de la Iglesia, que la hace partícipe no sólo de la dignidad real de Jesús, sino también de su influjo vital y santificador sobre los miembros del Cuerpo místico.
El latín “regina”, como “rex”, deriva de “regere” es decir, regir, gobernar, dominar. Desde el punto de vista humano es difícil atribuir a María el papel de dominadora, ella que se proclamó la sierva del Señor y pasó toda su vida humildemente oculta. Lucas, en los Hechos de los apóstoles, coloca a María en medio de los Once, después de la Ascensión, recogida con ellos en oración; pero no es ella la que imparte órdenes, sino Pedro. Y, sin embargo, precisamente en esa circunstancia ella constituye el anillo de enlace que tiene unidos al Resucitado a esos hombres todavía no robustecidos por los dones del Espíritu Santo. María es Reina porque es Madre de Cristo, el Rey. Es Reina porque sobrepasa a todas las criaturas en santidad: “En ella se reúne todo lo que hay de bondad en cualquier criatura” dice Dante en la Divina Comedia.
Todos los cristianos ven y veneran en ella la sobreabundante generosidad del amor divino, que la colmó de todo bien. Pero ella distribuye real y maternalmente todo lo que ha recibido del Rey; protege con su potencia a los hijos adquiridos en virtud de su corredención y los alegra con sus dones, porque el Rey ha dispuesto que toda gracia pase por sus manos de espléndida Reina. Por eso la Iglesia invita a los fieles a invocarla no sólo con el dulce nombre de madre, sino también con el reverente de Reina, como en el cielo la saludan con alegría y amor los ángeles, los patriarcas, los profetas, los apóstoles, los mártires, los confesores, las vírgenes. María fue coronada con la doble diadema de la virginidad y de la maternidad divina: “El Espíritu Santo vendrá sobre ti, y la virtud del Altísimo te cubrirá con su sombra. Por esto el Santo que nacerá de ti será llamado Hijo de Dios”.


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