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Lo mejor que el hombre puede dar es, después de su sangre, una lagrima.

 

 Para entrar al submundo de la droga se puede llegar por diferentes frentes: cultivo, procesamiento, distribución, lavado de dinero y consumo.

  Lo particular es que por cualquier frente que se llegue, existe el peligro y la alta posibilidad de convertirse en consumidor si no llegó directo; pero aquí sólo se hablará de la incursión relacionada con el consumo.

  Las causas del consumo son bien conocidas y sustentadas: unas están en los hogares y otras en el entorno o medio social, sin importar el nivel o el estatus, pero cualquier forma son válidas para explicar la entrada  al consumo de psicoactivos; luego, basta con dar el primer paso  para que en un periodo corto se dé un cambio de causas y de factores de riesgo o variables ambientales que facilitaron la caída, encontrándose como una razón más fuerte que todas las anteriores, la del reforzamiento propio del consumo y que no es el medio para alejarse o escapar de los problemas, sino la gran satisfacción o éxtasis que se experimenta, especialmente durante los primeros contactos y aun durante las etapas criticas de deterioro; cuando sigue siendo más fuerte la recompensa por el consumo que el castigo, entendido esté como la consecuencia devastadora que obliga a la mayoría a buscar ayuda y rehabilitación, no suspende el consumo.

  Con respecto al consumo, no falta el drogadicto que sostiene contra viento y marea, que su consumo, el cual no considera adicción, es producto de un estudio o proceso experimental que está llevado a cabo para conocer de primera mano los efectos de la droga y tener la posibilidad de confrontar sus propias experiencias frente a los comentarios y creencias de otras personas, al tiempo que está dispuesto a demostrar que tiene la capacidad y fortaleza para detener el consumo cuando lo considere oportuno, subestimando con esta estrategia el poder de adicción psicológica y física que generan las sustancias psicoactivas, hasta que termina sumido en la más miserable de las condiciones humanas: la drogadicción.

  Están también quienes lo hacen por razones espirituales, evocando a culturas milenarias como los griegos en el oráculo o  los actuales indígenas de diferentes latitudes que en forma ritual usan sustancias para inspirarse y tener comunicación con los dioses y espíritus del más allá, para luego caer postrados ante la miseria humana que genera la drogadicción.

  En general, el drogadicto da explicaciones débiles y se justifica para no asumir su propia responsabilidad del consumo, al igual que le resulta complicado decidir sobre su rehabilitación; en estas condiciones lo usual es que el drogadicto culpe a su familia y a la sociedad y por ello muchos llegan a los centros de rehabilitación, esgrimiendo argumentos que casi se han perdido en el tiempo y en sus  vidas, como el haber sido maltratados o abandonados, o en otros, el haber sido protegidos, consentidos y ser bien acomodados, o haberlo hecho por curiosidad, pero no admiten, de entrada por lo menos, que les gusta la droga, que le producen las más extrañas y placenteras sensaciones, que los instantes vividos bajo el efecto de la droga son mucho más que “un orgasmo generalizado”, que las consecuencias aversivas de la suspensión, son menores en lo fisiológico frente a la necesidad psicológica de consumir y que todo esto en conjunto constituye una razón poderosa para seguir consumiendo droga; que mientras que el castigo y su carácter eversivo no supere la magnitud opuesta del reforzamiento que representa el placer de drogarse, no parece ser posible la rehabilitación. Esto se refiere a lo que se conoce como “tocar fondo”, es decir, llegar a la situación más aversiva, desde la cual surge una temblorosa y tenue decisión para intentar dejar el consumo de droga con la ayuda de otros y en gran número con programa de internado.

  “Tocar fondo” es darse cuenta de que le fueron cerrando las puertas del hogar; es como si lo hubieran dejado en la arena frente al toro con los burladeros sellados, pero para  otras personas no bastan las puertas cerradas, necesitan  ver que a su lado, en cualquier rincón o basurero ha muerto un adicto, bien sea por la misma droga o porque en una “operación limpieza” le rociaron gasolina o alguien disparó sin discriminación, y sin explicación se salvó y desde entonces busca con gran afán una oportunidad para incorporarse a la familia y a la sociedad, a la espera de protección y descanso o de un intento de rehabilitación definitiva.


LA DROGADICCIÓN SE APRENDE     



 

  Las teorías del aprendizaje sostienen que así como los comportamientos adecuados son aprendidos, de igual manera se aprenden los comportamientos indeseables, por cuanto los unos y los otros se logran bajo programas de reforzamiento o castigo.

  Un comportamiento como las adicciones, en este caso la drogadicción, es por lo general repetido (ensayado) innumerable veces hasta consolidarse en la memoria y formar parte del repertorio habitual de la persona.

  A manera de ejemplo: quien fuma diariamente una cajetilla que contiene 20 cigarrillos, al año ha encendido 7.300 unidades y ha fumado o aspirado unas 60.000 veces, a través  de lo cual ha consolidado en la memoria el fumar como un comportamiento propio, habitual.

  Desde luego que el consumo de psicoactivos es menor en cantidad, pero, no así el daño que produce si se tiene en cuenta el efecto y las consecuencias tan deprimentes para cualquier ser humano, para la familia y la sociedad, pero lo pertinente es la consolidación del aprendizaje de un comportamiento como drogarse, que puede compararse con la incalculable repetición del nombre, el cual es escuchado y pronunciado innumerables cantidad de veces y ante tal estímulo se ha respondido de igual manera, complementado con las oportunidades en que ha sido escrito por diversas razones. Y es bien sabido que una persona lo ultimó que olvidaría sería su nombre, aun estando en condiciones dramáticas y de deterioró neurológico o por alteraciones psicológicas.

  Un repertorio como drogarse se convierte entonces en parte inherente del comportamiento del individuo, con mayor razón si se considera más allá de la simple repetición, lo que en términos de reforzamiento significa el placer para el adicto.

  Hay quienes sostienen que el comportamiento biológico hereditario es significativo y determinante a la hora de explicar la drogadicción, desconociendo el poder de las variables ambientales, las características de personalidad y la fuerza del aprendizaje que en este caso es acentuado por el valor reforzarte, es decir por el efecto de la sustancia en el organismo.

  Esto se corrobora cuando se analizan las historias de los drogadictos que no poseen antecedentes familiares con problemas de drogadicción o alcoholismo, de la gran mayoría de los asistentes a los centros de rehabilitación. 


Tomado de: MITO Y REALIDAD DE LA DROGADICCIÓN - LUIS SÁNCHEZ

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