Nació hacia el año 1225, de la familia de los condes de Aquino. Estudió primero en el monasterio de Montecassino, luego en Nápoles. A los 18 años, contra la voluntad del padre ingresó en la Orden de Predicadores, y completó su formación en Colonia donde tuvo por maestro a san Alberto Magno, y después en París. Suave y silencioso, contemplativo y devoto, Tomás era ante todo un intelectual. Continuamente dedicado a los estudios hasta el punto de perder fácilmente la noción del tiempo y del lugar: durante una travesía por el mar, ni siquiera se dio cuenta de la terrible borrasca y el fuerte movimiento de la nave por el choque de olas, tan embebido estaba en la lectura, pero no eran lecturas estériles. Su lema era “hacer partícipes a los demás de lo que él reflexionaba”.
Murió en la madrugada del 7 de marzo de 1274, en el monasterio cisterciense de Fossanova, mientras se dirigía al Concilio de Lyón, congregado por el Beato Gregorio X. Su obra más famosa es la suma teológica, de estilo sencillo y de una claridad cristiana. Cuando Juan XXII lo canonizó, en 1323, algunos objetaban que Tomás no había realizado grandes prodigios ni en vida ni después de muerto, el Papa contestó con una famosa frase: “Cuantas proposiciones teológicas escribió, tantos milagros realizó. |