En los medios eclesiales es muy normal hablar de Río, Medellín, Puebla o Santo Domingo. Casi nadie piensa en las cuatro referidas ciudades ubicadas en Brasil, Colombia, Méjico y República Dominicana, sino en los cuatro documentos que la Iglesia en América Latina ha producido, a partir de 1955. Estos encuentros no son los únicos porque en realidad han sido varios, a partir de la primera junta apostólica de 1524; lástima que sus conclusiones se han quedado, la mayoría de las veces, impresas en papeles.
Las asambleas jerárquicas durante la colonia
Durante la colonia, la Iglesia en América Latina tuvo una serie de reuniones colegiales que tomaron diferentes nombres: las juntas, los sínodos y los concilios.
Las juntas eclesiásticas eran reuniones locales en las que se trataban temas relativos al proceso evangelizador, al trato con los nativos, a las relaciones entre los dos cleros: se presentaron porque aún no existía una Iglesia estructurada en América, ya que el continente dependía de la diócesis de Sevilla. El término "junta" significaba una asamblea civil, religiosa o mixta, reunida con fines consultivos o deliberativos y, en algunos casos, ejecutivos; son de menor rango que los sínodos y concilios, pero no menos eficaces al abordar temas como: la evangelización y administración de los sacramentos, los diezmos, los conflictos entre religiosos y obispos, las divisiones entre los obispos, la admisión a órdenes menores de mestizos y nativos conocedores de lenguas con capacidad para administrar el bautismo a los naturales, el cumplimiento de la pascua, la redacción de catecismos en lenguas nativas, como los de Alonso de Molina y Pedro de Córdoba, etc. Estas juntas, que se realizaron entre 1524 y 1546, tomaron otros caminos cuando la Iglesia en América dejó de depender de Sevilla.
Los sínodos se celebraban con frecuencia, pero sus normas, algunas veces, no eran aprobadas por la autoridad civil, porque las veía contrarias al derecho patronal. Previa a su celebración está la visita del obispo a la diócesis y la convocación al clero secular y a los superiores de las comuniades religiosas. Los documentos sinodales eran tradicionales y rigurosos y muchas veces eran "acatados pero no obedecidos", por lo que los abusos seguían sin corregirse.
Los concilios provinciales, cuya edad de oro se sitúa entre 1550 y 1630, trataban de llevar a la práctica las disposiciones del concilio de Trento en las cuales el arzobispo metropolitano se reunía con los obispos de su provincia eclesiástica; sólo tres de estos concilios recibieron aprobación regia y pontificia (I y III de Méjico, y III de Lima). A nuestro juicio, la legislación del III de Lima (1582-1583) y del III de Méjico (1585) son la clave para interpretar las complejas relaciones de la Iglesia durante aquellos años coloniales que han sido diversamente enjuiciados, pero pocas veces estudiados. Se realizaron quince concilios, así: seis en Lima, cuatro en Méjico, dos en Santa Fe, dos en la Plata y uno en Santo Domingo.
La legislación eclesiástica de juntas, sínodos y concilios se centró en las cualidades y deberes personales de párrocos y doctrineros, y en el buen funcionamiento de la labor evangelizadora y pastoral de los mismos.
Estas reuniones ayudaron a que se fuera gestando un proceso de autoconciencia en relación al trato que se le estaba dando a los nativos. La Iglesia en América Latina tuvo que aprender a convivir con toda clase de sistemas políticos e ideologías importadas que muchas veces eran mal asimiladas y peor ejecutadas; por esto la Iglesia fue sometida al vaivén de los acontecimientos políticos.
Al concilio de Trento, por expreso mandato del rey, no asistió ningún obispo americano ya que las obligaciones y la distancia eran causa suficiente para que fueran excusados.
Concilio plenario latinoamericano
Al Concilio Vaticano I sólo asistió un reducido número de prelados latinoamericanos que, dada la temática tratada, poco significado tuvo, pero sí influyeron para definir la infalibilidad pontificia, razón por la cual fueron tildados de "viejos católicos".
El siglo XIX se cerró para la Iglesia de América Latina con el primer Concilio Plenario latinoamericano. En 1892 se habían cumplido 400 años de la evangelización americana, pero esta celebración no tuvo el realce que se merecía por la situación que vivía la Iglesia; se comenzó a hablar de la posibilidad de una reunión grandiosa que se realizaría en una sede determinada por los obispos.
Cuando se habla de concilio plenario latinoamericano se debe tener presente que en aquella época no existía una especificidad propia latinoamericana porque lo único que los prelados sabían era que estaban en un continente católico en el que la idea del pluralismo había significado hostilidad y desintegración. Además, existían pocas representaciones diplomáticas de la Santa Sede: Río, Bogotá, Santiago, San José, Lima (Quito y La Paz) y Caracas (Santo Domingo y Haití), y tres concordatos efectivos: Colombia, Perú y Haití.
El Papa León XIII convocó el 25 de diciembre de 1898 a los obispos de esta región a reunirse en concilio: era la forma más indicada para responder a los 400 años de evangelización de América en el marco de la política de León XIII que buscaba reconciliar el cristianismo católico con la nueva cultura y que la Iglesia recuperara las masas populares, pero sin callar las insidias de algunas corrientes, como liberalismo, masonería, positivismo y socialismo.
La mayoría de los obispos optaron por Roma como sede, debido a motivos políticos, prácticos y efectivos; asistieron 53 obispos y se sesionó del 29 de mayo al 9 de julio de 1899. Los padres conciliares expresaban su situación anímica comentando las dolorosas experiencias vividas por la Iglesia, con el deseo fundamental de recuperar el espacio perdido donde se mezclaba un ideal hispanizante, una cierta nostalgia por la cristiandad colonial y la exaltación de la historia martirial de la Iglesia en América Latina.
El objetivo del concilio era: "La mayor gloria de Dios; la defensa y propagación de la fe católica; el aumento de la religión y la piedad; la salvación de las almas; el esplendor de las Iglesias; el decoro y la disciplina del clero, y la dignidad, defensa y ampliación del Orden Episcopal". Los decretos conciliares se desarrollaron bajo 16 títulos: la fe y la Iglesia, los impedimentos y peligros de la fe, el sacerdocio, el culto, los sacramentos, los sacramentales, la formación del clero, la vida y honestidad de los clérigos, la educación católica, la doctrina cristiana, el celo por la salvación de las almas, el modo de conferir los beneficios eclesiásticos, los bienes de la Iglesia, las cosas sagradas, los juicios eclesiásticos, y promulgación y ejecución de los decretos conciliares.
Uno de los datos más interesantes del Concilio Plenario latinoamericano fue la preocupación de los obispos por la secularización de la escuela y el optimismo de los padres conciliares en la capacidad de la respuesta cristiana que tenían los pueblos americanos, a pesar de la ausencia casi total de la acción evangelizadora y catequética de los laicos. Otro dato interesante es el rechazo al estatuto patronalista de los gobiernos y la petición de un nuevo tipo de relaciones, como las que proponía la encíclica Libertas, de León XIII.
Al tratar el tema de las necesidades espirituales, enfatiza la lucha contra las perversiones de la dignidad humana y hace una denuncia de lo que hoy se llamaría sociedad de consumo. Se preocupa por los inmigrantes y exhorta para que sean recibidos con caridad.
En lo referente a la formación sacerdotal, existe una buena preocupación por la formación y moralidad de los sacerdotes. Y como no quisieron hablar de la crisis vocacional que se vivía, tomaron una actitud positiva hacia las órdenes religiosas.
En el tema del "catolicismo social" fue poco lo que dijeron y de las culturas afroamericanas tampoco se dijo nada; esto contrasta con el pensamiento de los concilios realizados en Baltimore, Estados Unidos, donde surgió una corriente a favor de los negros. Eran otras circunstancias, y la acción pastoral con los negros y los nativos era entendida como una acción misionera, como si aún no hubieran sido evangelizados.
Esta página del pontificado de León XIII se ve con cierta tristeza, porque este concilio, si bien tuvo mucha incidencia en la realidad eclesial y jurídica del momento, en la vida de América Latina fue casi nula; fue un concilio pastoral, muy en sintonía con los antiguos concilios regionales que se habían celebrado en América Latina. Este concilio es bastante completo en su diagnóstico de lo que había ocurrido, pero no pudo desarrollar los proyectos propuestos a causa del ataque del laicismo, ante el cual no había actitud conservadora que valiera.
En cuanto a la doctrina, recoge la enseñanza tradicional para referirse a una Iglesia cuyos problemas y potencialidades no se alcanzaron a individualizar del todo. Por ello, el mejor resultado fue la creación de una conciencia comunitaria de la Iglesia, toda vez que el cristianismo católico de América Latina se dio cuenta de que era un bloque continental sólido cuya fuerza no había sido bien valorada por la hostilidad del siglo XIX. De esta experiencia nacieron las conferencias episcopales de cada país y, andando el tiempo, el Consejo Episcopal de América Latina.
Las conferencias episcopales latinoamericanas
Al Vaticano II asistieron cerca de 600 prelados de América Latina, aunque su participación no fue muy notoria, excepto el caso de monseñor Manuel Larraín, quien en 1963 fue elegido presidente del CELAM. Después del Vaticano II hubo innumerables reuniones nacionales para aplicar pastoralmente el Vaticano II en cada nación; esas reuniones prepararon la conferencia de Medellín que fue una aplicación colegial del Vaticano II para el continente latinoamericano. Medellín tuvo como lema: "La Iglesia en la actual transformación de América Latina a la luz del Concilio". A partir de esta reunión se volvió normal que cada conferencia tenga un lema en torno al cual giran las discusiones: Puebla tuvo como eje "La evangelización en el presente y en el futuro de América Latina" y Santo Domingo propuso "Nueva Evangelización, Promoción Humana y Cultura Cristiana". Aparecida tendrá como lema "Discípulos y misioneros de Jesucristo para que nuestros pueblos en El tengan vida", a la luz del texto de Juan 14,6: "Yo soy el camino, la verdad y la vida".
Además de revelar el ser de la Iglesia y contribuir a su realización, las conferencias episcopales latinoamericanas han dinamizado la acción pastoral, permitiendo a los episcopados nacionales detectar los problemas que tiene que afrontar la Iglesia, una Iglesia que ha sido muy paciente en un medio difícil en el cual la denuncia se ha juzgado como contraria a los intereses de cada país y subversiva del orden establecido; además, han servido para encontrar soluciones importantes porque la Iglesia en América Latina es una institución histórica, esencial y confiable, máxime cuando se abordan tópicos como el desarrollo, la justicia y la honestidad.
Río de Janeiro
La primera conferencia general tuvo lugar del 25 de julio al 4 de agosto de 1955. Asistieron los cardenales latinoamericanos, excepto los argentinos que tenían algunas dificultades: 37 arzobispos y 58 obispos; también asistieron observadores de Estados Unidos, Canadá, Portugal, España y Filipinas; el delegado papal fue el cardenal Adeodato Piazza, quien fue asesorado por Antonio Samoré, secretario de la congregación de asuntos eclesiásticos extraordinarios. El objetivo de la conferencia fue el estudio de los puntos más urgentes del problema religioso de América Latina desde el doble aspecto de la defensa y la conquista apostólica.
En la carta apostólica Ad Ecclesiam Christi, dirigida a la conferencia, el Papa Pío XII señalaba el principal problema que deben afrontar los obispos: la insuficiencia de clero y el deseo de ver organizadas las fuerzas católicas contra los enemigos. El documento final se ocupa principalmente del clero y sus auxiliares y del protestantismo y los movimientos anticatólicos. Por último, formula un voto dirigido a la Santa Sede referente a la creación del CELAM, entre cuyas funciones estarían las de estudiar los asuntos que interesen a la Iglesia en América Latina y preparar otras conferencias del episcopado latinoamericano, convocadas por la Santa Sede. Se puede decir que el fruto de Río fue una mayor integración eclesial y sistemática de la labor pastoral de la Iglesia. No en vano el CELAM es el primer caso en la historia de la Iglesia de la realización del concepto de colegialidad episcopal. El CELAM se define como el órgano de contacto y colaboración de las conferencias episcopales de América Latina, y tiene su sede en Bogotá.
En abril de 1958 fue creada la Comisión Pontificia para América Latina, CAL, para favorecer, en conexión con el CELAM y las conferencias episcopales el estudio de los problemas de la Iglesia en América Latina, procurando la cooperación con los diferentes dicasterios romanos y la colaboración de entidades europeas y norteamericanas. Esta conferencia se puede ver como un intento de recuperación de la unidad católica de América Latina al sostener que la evangelización aún estaba en camino.
Medellín
Se realizó del 26 de agosto al 6 de septiembre de 1968, bajo el pontificado de Pablo VI (*) quien la convocó el 22 de enero de 1968.
(*) Con motivo de esta conferencia, fue la primera vez que un Papa visitó la tierra americana. La conferencia de Medellín no era la única motivación de la venida del Papa, porque también vino para la realización del Congreso Eucarístico Internacional de Bogotá, el primer congreso eucarístico después del Vaticano II.
Esta conferencia fue la primera que tuvo un documento de trabajo preparado por el CELAM, corregido y ampliado por las conferencias episcopales y la Santa Sede. Este documento tenía como líneas fundamentales: la expresión de la realidad, la reflexión teológica y las aplicaciones concretas. Los temas eran fundamentalmente ocho: signos de los tiempos, interpretación cristiana, Iglesia y promoción humana, evangelización, pastoral de masas y de élites, unidad visible de la Iglesia y coordinación pastoral.
Tuvo un carácter pastoral y dio unas líneas de acción a problemas difíciles. En su documento final se encuentra la transformación eclesial operada por el Vaticano II y un estremecedor cambio social. Fue una conferencia que pareció atentar contra la comunión de la Iglesia porque se presentó como una crisis que lleva la Iglesia de América Latina soportando una serie de cambios a lo largo de los años sesenta del siglo XX. Predominó un ambiente de sinceridad, comprensión y deseo de servicio, de donde surgió una nueva figura del obispo: el pastor comprometido con una Iglesia que tiene unas características particulares. Se insistió en la promoción religiosa y humana de un continente que necesitaba transformaciones rápidas, profundas y radicales y una colaboración sincera de la Iglesia a quienes debían aportar las soluciones técnicas en lo político, lo social y lo económico.
El documento de Medellín, influenciado por la constitución pastoral Gaudium et Spes y la encíclica Populorum Progressio, tiene grandes y decisivos aportes: relaciones entre fe y justicia y el tema del pecado social, la liberación de los pobres y la contribución del Evangelio a la transformación del mundo. En este documento aparece una Iglesia consciente de su tarea en la transformación del mundo porque su obra evangelizadora es, a la vez, humanizadora y salvífica. Medellín impulsó las comunidades eclesiales de base, la teología de la liberación, la inquietud por la religiosidad popular; concienció al continente sobre el tema de la violencia institucionalizada, y animó a la Iglesia a comprometerse con los pobres; todo ello porque la palabra "progreso" fue transformada en el contexto de la conferencia por la palabra "liberación", cuando se quiso hacer teología (de la liberación) a partir de la realidad. Las conclusiones del llamado "Vaticano II Americano" se centraron en cuestiones de dispar importancia debido a que se estaba en el umbral de la dolorosa gestación de una nueva civilización con la teología de la liberación y la pastoral misionera.
Puebla
Para llegar a esta conferencia, que marcó un momento muy especial de la Iglesia en América Latina, se debe tener presente la asamblea del CELAM en Sucre (Bolivia, 1972) donde se dieron cita las dos grandes líneas de la experiencia eclesial latinoamericana. Allí se gestó la posibilidad de una conferencia general que no contara más con Medellín; esto se logró el 30 de noviembre de 1976 cuando al CELAM se le encomendó la organización de la tercera conferencia. Comenzaron las cuatro etapas de Puebla: del anuncio al documento de consulta, del documento de consulta al de trabajo, del documento de trabajo al inicio de la conferencia y la conferencia en sí. Hubo situaciones tensas, comunicados fuertes y resonancia universal con lo que se captaba una evidente polarización eclesial.
Esta conferencia se realizó del 28 de enero al 15 de febrero de 1979; fue preparada durante el pontificado de Pablo VI, quien murió el 6 de agosto de 1978; Juan Pablo I confirmó la convocación para el 12 de octubre, pero también murió; Juan Pablo II, elegido el 16 de octubre de 1978, fijó la fecha de iniciación para el 28 de enero de 1979, y él mismo, en el primer viaje de un Papa a Méjico, la inauguró con un discurso programático que sirvió de orientación para los trabajos. Fue presidida por los cardenales Sebastián Baggio, prefecto de la congregación para los obispos, Aloisio Lorscheider, arzobispo de Fortaleza, Ernesto Corripio, arzobispo de Méjico, y actuó como secretario Alfonso López Trujillo, obispo coadjutor de Medellín.
Junto al documento de trabajo se presentó uno de consulta; después de varios problemas metodológicos y de un trabajo serio se aprobó un documento, a la luz del tema: "La evangelización en el presente y en el futuro de América Latina". Este documento tiene la base teológica en los campos antropológico, eclesiológico, cristológico y mariológico; y se inspira en la constitución conciliar Lumen Gentium y la Evangelii nuntiandi. El tema de la evangelización como tarea primordial de la Iglesia recorre el documento fundamentado en las ciencias teológicas. Puebla aporta una teología de la historia latinoamericana contrapuesta a las visiones de dos ideologías contrapuestas del siglo XX: el ateísmo marxista y el liberalismo capitalista.
El documento final se puede esquematizar en cuatro líneas fundamentales, seguidas de una conclusión: la visión pastoral de la realidad latinoamericana, los designios de Dios sobre la realidad latinoamericana, los criterios y realidades de la obra evangelizadora, las opciones preferenciales por los pobres y los jóvenes. Los criterios fundamentales son comunión y participación, los cuales se verifican en la familia, las comunidades eclesiales, la parroquia, y la diócesis. Los agentes son: el clero, los religiosos y los laicos. Los medios para evangelizar son: la liturgia, la oración, la piedad popular, el testimonio, la catequesis, la educación y los medios de comunicación. Todo ello se debe realizar en un medio pluralista que urge la apertura y el diálogo. La conclusión se podría enunciar así: La Iglesia en América Latina debe ser sacramento de comunión que le sirva al hombre desde su acción misionera.
El documento de Puebla se debe articular con el de Medellín y pretende encontrar, como líneas liberadoras, la comunicación y la participación en la vida de la Iglesia, en la evangelización que es tarea de todos, en la denuncia de los antivalores y en el empeño de profundizar en la búsqueda de soluciones reales a la luz del Evangelio.
Santo Domingo
En 1983 el Papa Juan Pablo II lanzó en Haití la consigna de la nueva evangelización americana, hablando de nueva evangelización, promoción humana y cultura cristiana; desde ese año comenzó la preparación de Santo Domingo con motivo del V centenario de la evangelización de América, un continente que actualmente representa casi la mitad de los católicos de rito latino. Como presidentes actuaron los cardenales Angelo Sodano, Secretario de Estado; Nicolás Pérez, arzobispo de Santo Domingo, y Serafín Fernández de Araújo, arzobispo de Belo Horizonte; como secretarios actuaron: Raymundo Damasceno, obispo auxiliar de Brasilia y secretario del CELAM, y Jorge Medina, obispo de Rancagua, Chile.
En abril de 1991 fue enviado el documento de consulta a las conferencias episcopales y a diferentes instancias teológicas y pastorales; en febrero de 1992 se publicó la segunda relación que sintetizó los aportes; en abril de 1992 fue enviado el documento de trabajo que serviría para el desarrollo de la conferencia y, mientas llegaba la fecha de iniciación, el CELAM promovió encuentros sobre los tres temas y la iluminación doctrinal: "Nueva Evangelización, Promoción Humana y Cultura Cristiana; Jesucristo ayer, hoy y siempre".
El desarrollo de la conferencia no fue fácil, máxime si se tienen en cuenta los elementos claves del contexto social y político: caída del muro de Berlín, afirmación del neoliberalismo, desintegración de la Unión Soviética y "cultura" de la muerte. No fue fácil porque algunos querían que se siguiera hablando de la pobreza y sus secuelas; pero quienes participaron de lleno en la conferencia descubrieron que la pobreza no era más que una consecuencia de una cultura, que necesitaba ser recristianizada y para hacer esto era preciso evangelizar la cultura: el ser y el obrar, los valores, etc.
Santo Domingo fue más allá de lo que los participantes pudieron imaginar; de hecho Santo Domingo da los instrumentos necesarios para luchar con esperanza en la reconstrucción cristiana de América Latina porque no se está viviendo una época de cambio, sino un cambio de época.
El Papa pronunció un discurso programático y dejó a la asamblea en libertad para deliberar. Por el crecido número de representantes romanos se habló de "manipulación romana", de involución en relación a Medellín y a Puebla, de fallas metodológicas, de no contar con la liberación de América Latina, de haber escogido la conmemoración de una catástrofe cultural de la cual la evangelización hizo parte. Parece que hubo una "conferencia paralela" que no impidió que el documento final, hecho a las carreras, diera un paso más en relación a Medellín (liberación) y a Puebla (comunión y participación), al hablar de la evangelización de la cultura; puede sonar atrevido, pero a más de 25 años de la Gaudium et Spes, por fin América Latina dejó el discurso del cambio y de las opciones para asumir un compromiso frente a la sociedad, una cultura que era preciso evangelizar.
El documento está estructurado en tres partes que tienen como eje a Cristo: Jesucristo, Evangelio del Padre o profesión de fe y llamado a la esperanza desde la historia; Jesucristo evangelizador viviente en su Iglesia a la luz de la nueva evangelización, la promoción humana y la cultura cristiana, y Jesucristo, vida y esperanza de América Latina y El Caribe, señalando las líneas pastorales prioritarias.
Hacia la quinta conferencia
Poco depués de celebrar el jubileo de 2000, en el 2001, cuando se realizó la XXVIII Asamblea Ordinaria del CELAM, los obispos le pidieron al papa Juan Pablo II la convocación de una nueva Conferencia General del Episcopado Latinoamericano. Comenzaron los trabajos de preparación y se pensaba que la sede de esta conferencia sería Roma. En el 2005, murió el papa Juan Pablo II y los planes sufrieron algunos cambios: el 7 de julio de 2005 el presidente del CELAM, monseñor Francisco Javier Errázuriz, cardenal arzobispo de Santiago, le presentó al papa Benedicto XVI el tema de la V Conferencia: "Discípulos y misioneros de Jesucristo para que nuestros pueblos en El tengan vida"; poco después se comunicó la noticia del cambio de sede: ya no sería Roma, sino una ciudad latinoamericana: hubo varias ciudades postuladas y finalmente se optó por Aparecida, en Brasil.
El documento de participación está organizado en cinco capítulos: el anhelo de felicidad, de verdad, de fraternidad y de paz; desde la llegada del Evangelio a América Latina y el Caribe vivimos nuestra fe con gratitud; discípulos y misioneros de Jesucristo; al inicio del tercer milenio, y para que nuestros pueblos en El tengan vida.
Ahora comienzan las reacciones, tanto a favor como en contra, y es mejor esperar antes de emitir algún juicio.
José Uriel Patiño Franco, oar.
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