El santo obispo a quien hoy veneramos pudo ver realizada la destrucción de Jerusalén, profetizada por Jesús. La pequeña comunidad cristiana, recordando la advertencia de Cristo, tuvo tiempo para escapar de la trágica suerte que le tocó a la ciudad, en la que los romanos no dejaron “piedra sobre piedra”. Después de la tragedia, el celoso pastor pudo reconducir al pequeño rebaño a las casas ya destruidas y comenzar con ellos la reconstrucción material y espiritual de la Iglesia madre de todas las Iglesias, logrando muchas conversiones entre los hebreos que, al ver cumplida la profecía de Cristo, meditaron sobre el mensaje evangélico que antes habían rechazado.
Simeón vivió mucho tiempo. En efecto, fue guía de los cristianos de Jerusalén durante más de cuarenta años, y cuando sufrió el martirio, durante la segunda gran persecución, tenía más de cien años. Después de la primera persecución, que padeció sólo la comunidad cristiana de Roma, a la que Nerón achacó el doloroso incendio de la ciudad en el año 64, hubo un período de relativa paz. Hubo un breve conato persecutorio bajo el emperador Domiciano que hizo matar a algunos cristianos de la aristocracia romana en la que había comenzado a penetrar la fe cristiana. Después estalló la persecución bajo el emperador Trajano que se extendió a todas las provincias del imperio, aunque la finalidad de la persecución no era tanto castigar con la muerte al cristiano, sino lograr su retractación.
La admirable firmeza con que los cristianos rechazaron esta retractación constituye una página gloriosa en la historia de la Iglesia. Precisamente bajo Trajano fue cuando el santo obispo de Jerusalén, “hermano de Jesús”, compartió con Cristo el suplicio de la cruz. |