Nació en Desenzano, región de Venecia (Italia), hacia el año 1470. Tomó el hábito de la tercera Orden franciscana y reunió a un grupo de jóvenes, a las que instruyó en la práctica de la caridad; tuvo de la vida religiosa una idea muy revolucionaria para sus tiempos. En ese período de lujo civil, de prosperidad económica y de florecimiento artístico que se llama Renacimiento, la voz severa y amenazadora de Fray Jerónimo Savonarola, ahorcado y después quemado en la Plaza de la Señoría en Florencia en 1498, lanzaba rayos contra el desbordante materialismo; veinte años después un Fraile agustino, Martín Lutero, quiso dar a la Iglesia esa “reforma” que se convirtió en dolorosa laceración de la unidad de los cristianos.
Del coro robusto de estas voces que reclamaban la reforma de las costumbres, se levanta también la voz de una mujer iletrada que ofrecía su contribución positiva e iluminada para la práctica de los consejos evangélicos.
Esta mujer había nacido en una familia de campesinos y a los quince años, después de la muerte de los padres, se aventuró a largas peregrinaciones y llegó hasta Tierra Santa, que sólo pudo admirar con los ojos de la fe, porque una misteriosa ceguedad la atacó. |