Dionisio, obispo de Alejandría nos cuenta que Apolonia fue perseguida y quemada por ser cristina, pero antes de ser quemada viva, fue torturada vilmente. Nos cuenta el obispo en una de sus cartas que le escribió a Fabio, obispo de Antioquía, que todos entraban en las casas de los cristianos, las saqueaban, robaban todos los objetos de valor. Los paganos se apoderaron de la admirable virgen Apolonia, ya de avanzada edad. Le golpearon la cara y le rompieron los dientes. Después hicieron una gran hoguera en las afueras de la ciudad, la amenazaron que la quemarían viva sino decía palabras perversas junto con ellos. Ella pidió que la dejaran libre un instante; se lo permitieron y, entonces, ella saltó sobre la hoguera y murió en ella.
Precisamente por la apariencia de suicidio, se suscitó el problema de si es lícito quietarse la vida voluntariamente para no renegar de la fe. Se encuentra un eco en el libro De civitate Dei de san Agustín, el cual en el fondo toma posición. El gesto, empero, de la martir Apolonia y su vida intachable (fue blanco del odio de los paganos precisamente por el apostolado que realizaba dentro de la comunidad cristiana), suscitaron emoción y devoción más allá de los límites africanos en donde se había consumado su sacrificio, y su culto se difundió en Oriente y en Occidente.
En varias partes de Europa se construyeron iglesias en su honor. Sobre su vida, de la que no tenemos más noticias, la leyenda habla de la historia de una joven, hija de rey, asesinada por su mismo padre por haberse convertido al cristianismo. Pero a más de la leyenda que influyó tanto en la popularidad de la Santa, que se invoca contra el dolor de muelas, queda su ejemplo de generosa e incondicional oferta a Cristo.
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