Esta fiesta se le conocía antes como la de la Purificación dela Virgen María, en recuerdo del episodio de la Sagrada Familia, que nos narra san Lucas en el capítulo 2 de su evangelio. Para cumplir la Ley, María fue al Templo de Jerusalén, a los cuarenta días del nacimiento de Jesús.
Este acto de obediencia a un rito al que no estaban obligados ni Jesús ni María, constituye una lección de humildad, como coronación de la meditación anual sobre el gran misterio navideño, en el que el Hijo de Dios y su divina Madre se nos presentan en el cuadro conmovedor y doloroso del pesebre, esto es, en la extrema pobreza de los pobres, de los perseguidos, de los desterrados.
María, gracias a su íntima unión con la persona de Cristo, queda asociada al sacrificio del Hijo. No maravilla, por tanto, que a la fiesta de hoy se le haya dado en otro tiempo mucha importancia, tanta que el emperador Justiniano decretó el 2 de febrero día festivo en todo el imperio de Oriente.
Roma adoptó la festividad a mediados del siglo VII, y el papa Sergio I (687-701) instituyó la más antigua de las procesiones penitenciales romanas, que salía de la iglesia de San Adriano y terminaba en el de Santa María la Mayor. El rito de la bendición de las candelas, del que ya se tiene testimonio en el siglo X, se inspira en las palabras de Simeón: “Mis ojos han visto tu salvación, que tú has preparado ante la faz de todos los pueblos, luz para iluminar a las naciones”. De este rito significativo viene el nombre popular de fiesta de la “Candelaria”.
|