Nació a finales del siglo II, y vivió durante el gobierno de Diocleciano y Maximiano, Constancio y Galerio Maximiano. En el 303 o en el 304 los dos primeros eran cónsules y ya se había proclamado el edicto de persecución. Fabio era soldado y se encontraba en la guarnición de Cesarea de Mauritania. Con ocasión del “concilio” de provincia, él tenía que participar en una ceremonia y fue nombrado para llevar las insignias, lo cual nos hace ver que se le tenía mucho aprecio. En efecto, se trataba de un cargo honorífico y tenía también un carácter sagrado, para nosotros idolátrico. Y así lo consideró Fabio, que era un soldado ejemplar pero también un cristiano modelo; por eso rechazó el honor convencido de que un cristiano que quiere ser auténtico, no lo puede aceptar. Esa desobediencia suponía un castigo inmediato: la prisión. Y fue lo que le sucedió a Fabio. Después de algunos días fue llevado al tribunal. El juez lo interrogó una y otra vez, pero como no logró convencerlo de que apostatara de sus principios cristianos, lo condenó a muerte. Poco después san Fabio fue decapitado. |