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Año 36 - No. Impreso 131 / No digital 16 / Junio - Septiembre de 2008
Documento sin título

 

Medellín: ¿un documento sin misterio, es decir, sin arraigo en el Misterio de Cristo? ¿Un documento ingenuo que cree que el hombre puede crear por sus propias fuerzas una sociedad justa, sin la ayuda de la gracia? ¿O un documento que adolece de una más profunda sustentación teológica? Segundo Galilea dice, en efecto: “Tal vez la insuficiencia más perceptible de Medellín haya sido tener una excelente ‘pastoral latinoamericana’ con una insuficiente teología renovada por anticipado. Esto tal vez sea discutible, pero faltó en Medellín una recepción creativa de la cristología y eclesiología del Vaticano II (explícita o implícita)”[1]. Con todo, independientemente de la orientación eminentemente práctica que ostenta, y en la cual radica su valor intrínseco, el documento hay que valorarlo también y de manera especial por el proceso que originó en las Iglesias de América Latina y en las políticas de los gobiernos latinoamericanos, además de su repercusión en toda la Iglesia universal.

Hay acontecimientos de la historia que originan procesos inesperados y completamente impredecibles. A esta clase de acontecimientos pertenece Medellín.

Donald Dorr en su valioso estudio sobre la “opción por los pobres” por parte de la Iglesia, evalúa de la siguiente manera a Medellín: “Es dudoso que alguien haya podido conjeturar anticipadamente el grado en que Medellín iba a ser un vuelco en la vida de la Iglesia de América Latina, y de toda la Iglesia católica. Los documentos emitidos por la conferencia tienen una frescura, claridad y poder extraordinarios… Medellín inspiró a los cristianos comprometidos en todo el mundo. El mismo Vaticano fue profundamente influenciado por Medellín y sus desarrollos. Los principales documentos relativos a la justicia social publicados por Roma en la década siguiente deben ser entendidos como una reacción a todo lo que representa Medellín, una reacción que a veces era acogida y a veces causaba horror”[2].

De hecho, Medellín ha sido calificado como “un Pentecostés para América Latina, como fue para la Iglesia Universal un maravilloso Pentecostés el Concilio. …Medellín marca -así lo vislumbraba el papa Pablo VI en su discurso inaugural- una nueva era para nuestra Iglesia”, afirma el Celam en uno de sus comunicados.

Enrique Dussel, por su parte, habla de Medellín diciendo que si «el III Concilio Limense fue “el Trento americano” (con la teología y pastoral tridentina), la II Conferencia General de Medellín ha sido “el Vaticano II americano” (con la teología de la liberación y pastoral misionera)»[3], porque si el Limense III de 1582 fue la recepción  de Trento cuando nacía la Iglesia en este continente, Medellín en 1968 lo fue del Vaticano II, cuando esta misma Iglesia adquiría una madurez y una influencia muy grande en la Iglesia universal. Pero, además, si el Limense III significó la orientación de la naciente América Latina según los valores de la cultura hispana barroca, Medellín era un momento álgido para decidir un nuevo giro cultural de América. La cultura barroca hispana, que significaba la colonia estática y anti-moderna, ya estaba superada por sus grandes deficiencias: en el campo político aparecía antidemocrática, en el cultural parecía anticientífica, en el económico ineficiente e injusta, y en el social jerarquizante, elitista y aristocrática. La cultura socialista-marxista aparecía como la solución a los gravísimos problemas de injusticia social que presentaba este continente. La cultura liberal anglo-sajona neocapitalista llegaba con su oferta de revolución tecnológica y democracia.

El tema mismo de Medellín expresaba el dilema: “La Iglesia en la transformación de América Latina a la luz del Concilio”. Transformación sí, ¿pero cuál? ¿A la luz del Concilio? ¿Y cuál era la orientación social que el Concilio daba? Porque, además, y esto es lo decisivo de Medellín para muchos, aquí la Iglesia latinoamericana dio un giro estremecedor del continente al ofrecer un mensaje de liberación a los pobres y oprimidos.

Este tema, que aquí se expresa como opción preferencial por los pobres y oprimidos, se ha convertido hoy, en parte primordial del magisterio social de la Iglesia universal.

Tal parece que en la historia de la Iglesia colombiana y latinoamericana no se haya dado nunca un fenómeno que la haya sacudido tanto como lo hizo Medellín, hasta el grado de que la historia de la Iglesia latinoamericana puede dividirse en antes y después de Medellín, teniendo en cuenta que Medellín es inexplicable sin el Vaticano II.

No hay, en la historia de la Iglesia latinoamericana, un momento histórico en el que hayan confluido tantas tensiones al interno de la Iglesia, en Latinoamérica y en el mundo en general. Basta recordar los hechos. A finales de enero de 1959, pocos días después de que Fidel Castro entraba en La Habana, el papa Juan XXIII anunciaba inesperadamente el Concilio Vaticano II. En abril de 1961 tenía lugar la batalla de Bahía de Cochinos y en agosto del mismo año se firmaba en Punta del Este el protocolo de la Alianza para el Progreso, que va de la mano con la era del desarrollismo en el continente latinoamericano. Mientras tanto, en 1958, se había instituido la Confederación Latinoamericana de Religiosos (CLAR), con sede en Bogotá, donde ya trabajaba el CELAM desde finales de 1956. En 1963 Betty Friedan publica su “Feminine Mystique”, que es la fuente del movimiento feminista tan influyente desde entonces, aun en la vida religiosa femenina. En los años 1964-65 se producen las protestas estudiantiles en Berkeley, que después se extendieron por todo el mundo.  En1964, Jürgen Moltmann publica su “Teología de la esperanza”, que está a la base de todo un movimiento teológico, y el siguiente año, Harvey Cox publica “The Secular City”, también muy revelador de todo el movimiento de la secularización.  El 7 de diciembre de 1965, en la última sesión del Concilio, sería aprobada la constitución pastoral Gaudium et Spes, que fue tan influyente en las conclusiones medellinenses. En 1966 muere Camilo Torres después de haberse integrado a las guerrillas colombianas, Joseph Fletcher da a conocer su obra “Situation Ethics”, una obra también manifestativa de la nueva ética que se estaba imponiendo, sobre todo en las capas sociales secularizadas. Ese mismo año se realizaron los diálogos bilaterales anglicano-católicos y el arzobispo de Canterbury visita al papa Paulo VI.  El 26 de mayo de 1967 Pablo VI promulga la encíclica Populorum Progressio, cuyo aporte es decisivo también para Medellín y que el Wall Street Journal condenó como “marxismo recalentado”. En el mismo año fue abatido el Che Guevara en Bolivia. Igualmente en julio de 1968 vio la luz la encíclica Humanae Vitae, que como casi todas las de Pablo VI fue de un impacto explosivo, por oponerse a la moral sexual de la modernidad.

El año de Medellín acumuló también, en otros órdenes, importantes sucesos: el Congreso Intelectual en la Habana, presidido por Fidel Castro; el abatimiento de Martin Luther King y de Robert Kennedy, en USA; la revuelta estudiantil parisina en mayo, heredera de los conflictos universitarios de Berkeley (1967); el asesinato de trescientos estudiantes en la Plaza de Tlatelolco de México; la protesta por la intervención norteamericana en el Vietnam; la Cuarta Asamble General del Consejo Mundial de Iglesias en Upsala, la Primavera de Praga. Así también suena el fin del colonialismo europeo, y se produce la propagación de las guerrillas en América Latina, y el establecimiento de las dictaduras militares en muchos de estos países: Brasil 1964, Argentina 1966, Perú 1968, Bolivia 1971, Uruguay 1971, Ecuador 1972, Chile 1973.

El conflicto de las ideologías en Medellín

Originando e impulsando estos hechos se encuentra en el fondo de ellos una lucha de ideologías tan obstinada y decisiva como los mismos hechos. Por eso, Medellín debe leerse en el contexto de estos acontecimientos y del conflicto de las ideologías que los provocaba. Por esto también Medellín está sujeto a un conflicto de interpretaciones: de lado  teológico entre la nouvelle théologie representada por H. de Lubac, Von Balthasar y el que fuera el cardenal Ratzinger, por una parte, y, por otra, la teología de la liberación que lo lee desde la modernidad europea de izquierda, o sea la socialista-marxista. También se dan las lecturas ideológicas: las que se han hecho desde el marxismo, y las que se hacen a partir de la mentalidad de la modernidad anglo-sajona.

Esta lucha de interpretaciones se dio porque los años 60 fueron el momento histórico en el que las luchas ideológicas alcanzaron su máxima intensidad: ¿Quién sería el dueño del mundo, no sólo de América Latina? ¿La modernidad europea franco-alemana, la modernidad anglo-sajona, la modernidad marxista-comunista? Y las lecturas teológicas estaban condicionadas por las ideologías: ¿Cuál teología estaba a servicio de cuál ideología? Puesto que la lucha se centraba de manera especial entre la ideología anglo-sajona bajo la máscara de neo-capitalismo, y la ideología marxista-comunista que se presentaba como el neo-marxismo de E. Bloch, Althusser, Marcuse, Luckács y Gramsci,  y que se había revitalizado gracias al pensamiento de la escuela de Francfort o Teoría Crítica, en América Latina parecía que todo tenía que ser neo-marxista, el cual, por lo demás, tuvo gran influencia en la teología de la liberación. El ídolo era la revolución y era necesario que la Iglesia se sometiera al nuevo ídolo, que sirviera a la revolución. Medellín debería ser leído desde allí. Por esto mismo Medellín fue frustrante para muchos: no produjo la Revolución que deseaban, no sirvió a ella y América Latina cayó bajo la influencia arrolladora de la ideología liberal-capitalista. Esta ideología no era, propiamente, lo anticuado, pero sí era el enemigo peligroso que se temía en América Latina; lo progresista era la revolución socio-política. Había que pasar de la cultura barroca hispana, sostenida por los partidos conservadores, evitar la invasión, que se presentaba avasalladora, de la ideología liberal-capitalista y apoyar la revolución neo-marxista que supuestamente representaba la liberación de los pueblos latinoamericanos como lo quería demostrar la Cuba de Castro.

Esto lo destaca el cardenal Ratzinger refiriéndose a la interpretación de la Gaudium et Spes: “América Latina no puede ver en el progreso ilustrado la promesa de solución de sus problemas. Bien al contrario, contempla en ella la causa de su miseria… El problema de América Latina no era ni es, en efecto, la reconciliación con el espíritu de los tiempos modernos, ni la identificación con la ideología de Europa occidental y de Estados Unidos… El espíritu del liberalismo y del capitalismo procedente de las potencias anglosajonas sometió a estos países, al parecer independientes, a una esclavitud mucho más dura”[4].

Si en Europa se dio la tendencia a interpretar el Concilio, especialmente la Gaudium et Spes, desde la modernidad liberal, en América Latina, sobre todo en Medellín y a partir de Medellín, se dio una interpretación a partir de la modernidad socialista-marxista. Olvidando aquí lo que advierte Medellín y toda la tradición católica: que cualquier transformación cristiana busca “integrar toda la escala de valores temporales en la visión global de la fe cristiana” (Introd. 7), no lo contrario, o desde el punto de vista de las ideologías, que ellas sirvan al Evangelio, como dice san Pablo: “Cautivamos todo pensamiento para hacerlo obediente a Cristo” (2Co 10, 5b).

Esto lo percibió muy bien Nietzsche, pero no lo supo entender nunca el marxismo-comunismo.

La modernidad toda, tanto en su corriente o interpretación marxista-comunista como en la liberal-capitalista anglo-sajona, se caracterizaba por una afirmación exclusiva de la realidad terrena, del hombre “unidimensional”, es decir, el hombre amputado de su dimensión “mistérica o sobrenatural” que afirmaba la Iglesia. De ahí su lucha sin cuartel.

Puesto que los sesenta fueron años de la afirmación de ese hombre “unidimensional”, sobre todo marxista-comunista en América Latina, los documentos del Vaticano II y Medellín fueron interpretados desde esa perspectiva. El cardenal Ratzinger lo anota de manera muy certera, distinguiendo lo que fue en Europa y lo que fue en América Latina. Dice que América Latina no aceptó una interpretación moderna secularista del Concilio, esto no podía ser pues la Iglesia no ha aceptado nunca ciertos postulados de la modernidad-liberal y ésta, a su vez, ha visto en la Iglesia su gran enemigo. Desde ese punto de vista, la teología latinoamericana a partir de Medellín es un gran aporte: “De una vez por siempre, el progreso de la Iglesia no puede consistir en un abrazo tardío con la edad moderna, tal como nos ha enseñado, de forma irrefutable, la teología de América Latina”[5].

Puesto que el Concilio no podía ser interpretado desde la modernidad liberal europea, el prefecto de la Congregación para la Doctrina de la fe anota cuál debe ser la hermenéutica del Concilio. En una conferencia en el año 2.000  afirmaba que el Concilio quiso, ante todo, insertar y subordinar el discurso sobre la Iglesia al discurso sobre Dios, sólo que en las interpretaciones post-conciliares se ha omitido esta característica privilegiando algunas afirmaciones eclesiológicas particulares, como, por ejemplo, la idea de pueblo de Dios, la colegialidad de los obispos, las Iglesias locales, la apertura ecuménica. Todo esto es verdad, pero todas estas doctrinas tienen una base y un fundamento que es el que les da el sentido. Ese fundamento es el que aparece en el capítulo primero de la Lumen Gentium pero que también permea todas las doctrinas y los documentos del Concilio.

En los años posteriores al Concilio surgieron muchas corrientes teológicas y muchos movimientos eclesiales que se fundamentaron en uno u otro aspecto de la Iglesia enseñado por el Concilio, pero olvidaron la base esencial que el mismo Concilio colocó: el Misterio de Cristo que, a su vez, brota del Misterio del Dios trinitario. Esta interpretación del Concilio desde el Misterio de Cristo o el sobrenatural cristiano es, exactamente, lo que está a la base de la Nouvelle Théologie, de cuyo proyecto hace parte también el cardenal Ratzinger, y que se opone a la interpretación hecha por la teología progresista europea que han liderado Rahner, J. B. Metz, Schillebeeckx y H. Küng.

Fr. Adolfo Galeano Atehortúa ofm.

pazybienco@hotmail.com



[1] Segundo Galilea, Ejemplo de recepción selectiva y creativa del Concilio: América Latina en las Conferencias de Medellín y de Puebla, en: G. Alberigo/J.-P. Jossua, La recepción del Vaticano II, Madrid 1987, p. 96-97.

[2] Donal Dorr, Option for the poor. A hundred years of Vatican Social Teaching, Dublin-New York 1983, p. 158.

[3] Enrique D. Dussel, De Medellín a Puebla: una década de sangre y esperanza (1968-1979), México 1979, p. 78.

[4] Card. Joseph Ratzinger, Teoría de los Principios Teológicos. Materiales para una teología fundamental, Barcelona 1985, pp. 461-62.

[5] Card. J. Ratzinger, ibid.  p. 468-69.


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