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DIRECCIÓN ESPIRITUAL
ENTRE SACERDOTES




Así como Jesucristo, Maestro, Sacerdote y Pastor, prolonga su obra, su palabra, su persona, su acción salvífica a través de un "signo personal", que es el sacerdote, de la misma manera se prolonga a través de un "signo colectivo", que es el Presbiterio.

Ese Presbiterio será "signo colectivo" (colegial) de Cristo sólo cuando sea una verdadera "fraternidad". Y cuando el Vaticano II habla de "fraternidad sacramental", está hablando de un signo eficaz de gracia. La fraternidad es la condición indispensable para que el signo sea sacramental.

Entonces, no por simple consejo piadoso, sino por la exigencia de la ordenación sagrada y de la común misión para que haya verdadera fraternidad sacramental, debemos ser todos los sacerdotes de un mismo Presbiterio mutuamente responsables de nuestras preocupaciones espirituales, culturales,


pastorales y aun económicas. De la conciencia y vivencia de esta amistad y de esta fraternidad sacerdotal depende en gran parte la eficacia de la propia santificación y la eficacia de la misma evangelización (Cfr. Puebla 663).

El Presbiterio es la familia, cuyo Padre es el Obispo. Son los Diáconos, Presbíteros y Obispo de una Iglesia Particular. Toda la unidad y la vitalidad de la Iglesia Diocesana descansan principalmente sobre la unidad y vitalidad del Presbiterio.

Si en el Presbiterio hay alguien sólo o aislado, enfermo o muerto espiritualmente es porque allí no existe ni unidad ni vitalidad.

"La soledad no tanto física cuanto psicológica y espiritual de un sacerdote del Presbiterio es un absurdo teológico y pastoral creado por el egoísmo ", ha escrito bellamente Mons. Juan Esquerda Bifet. Es por eso por lo que se nos pide vivir a plenitud nuestra fraternidad sacerdotal.


La fraternidad sacerdotal sacramental

Tenemos que partir de la base de que la amistad sacerdotal, la fraternidad sacerdotal, la unión entre los Presbíteros es una fuente enriquecedora de espiritualidad sacerdotal.

La relación de los Presbíteros entre sí sólo se entiende desde la comunión con el Obispo. Porque a los sacerdotes no nos une una simple amistad profesional, ni siquiera una común necesidad pastoral. Estamos unidos por una "íntima fraternidad sacramental", en frase felizmente acuñada por Lumen Gentium 28 y por Presbyterorum Ordinis 8.

De estos dos textos conciliares se colige que la auténtica amistad sacerdotal no es una simple necesidad humana. Es una intrínseca exigencia sacramental en donde entran los parámetros de la fe.

Esta amistad sacerdotal, que debe cultivarse y vivirse, será entonces una amistad fraterna o una fraternidad amistosa, que crea "especiales lazos de caridad apostólica" y que es una realidad mucho más honda que lo puramente moral. Así como el sacramento del orden nos asimila ontológicamente con Cristo Cabeza, así también este sacramento del orden nos confiere una misteriosa homogeneidad de suerte que adquirimos un nuevo título y un nuevo derecho para llamarnos hermanos.

Una primera consecuencia de lo anterior es que el sacerdote no puede ser ni física ni espiritualmente sólo o aislado: se relaciona esencialmente con sus hermanos del Presbiterio, merced al vivo lazo sacramental que lo une al cuerpo episcopal y a los demás presbíteros, y por su vinculación desde luego con Jesucristo de quien proceden la gracia sacramental y la misión.

Si vivimos esta realidad, el Presbiterio no se mirará ya como una estructura más, sino como un "centro piloto", "un ambiente experimental" donde se vive y experimenta en forma concreta la caridad eclesial, signo de la presencia santificante de Cristo y de su Espíritu en la Iglesia (cfr. LG. 28; PO.5-6-7y8). Dicha fraternidad sacerdotal hay que llevarla hasta sus últimas consecuencias: hasta el acompañamiento espiritual que es más importante y delicado que el acompañamiento físico.


Dentro de la Formación Permanente

El acompañamiento espiritual de los sacerdotes lo ubico dentro de la Formación Permanente. Esta es ante todo un proceso dinámico de identidad vocacional. Es renovación en la fidelidad. Envuelve la dimensión humana, espiritual, intelectual y pastoral de la personalidad del ministro ordenado.

La Formación Permanente se hace en el Presbiterio. La Iglesia Particular es la responsable de una formación que acompañe toda la vida y todo el ministerio del ministro ordenado. A la Formación Permanente se la mira hoy como la continuación natural y absolutamente necesaria de aquel proceso de estructuración de la personalidad presbiteral iniciada en el Seminario (Cfr. PDV 71). Porque hay que respetar la intrínseca relación que existe entre la formación que precede a la ordenación y la que la sigue. No puede haber discontinuidad entre estas dos fases.

"Si hubiese discontinuidad o incluso deformación entre estas dos fases formativas, se seguirán inmediatamente consecuencias graves para la actividad pastoral y para la comunión fraterna entre los Presbíteros, particularmente entre los de diversa edad" (PDV 71).

La Formación inicial y la Formación Permanente no son dos compartimentos estanco; no se pueden separar; una no es inferior a la otra; ni la segunda es mayor o mejor que la primera. Cada época de la vida tiene y exige su propia formación. Ambas tienen el mismo objetivo. Sólo que se amplían y renuevan de acuerdo con las propias circunstancias, con la edad si se quiere, y sobre todo con los signos de los tiempos, pero una y otra tienden a formar pastores para el anuncio del Evangelio al hombre de hoy.

Las razones que la hacen urgente y que la justifican se derivan de la misma identidad del ministerio presbiteral, como don del Espíritu Santo que exige ser constantemente renovado (Cfr. 2 Tim 1, 6).

Es muy clara esta afirmación de la Conferencia Episcopal Italiana: "a fin de que el ministerio no se vuelva un pragmatismo sin alma que produce el síndrome del cansancio físico y psicológico, generador de escepticismo y encerramiento en sí mismo, con pérdida de la pasión por el Reino." (Conferencia Episcopal Italiana: La “formazione Permanente dei Presbiteri nelle nostre chiese particolari”).

Es preciso recordar también que la formación espiritual, dentro de la formación permanente, es el desafío de la radicalidad y el corazón de toda formación, y que una auténtica formación permanente tiene que llevar necesariamente a cultivar y profundizar la fraternidad sacerdotal.


El acompañamiento espiritual, medio práctico para vivir la fraternidad sacerdotal

Son varios los medios que fomentan la fraternidad sacerdotal. Uno de ellos es la oración, otro es la corrección fraterna. No puede faltar, en efecto, la oración asidua y afectuosa de unos por otros, si somos mutuamente responsables en la santificación y en el ministerio. La corrección fraterna, el otro medio, está sin estrenar entre nosotros, y sería el mejor reemplazo de la crítica de sacristía, dañina y destructora como la que más. Pero yo sólo quiero detenerme ahora en un tercer medio que es el de saber dar y saber recibir la dirección espiritual, o saber acompañar y saber aceptar ese acompañamiento espiritual.

El sacerdote, en efecto, necesita encontrar ayuda y amistad entre los que tienen la misma vocación. Pero se requiere saber buscarla y poder encontrarla. Sentir la necesidad y tener la seguridad de que hay alguien que me va a acoger y me va a ayudar en el campo espiritual.

Yo pienso que si el magisterio de la Iglesia insiste tanto en la dirección espiritual de los futuros sacerdotes es porque ésta está pensada no tanto de cara al sacerdocio, cuanto de cara a la vida. Y es porque la formación inicial no puede separarse, como ya dijimos, de la formación permanente. De ahí que sea necesario hacer un poco de historia.


a) Fue la Exhortación Apostólica Menti Nostrae de Pío XII (23 de septiembre de 1950) la que quizás por primera vez en la época moderna habló del señalado papel del Director Espiritual en la formación sacerdotal. Así lo recoge el Decreto Optatam Totius del Vaticano II (25 de octubre de l965): "La formación espiritual ha de estar estrechamente unida a la doctrinal y pastoral y, con la colaboración sobre todo del Director Espiritual, debe darse de tal forma que los alumnos aprendan a vivir en trato familiar y asiduo con el Padre, por su Hijo Jesucristo, en el Espíritu Santo" (OT 8).

b) Las Normas Básicas para la Formación Sacerdotal (RFIS) del 6 de enero de 1970 afirman: "Teniendo constantemente presente el fin pastoral de toda formación sacerdotal, desarróllese ordenadamente la vida espiritual de los alumnos en sus diversos aspectos, con la ayuda del Director Espiritual" (RFIS 45). Y más adelante: "La naturaleza de la formación sacerdotal es tal que debe perfeccionarse cada día más, durante toda la vida" (RFIS 100).

c) La misma Congregación para la Educación católica escribe así en 1980: "En el contexto del sacramento de la penitencia, digna y auténticamente recibido, la luz del Señor pasa libremente y va mucho más allá del simple perdón. Un sacerdote que "confiesa" llega a ser en muchos casos, a partir de la confesión, un "director de conciencia", pues ayuda a discernir los caminos del Señor". (Carta Circular sobre algunos aspectos más urgentes de la formación espiritual en los seminarios.

d) La Congregación para la Evangelización de los Pueblos anota también: "Es deber de los formadores el alentar a los seminaristas a valorar este medio indispensable, el Director de conciencia, para la madurez espiritual, también en vista de su necesidad para toda la vida" (“Algunas normas sobre la formación en los seminarios mayores”.

e) Muy claro es el pensamiento de la Iglesia en Presbyterorum Ordinis: "A fin de cumplir con fidelidad su ministerio, gusten de corazón del cotidiano coloquio con Cristo Señor en la visita y culto personal de la Santísima Eucaristía, vaquen de buen grado el retiro espiritual y estimen altamente la dirección espiritual" (PO 18).

f) Finalmente, el Papa Juan Pablo II en la Exhortación Apostólica Pastores Dabo Vobis, cuando habla de los momentos, formas y medios de la Formación Permanente, se refiere a la dirección espiritual en éstos términos: "Igualmente la práctica de la dirección espiritual contribuye no poco a favorecer la formación permanente de los sacerdotes. Se trata de un medio clásico, que no ha perdido nada de su valor, no sólo para asegurar la formación espiritual, sino también para promover y mantener una continua fidelidad y generosidad en el ejercicio del ministerio sacerdotal" (PDV 81).

El acompañamiento espiritual, un ministerio indispensable hoy

Son varios los medios que fomentan la fraternidad sacerdotal. Uno de ellos es la oración, otro es la corrección fraterna. No puede faltar, en efecto, la oración asidua y afectuosa de unos por otros, si somos mutuamente responsables en la santificación y en el ministerio. La corrección fraterna, el otro medio, está sin estrenar entre nosotros, y sería el mejor reemplazo de la crítica de sacristía, dañina




y destructora como la que más. Pero yo sólo quiero detenerme ahora en un tercer medio que es el de saber dar y saber recibir la dirección espiritual, o saber acompañar y saber aceptar ese acompañamiento espiritual.
El sacerdote, en efecto, necesita encontrar ayuda y amistad entre los que tienen la misma vocación. Pero se requiere saber buscarla y poder encontrarla. Sentir la necesidad y tener la seguridad de que hay alguien que me va a acoger y me va a ayudar en el campo espiritual.

Yo pienso que si el magisterio de la Iglesia insiste tanto en la dirección espiritual de los futuros sacerdotes es porque ésta está pensada no tanto de cara al sacerdocio, cuanto de cara a la vida. Y es porque la formación inicial no puede separarse, como ya dijimos, de la formación permanente. De ahí que sea necesario hacer un poco de historia.

El crecimiento espiritual en cada uno de nosotros es obra del Espíritu Santo. Sabemos que el gran director espiritual de la Iglesia es el Espíritu Santo. "Los conducidos por el Espíritu, esos son los hijos de Dios" (Rom 8,14). También sabemos que El se manifiesta a través de mediaciones humanas. Esas mediaciones se convierten en un ministerio pastoral que tiene por fin llevar a la santidad. Esas mediaciones en el acompañamiento se llaman: el Papa, el Obispo, el párroco, el rector del Seminario, el maestro interior, los directores espirituales, en fin, los expertos en los caminos del Espíritu.

"En perfecta armonía con la obra del Espíritu Santo entra en el proceso de santificación la colaboración humana. Es una exigencia natural de la economía cristiana, que corresponde a la tendencia comunitaria del hombre. Semejante colaboración nace precisamente de la abundancia del Espíritu, no de eventuales lagunas de su obra. Además de santificados con su gracia, hace a los hombres santificantes", (Ruiz Salvador, “Caminos del Espíritu”.

El acompañamiento espiritual de unos sacerdotes para con sus hermanos sacerdotes no es otra cosa que el hacer camino con ellos. Es ser testigos de su camino. Es ayudarles a discernir su camino a la luz de la Palabra de Dios. Es madurar procesos con ellos.

Su papel es parecido al del campesino: conocedor de la montaña y de la espesura, guía y orienta al peregrino, pero unas veces va adelante, otras al lado, otras detrás.

Ese itinerario va marcado, como el del pueblo de Dios, por oasis o por desiertos, por frescuras o por sequías, por luz o por noches, por confianza o por incertidumbres, por esperanzas o por temores. Pero el objetivo será siempre ayudar al otro a conocerse mejor a sí mismo y a conocer mejor la acción de Dios en su vida, de suerte que pueda llegar a ser cada vez más autónomo y pueda conducir su tarea con Dios en forma personal.

En la tradición de la Iglesia este ministerio ha sido desempeñado por hombres llamados: Director Espiritual, Consejero Espiritual, o Padre Espiritual. Es verdad que el término Director Espiritual aparece ya un poco superado, sin duda por reacción a las desviaciones, por ejemplo de la "directividad" de ciertos directores, o de su entrometimiento en la conciencia de sus dirigidos.

También el mismo término " acompañamiento" es un poco limitado y tiene sus ambigüedades. Porque nosotros no acompañamos al otro en todo su vivir, solo para ayudarle a discernir o a decidirse. En el nuevo contexto cultural se agrega la conciencia más viva de respeto a la obra del Espíritu Santo, dentro de la libertad del otro. (Cfr. Pitaud Bernard s.j, “L'accompagnement spirituel des Prêtres

Hoy se habla más modernamente de "counseling" o de dirección no directiva o de "coloquio de ayuda" al estilo de Rogers o de Carkuff, porque a la hora de la verdad es uno mismo el que tiene la última palabra sobre su vida íntima y sobre las grandes decisiones de su vida. Pero se necesita siempre de alguien que me acompañe en la soledad de mi interior.

Pues bien, la identidad del Presbítero y el ejercicio del ministerio como fuente de espiritualidad es el objetivo de este acompañamiento, para poder así responder al deseo del Apóstol: "Reaviva el carisma que hay en ti".


Fisonomía del acompañante espiritual

El sacerdote acompañante o compañero espiritual de sus hermanos sacerdotes es ante todo un llamado: tiene una vocación interior a desempeñar un ministerio urgente, delicado y necesario. Es ante todo un amigo de sus hermanos, " fratrum amator", como se llamó en 2 Macabeos 15,11-15 al Profeta Jeremías: el que ama a sus hermanos. Un hombre abierto a la comunión. Un convencido, un creyente, un comprometido. Un experto en humanidad y en sacerdocio (cfr. G. Lo Giudice, “Animiamo il Presbiterio”.

Es un verdadero don del Señor para un Presbiterio la existencia de sacerdotes animadores del Presbiterio, y el primero de esos animadores es el animador espiritual, el compañero espiritual.

Es importante y es necesario llegar a ser acompañados y llegar a ser acompañantes de los hermanos del Presbiterio. Es que la vida del Presbítero Diocesano es, como la de todo cristiano, un camino, un itinerario de respuesta a una llamada constante de perfección y de plenitud en Cristo. Somos unos llamados a crecer (cfr. Ef 4,13), a combatir (cfr. 2 Tim 2, 3), y a caminar de una manera digna de la vocación recibida (cfr. Ef 4, 1).

Esta animación espiritual es un arte que supone ciertas cualidades de escucha, de juicio, de discernimiento, de discreción. Si alguien es solicitado, descubre pronto que tiene necesidad de formarse para esta labor y que está llamado a vivir con generosidad este ministerio de la Iglesia.

La Unión Apostólica del Clero nos recuerda en el artículo 29 de sus Estatutos: "Los miembros de la UAC, con el propósito de ayudar a la vida espiritual de los ministros ordenados, ponen su esfuerzo de animación al servicio de la Diócesis ofreciendo dirección espiritual a los hermanos en el ministerio y a cuantos buscan un proyecto de vida".

El compañero o acompañante espiritual del hermano sacerdote no necesariamente tiene que ser el santo del grupo, porque la verdad es que todos estamos luchando la misma aventura y tenemos los mismos problemas. Pero se requiere del consultor, del consejero, del amigo, del confidente, del escuchador. (cfr. Hermann Hesse, “El confesor”).

Si no existiera una dinámica de crecimiento y de entrega cada vez más generosa, la dirección o el acompañamiento espiritual serían puro formulismo. Esta necesidad incluye de una parte la obligación de prestar la ayuda que se nos pide o de ofrecer inclusive la ayuda aunque no se nos pida, y de otra la obligación de promocionarse en la propia vocación (en su teología y en su espiritualidad), a fin de saber dar y saber recibir.

Insisto en que hoy más que nunca es absolutamente indispensable este ministerio del acompañamiento espiritual entre sacerdotes, porque el ministerio presbiteral es un carisma de "totalidad" y "un para siempre". Aunque no fuera sino, como dijo el P. Congar, "para evitar que tengamos conciencia solitaria".


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