No pocos jóvenes acaban por concluir que el matrimonio puede esperar. Las razones para diferirlo pueden ser varias: la carencia de una casa y/o un empleo, el deseo de permanecer "libres" por mayor tiempo (ideología anti-institucional); la imposibilidad de realizar el matrimonio por parte de uno de los dos (por ejemplo la espera de una anulación o un divorcio); la opción por una relación abierta y continuamente renegociable; el miedo al fracaso, especialmente si la pareja ha tenido experiencias negativas anteriormente; la oposición de algún pariente.
Al retardarse la edad del matrimonio, los jóvenes adultos permanecen en la familia, con sus padres, mucho más allá de la edad adulta (piénsese en el costo de salud, gastos, formación). La duración del tiempo del noviazgo está condicionada también por la prolongación del período escolar, por la carencia de una casa y de un empleo (sobre todo en el sur el desempleo supera el 30% especialmente para las jóvenes). Las muchachas tienden a aplazar la opción matrimonial (así como también la procreación) por encima de la seguridad de un empleo, por el temor de perder para siempre la posibilidad en el mercado del trabajo y con eso la autonomía económica.
Si se consideran las experiencias que se realizan, los jóvenes lamentablemente tienen razones válidas para temer que la familia, base de la vida de amor, pueda transformarse en lo contrario, cuando el nido que debería defender de la frialdad de la burocracia de los sistemas, de las desatenciones y de las injusticias que se sufren en el mundo del trabajo, de la política, de la salud, viene a ser el ambiente contra el cual hay que defenderse, aunque sea sólo para salvar la propia dignidad o la propia vocación profesional y/o espiritual. Los "sermones" de los padres ya no tienen autoridad cuando ellos mismos se descuidan, se traicionan, establecen relaciones de prepotencia, frente a los cuales los adolescentes reconocen que están mal y encierran tristeza y desconfianza". Cuando a la persona se le ofende y se la pisotea, inclusive en familias formalmente unidas y cristianas, ¿Qué credibilidad puede tener el sacramento del amor? ¿Cómo se puede enseñar el respeto, la delicadeza, la entrega al otro, si las relaciones entre los cónyuges contradicen estos valores?
Tomado del libro: El Amigo Discreto. Por Giulia Paola Di Nicola y Attilio Danese, Ediciones San Pablo, 2004 |