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EL ESPÍRITU SANTO
                        CONVENCE PARA EL MATRIMONIO


No es el caso de responder a todas estas perplejidades para favorecer un optimismo ingenuo, que pretenda disminuir las dificultades en las cuales se encarna la promesa de amor. Pero tampoco sería correcto agigantar sus riesgos. El desencanto puede apagar el deseo de comprometerse en la aventura matrimonial. No existe un camino sencillo y recto para comprender el sentido del propio sendero, sin pasar por las dudas, las perplejidades, las incertidumbres. Las respuestas que convienen a cada persona, en una fase determinada de la vida, nacen silenciosamente en el corazón, en la mente y en el alma.


¿Quién da la fuerza para no sucumbir ante el pesimismo? ¿Quién frena el optimismo fácil? ¿Quién convence acerca de lo acertado de la opción hecha y sentido vocacional del encuentro con determinada joven o con ese determinado joven? ¿Cómo decidirse a dar ese gran paso? ¿Cómo sentirse seguros de que la fidelidad personal y del cónyuge se mantendrá a través del tiempo.

Ya se tenga conciencia de ello o no, sólo el Espíritu Santo puede convencer a los dos para firmar un cheque en blanco por toda la vida, a encaminarse por una senda rica en incógnitas e impregnada de un "misterio grande". Él revela al alma que ese determinado recorrido es adecuado y corresponde precisamente a la persona, se conforma con el designio que Dios tiene sobre ella, sobre el compañero o compañera, sobre la pareja, e impulsa a superar barreras y obstáculos que parecen insuperables y disipa las vacilaciones que paralizan.

Rara vez hoy las parejas se casan reconociendo la llamada de Dios a vivir la relación con Él en la comunión matrimonial. Y sin embargo una decisión tan importante, que condiciona la propia vida, la del compañero/a, de los hijos, de los familiares, de la sociedad, tiene que ver con el Espíritu Santo que guía silenciosamente la opción de la persona justa y hace decidir por el matrimonio.




Por consiguiente el matrimonio se halla entre el cielo y la tierra, es fruto al mismo tiempo de la atracción y de la vocación, y es bueno desconfiar si se quiere tener la una sin la otra.

(Tomado del libro EL AMIGO DISCRETO, Ediciones San Pablo)


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