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8 DE AGOSTO
SANTO DOMINGO (Presbítero)

Estudio y pobreza son los dos puntos principales de la Orden de Predicadores (o dominicos), el programa de vida de los frailes “mendicantes” que llevan el hábito de Santo Domingo, contemporáneo de otro gran santo fundador, Francisco de Asís. Ambos dejaron en el mundo una huella imborrable, a pesar de haber sido breve su existencia terrena: Francisco murió a los 44 años de edad y Domingo a los 51 (había nacido en Caleruega, en la antigua Castilla, hacia el 1170, y murió en Bolonia el 6 de agosto de 1221). Tenía un carácter metódico y firmísimo, y le dio grande importancia al estudio, como premisa indispensable para la misión apologética de los frailes predicadores. El mismo había recorrido todas las etapas del estudio: hasta los catorce años como discípulo del tío arcipreste, después las artes liberales y luego el estudio de la teología.
De noble familia, “estatura media, cuerpo delgado, rostro hermoso y ligeramente colorado, cabellos y barba casi rojos, bellos ojos luminosos” (así nos dejó el retrato del Santo una monja dominica), acostumbró desde muy joven su cuerpo a la penitencia, su única riqueza eran los libros, pero que no dudó vender, en un año de carestía, para poder distribuir alimento a los hambrientos. Como sacerdote y canónigo de Osma se distinguió por rectitud, celo, puntualidad en las funciones y espíritu de sacrificio. Su vida, siempre intachablemente regularizada, tuvo un cambio decisivo cuando el joven canónigo, pasados los confines de la Vieja Castilla, tuvo el primer contacto con los herejes. Albigenses, cátaros y patarinos, muy difundidos en Lenguadoc, a más de la reanimación de una confusa doctrina gnóstica y maniquea, influían sobre el pueblo y particularmente sobre las mujeres ostentando pureza y pobreza de vida.
Los misioneros cistercienses, que llegaron allí bien equipados, fueron recibidos con desprecio: “He ahí a caballo a los ministros de un Dios que iba a pie”. Entonces Domingo tuvo la idea de fundar una Orden de frailes pobres y estudiosos que pudieran predicar la doctrina cristiana no sólo con palabras sino con el ejemplo de su vida, sin sospechas de interés material. Domingo dio el ejemplo, caminando con los pies descalzos, durmiendo en el suelo, ayunando y viviendo de limosna. No se propuso formar una élite de intelectuales, sino de predicadores del Evangelio, y en sus peregrinaciones se detenía con gusto hasta con los más humildes zorreros “proponiendo a todos que hablaran de Dios”. El papa Onorio III aprobó la Orden de los Predicadores, colocándola bajo la regla de san Agustín. En 1234, a los trece años de la muerte, fue proclamado santo.


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