La liturgia romana leía el trozo evangélico que se refiere al episodio de la transfiguración el sábado de las Cuatro Témporas de Cuaresma, relacionando así este misterio con el de la Pasión. El mismo evangelista Mateo comienza la narración con las palabras: “Seis días después” (esto es, después de la solemne confesión de Pedro y el primer anuncio de la Pasión), “Jesús tomó consigo a Pedro, Santiago y Juan, su hermano, y los llevó aparte a un monte alto. Y se transfiguró ante ellos: su rostro resplandeció como el sol y sus vestiduras se volvieron cándidas como la luz”. En este episodio hay una clara contraposición con la agonía de Getsemaní. Evidentemente Jesús quiso ofrecerles a los tres apóstoles un antídoto que fortificara la certeza de su divinidad durante la terrible prueba de la Pasión. El alto monte, no muy identificado en el Evangelio, es el monte Tabor, que se levanta en el corazón de Galilea y que domina la llanura circunstante. La fecha hay que colocarla entre la de Pentecostés hebrea y la fiesta de las Cabañas, en el segundo año de vida pública, el 29, durante el período que Jesús había dedicado a la formación de sus apóstoles. Ese monte aislado era, en efecto, muy propicio para las grandes meditaciones, en el silencio solemne de las cosas y en el aire fresco que suavizaba el calor del verano. Aquí Jesús les hizo ver a sus tres privilegiados discípulos el esplendor de su cuerpo glorioso, como debería aparecer en todo instante, si no hubiera tomado nuestra carne mortal por nuestra redención. Con esta visión sobrenatural Jesús confirmaba la confesión de Pedro: “Tú eres el Cristo, el Hijo de Dios vivo”. Ese instante de gloria sobrehumana era la garantía de la gloria de la resurrección: “El Hijo del hombre vendrá en la gloria de su Padre”. El mismo tema del coloquio con Moisés y Elías era la confirmación del anuncio de la Pasión y de la Muerte del Mesías. La transfiguración, que es parte del misterio de la salvación, es digna de una celebración litúrgica que la Iglesia, tanto en Oriente como en Occidente, ha celebrado de varias maneras y en distintas fechas, hasta cuando el papa Calixto III elevó de grado la fiesta, extendiéndola a la Iglesia universal, para recordar la victoria que se obtuvo en 1456 en Belgrado contra los turcos, y cuya noticia llegó a Roma el 6 de agosto. |