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: Y los Sínodos se califican especialmente por la urgencia, la oportunidad y la importancia de los temas a tratar. La próxima convocación sinodal tratará el tema de la Palabra de Dios, que será muy importante para toda la Iglesia.
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Con el nombramiento del relator general del próximo Sínodo, Card. Marc Ouellet, arzobispo de Québec, y del secretario especial, Mons. Wilhelm E. Egger, obispo de Bolzano-Bressanone, nuestra atención se dirige a este gran evento eclesial. Todo Sínodo es importante para la Iglesia, si no por otra cosa, al menos por el recíproco conocimiento de los obispos que aprenden a escucharse y a confrontar sus lenguajes que entre ellos son muy diferentes. Y los Sínodos se califican especialmente por la urgencia, la oportunidad y la importancia de los temas a tratar. La próxima convocación sinodal tratará el tema de la Palabra de Dios, que será muy importante para toda la Iglesia.
Este Sínodo se distingue no sólo por la gran importancia del tema, sino también porque desde hace varios años ya había sido auspiciado por obispos e instituciones. |
Esperamos que la próxima Asamblea constituya un momento significativo para todos los católicos y tenga también resonancia fuera de los confines de la catolicidad.
Este Sínodo sigue al Sínodo sobre la Eucaristía que se llevó a cabo en el 2005, y que evocaba el nexo entre las dos mesas (de la Eucaristía y de la Palabra) que había sido mencionado por la antigua tradición de la Iglesia y que menciona también la Dei Verbum en el n. 21: “La Iglesia ha venerado siempre las Sagradas Escrituras al igual que el mismo Cuerpo del Señor, sin dejar de tomar de la mesa y de distribuir a los fieles el pan de vida, tanto de la palabra de Dios como del Cuerpo de Cristo, sobre todo en la Liturgia”. El tema conciliar expresado en la Dei Verbum ha sido considerado brevemente en el Sínodo extraordinario de 1985, cuyo documento final había sido titulado: “La Iglesia bajo la Palabra de Dios celebra los misterios de Cristo para la salvación del mundo”.
El próximo Sínodo goza de una particular característica y es la de considerar un tema ya tratado con particular profundidad y pasión en el último Concilio y del cual nació la constitución dogmática más bella del Vaticano II, la Dei Verbum. Es necesario dar una mirada a este documento conciliar para tener un punto de referencia seguro, aunque el Sínodo no entra en temas doctrinales, que son objeto de un Concilio. El Sínodo debe promover sobre todo un discernimiento pastoral sobre lo que el Espíritu del Señor pide a la Iglesia de modo que ésta pueda vivir hoy auténticos itinerarios de culto, de oración y de servicio.
Será el Espíritu quien guíe a los Padres en sus deliberaciones. Aquí solamente queremos expresar algunos auspicios que surgen pensando en el próximo Sínodo. Se trata en particular, de: 1) algunas cosas que hay que evitar; 2) temas sobre los que no valdría la pena discutir y 3) sobre argumentos que sería importante tratar con calma, dedicándoles todo el tiempo disponible.
Lo que hay que evitar
Será necesario no desmejorar las fórmulas felices del Vaticano II, en las cuales el Concilio ha expresado cuanto la Iglesia siente acerca de la divina Revelación y sobre la Palabra de Dios, a la que está contenida en la Escritura y en la Tradición.
Como ejemplo de fórmulas felices podríamos citar la descripción de la Revelación con las palabras “Dispuso Dios en su bondad y sabiduría revelarse a sí mismo y dar a conocer el misterio de su voluntad” (n. 2), donde el acento está no tanto en cada una de las verdades reveladas sino en Dios que se revela, y que se revela donándose y se revela en Cristo, “el cual es al mismo tiempo el mediador y la plenitud de toda la revelación” (ibid). Es importante también la descripción de la fe en el n. 5, donde se dice que con ella el hombre “se confía libre y totalmente a Dios”. En el n. 8 la Tradición es explicada como aquella realidad por la cual “la Iglesia, en su doctrina, en su vida y en su culto, perpetúa y transmite a todas las generaciones todo lo que ella es y todo lo que ella cree”. Son también importantes las afirmaciones de los nn. 10 y 21: “El Magisterio no está por encima de la Palabra de Dios, sino que la sirve” (n. 10). “Es necesario que toda la predicación eclesiástica, como la misma religión cristiana, sea alimentada y orientada por la Sagrada Escritura” (n. 21).
Después de haber elaborado un documento con sumo cuidado y con fórmulas felices como la Dei Verbum, es necesario que el Sínodo permanezca a la altura de este lenguaje y viva en la tensión espiritual profunda que le permita decirnos palabras en las que resuene la fuerza del Espíritu. Habrá que vigilar también para que no se usen fórmulas que nos lleven a retroceder respecto al Concilio Vaticano II.
Temas sobre los que no es necesario discutir mucho
Es importante no perder tiempo precioso volviendo a tratar temas que han sido ya estudiados ampliamente en el Vaticano II y sobre los que no es posible prever novedades relevantes.
Dos ejemplos: el primero se refiere a la relación entre Escritura y Tradición. El tema es tratado en el capítulo II de la Dei Verbum, que lleva como título “La transmisión de la divina Revelación”. El texto de ese capítulo conserva todavía huellas de las fuertes tensiones por las cuales se llegó a su redacción definitiva. Al momento de la votación, el 20 de noviembre de 1962, el Concilio pareció dividirse en dos partes hasta el punto de que alguien dudó sobre la posibilidad de seguir adelante. La situación fue superada gracias a la intervención personal del Papa Juan XXIII, quien retiró el esquema de la discusión y lo confió a una nueva comisión presidida por los cardenales Ottaviani y Bea. Pasaría mucho tiempo antes de que se diera la aprobación definitiva, que se llevó a cabo en la votación del 8 de octubre de 1965. Me he referido a este episodio para decir cómo hoy sería poco productivo volver sobre tales discusiones. Lo que se ha logrado con grande esfuerzo y no sin algunos compromisos no merece ser tocado de nuevo, teniendo presente que hay otras urgencias más prácticas y pastorales.
Un segundo ejemplo es el de la discusión sobre el método histórico-crítico y sobre los métodos interpretativos de la Escritura, en particular sobre la exégesis de los Evangelios, a la cual se refiere la Dei Verbum en el capítulo III (nn. 11-13) y en el IV (n. 19). El tema era muy candente por aquellos años. Algunos pensaban que el método histórico-crítico no era compatible con la fe. Las páginas de la Dei Verbum reportan las conclusiones que fueron fruto de un largo esfuerzo en las que se recuerdan las reglas generales que conducen a la recta interpretación de los textos bíblicos y mencionan expresamente los diversos géneros literarios que hay en la Escritura. Mientras tanto se había publicado (1964) una instrucción de la Pontificia Comisión Bíblica sobre la historicidad de los Evangelios en que se aclaraba la especificidad de su interpretación pero poniendo atención al texto concreto. Luego la misma Comisión publicó un extenso documento sobre La interpretación de la Biblia en la Iglesia (1993) que examina exhaustivamente la cuestión. Para el Sínodo sería suficiente resumir con autoridad lo más importante de ese documento, sin tratar de nuevo las discusiones metodológicas.
Argumentos a profundizar
En cambio será importante que el Sínodo, partiendo de la parte pastoral de la Dei Verbum, o sea del capítulo IV, examine cuanto se ha hecho en estos cuarenta años y cuanto queda por hacer para responder a las expectativas de los Padres Conciliares. De este modo el Sínodo será motivo de un profundo examen de conciencia de toda la Iglesia acerca del fruto que ella obtiene de las sagradas Escrituras.
Los Lineamientos están orientados en este sentido sobre todo con los cuestionamientos del capítulo II (“La Palabra de Dios en la vida de la Iglesia”) y del capítulo III (“La Palabra de Dios en la misión de la Iglesia”).
En el capítulo II se describen los distintos momentos en los cuales la Iglesia se alimenta de la Palabra de Dios: en la liturgia y en la oración, en la evangelización y en la catequesis, en la exégesis, en la teología y en la vida del creyente. Pienso que todos estos ámbitos son importantes y merecen la atención de los Padres sinodales. Me limitaré a algunos temas que tienen que ver con los fieles en general. Hay que reconocer que la mayor parte de ellos no posee la familiaridad con la Escritura que auspiciaba el Vaticano II. Basta recordar los resultados de un sondeo, según el cual cerca del setenta por ciento no ha leído nunca los cuatro Evangelios y solamente el quince por ciento los ha leído al menos una vez en la vida. La Dei Verbum exhortaba insistentemente y con vehemencia a todos los fieles a aprender “la sublime ciencia de Jesucristo” a través de la lectura frecuente de las divinas Escrituras. “La ignorancia de las Escrituras, es ignorancia de Cristo” (n. 25). Estas palabras de san Jerónimo fueron recordadas oportunamente por el Papa Benedicto XVI en una de sus vehementes y frecuentes invitaciones a leer y a meditar las sagradas Escrituras. El Concilio exhortaba a acompañar la lectura de la Escritura con la oración, de modo que se pudiera llevar a cabo el diálogo entre Dios y el hombre. A este propósito decía san Ambrosio: “Le hablamos a Dios cuando oramos y lo escuchamos cuando leemos los divinos oráculos”.
A través de la experiencia pastoral de 22 años de gobierno en una importante diócesis, haciendo el esfuerzo por comunicar de muchas formas y en distintas ocasiones la importancia de aprender a rezar a partir de las Escrituras, he llegado a la conclusión de que esta insistencia es importante y produce frutos excelentes. Se podría decir que las palabras del n. 25 de la Dei Verbum pueden constituir una meta o un momento importante en el proyecto pastoral de todo obispo.
El documento conciliar recordaba la necesidad de tomar iniciativas adecuadas y tener subsidios para el pueblo de Dios. Podemos decir que se ha progresado mucho en estos últimos años. Antes del Concilio no existían muchos subsidios y era difícil encontrar una versión católica de la Biblia de los textos originales. Hoy abundan los subsidios y los hay hasta para escoger. Existen numerosas ediciones de la Escritura, buenos comentarios de exegetas, óptimos diccionarios, enciclopedias y atlas bíblicos bien elaborados, etc. Es por tanto inexcusable que un fiel (y más aún un sacerdote o un religioso) no se acerque a la Sagrada Escritura aduciendo no tener subsidios adecuados.
Quedaría por aclarar (y podría hacerlo oportunamente el Sínodo) la distinción entre catequesis y lectura de la Escritura. Es obvio que una catequesis, es decir, una enseñanza ordenada y orgánica sobre la fe católica, no se puede fundamentar ampliamente sino en la Biblia. Pero esto no quita la necesidad de que todo fiel se acerque personalmente o en grupo al Libro Sagrado como tal, comenzando, por ejemplo, con la lectura integral del Evangelio de Marcos y de los Hechos de los Apóstoles. No hay comparación entre la fuerza, la consistencia y la interpelación personal que puede venir del texto bíblico en sí mismo con lo que sucede cuando el texto es mediado por otras instancias. Naturalmente habrá que ayudar a los fieles a no leer en el texto lo que es sugerido por su sujetividad, sino a partir de la página bíblica así como es, sin acomodarla a intereses preconstituidos.
Ciertamente en determinada comunidad cristiana o en una parroquia no es fácil conciliar las dos exigencias de una formación catequética adecuada y de un contacto directo con los Libros Sagrados. Pero son muchas y diversas las experiencias que al respecto se han tenido en estos años; algunas han tenido éxito y podrían ser sugeridas por el Sínodo, ofreciendo así a los pastores modelos o tipos de intervención que respondan a las exigencias antes recordadas.
Es de desear que las preguntas sugeridas por los Lineamientos de la parte final del capítulo II sean objeto de mucha atención por parte de los Pastores y de los responsables de la pastoral, de modo que puedan ser traducidas en recomendaciones urgentes del Sínodo a toda la Iglesia. Quisiera añadir un deseo, que tal vez es un poco utópico pero significativo. Y es que ojalá en toda Misa ferial se dé una breve explicación (no más de tres minutos) de los textos bíblicos de la liturgia. La experiencia demuestra que en tres minutos es posible dar una instrucción que cualifique la jornada. Pero para esto es necesario prepararse adecuadamente, pues de lo contrario o se supera el tiempo previsto o se dice algo poco importante. Esto nos dice que no hay que dejar nada sin experimentar de modo que los fieles tengan un adecuado acceso a la fuerza y al contenido de los textos sagrados.
No será fácil hacer un examen acerca del capítulo III sobre la Palabra de Dios en la misión de la Iglesia. Aquí el panorama es más amplio y complejo y las iniciativas exitosas llevadas a cabo al respecto no han sido muchas. Sin embargo me parece que la clave está en la educación bíblica del pueblo de Dios y en su capacidad de orar a partir de la Escritura. Si se logra esta meta, serán más fáciles y espontáneas las iniciativas de evangelización inclusive por parte de quienes están alejados y de los no cristianos con la ayuda de los libros sagrados.
El texto de los Lineamientos destaca la dimensión ecuménica de la escucha de la Palabra y su utilidad para el diálogo interreligioso, particularmente con el pueblo hebreo. A este propósito se destacan dos aspectos: la contribución de la exégesis hebrea contemporánea a la comprensión de la Biblia y la superación de toda forma de antisemitismo y de antijudaísmo.
Con relación al primer aspecto ya se había manifestado muy claramente el documento de la Pontificia Comisión Bíblica del 2001, sobre El pueblo hebreo y sus Sagradas Escrituras en la Biblia cristiana. Tal documento afirmaba que “los cristianos pueden y deben admitir que la lectura hebrea de la Biblia es una lectura posible, que está en continuidad con las Sagradas Escrituras hebreas de la época del segundo Templo y es análoga a la lectura cristiana, que se ha desarrollado paralelamente a ella”. Esto significa, entre otras cosas, que el conocimiento de la exégesis hebrea contemporánea puede ayudar a nuestro estudio de las Escrituras. En cuanto al segundo aspecto, o sea, la superación de toda forma de antisemitismo, he tenido ocasión de insistir en que no es suficiente evitar todo sentimiento antisemita, sino que es necesario llegar a amar al pueblo hebreo con todas las expresiones de su vida y de su cultura: su literatura, su arte, su folclor, su religiosidad. Solamente entonces se puede llegar a establecer vínculos que permitan no solo superar desconfianzas y prejuicios sino colaborar con el bien de la humanidad.
Los Lineamientos recuerdan la importancia que tiene la Escritura para entablar el diálogo con las otras religiones y como fermento de las culturas modernas. A este respecto la experiencia hasta ahora no se ha desarrollado mucho y será tarea del Sínodo recoger y valorar los tentativos hechos hasta ahora para indicar vías accesibles y seguras para la comunidad cristiana.
Concluimos indicando el fruto que se espera de todo este trabajo y que los Lineamientos resumen así: “De esta forma la Palabra que Jesús sembró como semilla del Reino recorre su camino en la historia de los hombres y cuando Jesús regrese en la gloria resonará come invitación a participar plenamente en la gloria del Reino” (n. 33).
Card. Carlos María Martín s j.
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