No es fácil hablar del santo que más que cualquier otro, habló de sí mismo, pero lo hizo con sinceridad y sencillez, convirtiendo en confesión, es decir en alabanza a Dios, todo lo que le concierne. Hombre y maestro, teólogo y filósofo, moralista y apologista, Santo y polemista: todas imágenes que aparecen nítidamente como en filigrana, y todas válidas, a quien observa de cerca a Agustín de Hipona, obispo y doctor de la Iglesia. Ante todo, el hombre, con las inquietudes, las debilidades, las ansias, como se presentan en la lectura de las Confesiones, en las que desnuda su alma con sinceridad y candor. Cuando comienza a ser joven (había nacido en Tagaste, Tunisia, en el 354, y sus padres eran el pagano Patricio y la cristiana Mónica), Agustín experimenta las contradicciones de su espíritu, que tiene sed de la verdad y se deja seducir por el error. El estudio de una cierta filosofía lo lleva a la herejía maniquea. Siente el llamamiento de la perfección moral, pero se siente “envuelto en la oscuridad de la carne”. Aprende retórica en Cartago, después enseña gramática en Tagaste, y a los 29 años se embarca para Italia. Pasa por Roma y luego continúa hacia Milán, en donde era obispo el gran san Ambrosio. Su conversión al cristianismo, propiciada por las amorosas premuras y por las lágrimas de la madre, llega a su madurez con un episodio singular y misterioso para el mismo Agustín: aceptando la invitación de “toma y lee”, encuentra en las palabras del apóstol la decisión definitiva: “No os dejéis dominar por la carne y sus concupiscencias”. Ya Mónica había logrado también que Agustín dejara a la mujer con la cual convivía desde hacía catorce años y que le había dado un hijo, Adeodato. En Milán, Agustín pide el Bautismo al obispo san Ambrosio, luego regresa a Africa como penitente, y allí es consagrado sacerdote y después obispo de Hipona; en la sincera adhesión a la verdad cristiana y en la multiforme actividad pastoral encuentra la paz del corazón, la que anhelaba su espíritu atormentado por los afectos terrenos y por la sed de la verdad: “Nos has creado para ti, Señor, y nuestro corazón no tiene paz hasta cuando no descanse en ti”. Amado y venerado por las humanísimas dotes de corazón y de inteligencia, muere el 28 de agosto del 430 en Hippo Regius, cerca de la moderna ciudad de Bona, en Argelia, mientras los vándalos la sitiaban. Hacía 20 años que los bárbaros de Alarico habían humillado a Roma con su conquista y el famoso saqueo, y ese acontecimiento inaudito para cuantos estaban convencidos de la indestructibilidad de la ciudad eterna llevó al obispo de Hipona a escribir otra de sus obras maestras, la Ciudad de Dios. |