San José de Calasanz, un hombre inquieto y al mismo tiempo paciente como Job, nació en Peralta de la Sal, diócesis de Urgel en Aragón, en 1557. A los 28 años fue ordenado sacerdote e inmediatamente manifestó su grande inclinación hacia la vida eremítica. Sus superiores, para “curarlo”, lo lanzaron a la lucha, nombrándolo vicario general de la diócesis. Pero como este remedio no pareció eficaz, lo enviaron a Roma como teólogo al séquito del cardenal Marco Antonio Colonna. Pero más que preocuparse por el cardenal, que sabía por sí mismo pensar en su propia cultura, se dedicó con alma de apóstol a la instrucción de los muchachos de los barrios pobres de Roma, en la parroquia de Santa Dorotea de la que era coadjutor. En ese tiempo el Gobernador de la Ciudad no tenía problemas escolásticos, porque sencillamente no había escuelas. Eso era un asunto privado. El que tenía dinero podía darse el lujo de tener un maestro en casa, o mandaba a los hijos a los famosos “Estudios” (las “universitates studiorum”) o a las escuelas municipales de las ciudades del norte. En Roma no existían, y en ellas pensó José de Calasanz. Con los pocos recursos que tenía fundó la primera escuela gratuita para los hijos de la gente pobre. En esta obra fue ayudado por muchos voluntarios, que se ofrecieron para enseñar gratuitamente a los niños. Así fundó la Congregación de los Clérigos regulares de las Escuelas Pías (los Escolapios, con votos no sólo de obediencia, castidad y pobreza, sino también con el del compromiso por la instrucción de los jóvenes). Esta esperada y benéfica institución tuvo inmediatamente la notoriedad que bien se merecía: la Orden se difundió en todos los Estados europeos, pero le causaron más dolores que alegrías al Santo fundador. Las pruebas, a las que Dios somete a sus santos, para separar el buen grano de la granza, no tardaron en afligir a san José: acusado de incapacidad por sus mismos hijos, después de la imposición de un “visitador” deshonesto, el Santo fue destituido de su cargo y la Orden quedó reducida a simple fraternidad, es decir, prácticamente suprimida. Con admirable paciencia y serenidad José de Calasanz se arremangó las mangas y con la obstinación de los precursores reconstruyó el edificio que le había caído encima. La Orden resurgió de las cenizas con la moderna vestidura de Congregación religiosa, con el mismo programa social de educación de los muchachos de familias pobres. José murió a la edad de noventa años, el 25 de agosto de 1648, y fue canonizado en 1767. |