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DENTRO Y MÁS ALLÁ DE LO VISIBLE |
Mirar lejos
Comprender la presencia del Espíritu en la historia implica también abrirse con confianza a lo nuevo sin excederse en el pesimismo ni en el optimismo. El pesimismo no debe ser trágico ni el optimismo demasiado ingenuo. Mounier hablaba de "optimismo trágico", al querer tener en cuenta lo negativo y el mal que no dejan de turbar la vida cotidiana, pero en el horizonte de una mirada serena y victoriosa en el futuro.
Gracias al Espíritu Santo, estamos en condiciones de prever lo imprevisible, de anticipar lo que parece totalmente imposible: "Lo que ni el ojo vio, ni el oído oyó, ni al corazón del hombre llegó, eso es lo que Dios preparó para los que lo aman" (1Co 2, 9). Esto vale para las cosas humanas (por ejemplo con respecto a los hijos), pero también para las divinas; en perspectiva cósmica y en escatológico, pero también en el campo de los problemas personales, de pareja, de familia, de la comunidad eclesial y del pueblo al que se pertenece. Se cree, con razón, que el desarrollo de la Iglesia ha sido confiado al Espíritu Santo que "espira" en ella hasta el fin del mundo. En este sentido el Espíritu Santo es libertad con respecto a la tradición, a la letra de la Escritura, a la disciplina de un período (cf. Rm 8, 2). Así dice Jesús en el Evangelio: "Os he dicho estas cosas estando con vosotros. Pero el Paráclito, el Espíritu Santo que el Padre enviará en mi nombre, os lo enseñará todo y os recordará todo lo que yo os he dicho"(Jn 14, 25). "Mucho tengo todavía que decimos, pero ahora no podéis con ello. Cuando venga él, el Espíritu de la verdad, os guiará hasta la verdad completa; pues no hablará por su cuenta, sino que hablará lo que oiga, y os anunciará lo que ha de venir” (Jn 16, 12-13) . |
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Esto vale para las cosas humanas (por ejemplo con respecto a los hijos), pero también para las divinas; en perspectiva cósmica y en escatológico, pero también en el campo de los problemas personales, de pareja, de familia, de la comunidad eclesial y del pueblo al que se pertenece.
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Si se tiene en cuenta que Jesús no dejó nada escrito y que no predispuso nada en detalle acerca de la organización del pueblo de Dios, la liturgia, los principios morales, los sacramentos, el rol de la Iglesia resulta exaltante. Así Jesús dice a Pedro, vinculándose a su obra con una actitud típica del esposo en el diálogo exitoso: "Todo lo que ates en la tierra quedará atado en los cielos, y todo lo que desates en la tierra quedará desatado en los cielos"(Mt 16, 19).
El Espíritu Santo habla cuando menos lo esperamos y a menudo lo hace a través de personas que según pensamos son las menos idóneas para expresarlo, y dan indicaciones valiosas, dando miradas largas sobre el futuro ¿Acaso no fue Abraham y a Sara a quienes se profetizó su inesperada fecundidad y la inmensa descendencia de la nación hebrea? «Dijo Dios a Abraham: "Guarda mi alianza; tú y tu posteridad, de generación en generación' (... ). Dijo Dios a Abraham: 'A Saray, tu mujer, no la llamarás más Saray, sino que su nombre será Sara. Yo la bendeciré, y de ella también te daré un hijo. La bendeciré, y se convertirá en naciones; reyes de pueblos procederán de ella"» (Gn 17, 9-16). El Magnificat de María, mujer casada y madre, es una gran profecía que hunde sus raíces en la tradición de Israel y se proyecta de generación en generación con dirección escatológico.
No es raro que los esposos descubran en sí mismos esta capacidad insospechada de mirar lejos, especialmente en lo que se refiere al bien de las personas a las que aman, el marido para la mujer y viceversa, juntos o individualmente para los hijos, intuyendo peligros futuros y previniéndolos, leyendo claramente en el corazón confuso de los adolescentes para individuar la orientación de la vida que es más adecuada para cada hijo, en su diferencia con todos los otros. Son momentos de profecía en los cuales el amor conyugal, paterno y materno, empapado en corporeidad, sentimiento, inteligencia, intuiciones muy humanas, es corroborado por el Espíritu Santo que injerta allí inspiraciones divinas. |
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