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3 DE AGOSTO

SANTA LIDIA


Lidia, primicia del cristianismo en Europa, pues había nacido en Tiatira, ciudad del Asia proconsular, era pagana pero “temerosa de Dios”, es decir, una prosélita de la religión hebrea en Filipos, en Macedonia. A ese lugar había llegado el apóstol Pablo con Silas, Timoteo y Lucas durante el segundo viaje misionero, entre los años 50 y 53. Los misioneros de Cristo, después de haber pisado suelo europeo, esperaron el sábado para encontrar a los correligionarios hebreos que seguramente se reunirían a orillas del río para la oración en común y la lectura de algún trozo de la Escritura, pues carecían de sinagoga. San Lucas narra en los Hechos de los apóstoles: “El sábado salimos fuera de la puerta, junto al río, donde pensábamos que estaba el lugar de oración. Nos sentamos y hablamos con las mujeres que se habían reunido. Una mujer llamada Lidia, negociante en púrpura, de la ciudad de Tiatira, temerosa de Dios, nos estaba escuchando. El Señor abrió su corazón para que atendiese a las cosas que Pablo decía”.
Se comprende que Lidia gozaba de una cierta comodidad y de mucha autoridad en el seno de su familia, por la clase de tela con la cual comerciaba y porque bastó su testimonio para que también sus familiares pidieran el Bautismo, aceptando a los misioneros como huéspedes ilustres de su casa: “Después de haber sido bautizada (Lidia) con toda su familia, nos suplicó: si habéis juzgado que soy fiel al Señor, venid y quedaos en mi casa. Y nos obligó a ello”. Los misioneros de Cristo, salidos casi a la aventura, obtuvieron así la primera conquista en tierra europea: una mujer, Lidia, prototipo y símbolo de todas las mujeres que llevarían a sus hogares la llama de la fe en Cristo. La rica comerciante, dócil a la gracia, había antepuesto los intereses del espíritu a los económicos, descuidando el comercio para reunirse con otras mujeres en el lugar de oración, a orillas del río Gangas.
Lidia, agradecida por la alegría que las palabras del apóstol le habían llevado a su alma y por la gracia bautismal, les pidió con dulce insistencia, incluso “obligó” a los misioneros a aceptar su hospitalidad. Así la casa de Lidia se convirtió en el primer centro comunitario, en la primera “ecclesia” en Europa. Para la Iglesia de Filipos, tal vez también por mérito de Lidia, san Pablo tuvo palabras de conmovedora ternura, llamando a estos hermanos en Cristo “queridos y amadísimos, alegría y corona”. Aunque nos faltan datos sobre el culto a santa Lidia, antes que Baronio introdujera su memoria en el Martirologio Romano, las pruebas de su santidad son evidentes en su pronta respuesta a la gracia.


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