¿Quién da la fuerza para no sucumbir ante el pesimismo? ¿Quién frena el optimismo fácil? ¿Quién convence acerca de lo acertado de la opción hecha y sentido vocacional del encuentro con determinada joven o con ese determinado joven? ¿Cómo decidirse a dar ese gran paso? ¿Cómo sentirse seguros de que la fidelidad personal y del cónyuge se mantendrá a través del tiempo.
Ya se tenga conciencia de ello o no, sólo el Espíritu Santo puede convencer a los dos para firmar un cheque en blanco por toda la vida, a encaminarse por una senda rica en incógnitas e impregnada de un "misterio grande". Él revela al alma que ese determinado recorrido es adecuado y corresponde precisamente a la persona, se conforma con el designio que Dios tiene sobre ella, sobre el compañero o compañera, sobre la pareja, e impulsa a superar barreras y obstáculos que parecen insuperables y disipa las vacilaciones que paralizan.
Rara vez hoy las parejas se casan reconociendo la llamada de Dios a vivir la relación con Él en la comunión matrimonial. Y sin embargo una decisión tan importante, que condiciona la propia vida, la del compañero/a, de los hijos, de los familiares, de la sociedad, tiene que ver con el Espíritu Santo que guía silenciosamente la opción de la persona justa y hace decidir por el matrimonio. |

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