Él mismo presenta las credenciales que le garantizan el derecho de ser considerado con toda razón apóstol: él vio al Señor, Cristo resucitado, y, por tanto, es testigo de la Resurrección; también fue enviado directamente por Cristo, como los Doce: visión, vocación, misión, son tres requisitos que él tiene, por ese milagro de la gracia que tuvo lugar en el camino de Damasco, en donde Cristo lo obligó a una capitulación incondicional, hasta hacerlo gritar: “Señor, ¿qué quieres que yo haga?”. En las palabras de Cristo se revela el secreto de su alma: “Duro te es cocear contra el aguijón”. Es cierto que Saulo “perseguía con exceso a la Iglesia de Dios y la devastaba”, pero lo hacía de buena fe y cuando se obra por amor a Dios el malentendido no puede durar por mucho tiempo.
Nace, entonces, una inquietud, “¿Quién eres tú, Señor?”; “Yo soy Jesús a quien tú persigues”. Esta mística irrupción de Cristo en la vida de Pablo es la confirmación de su apostolado y la chispa que le descubrirá la admirable verdad de la indisoluble unidad de Cristo con los creyentes.
Este encuentro con Cristo en las cercanías de Damasco, que Pablo compara con la experiencia pascual de los Doce y con el fulgor de la primera luz de la creación, será el “leit Motiv” de su predicación oral y escrita.
De su experiencia Pablo saca esta consoladora conclusión: “Jesús vino al mundo para salvar a los pecadores, yo el primero de ellos. |