San Blas, obispo de Sebaste de Armenia, es un personaje bastante incierto desde el punto de vista histórico, pero todavía goza de mucha popularidad por un milagro que se le atribuye y que han perpetuado la conocida bendición contra el mal de la garganta. En efecto, se conoce en su passio que mientras llevaban al Santo al martirio, una mujer se abrió paso entre la muchedumbre y colocó a los pies del santo obispo a su hijito que estaba muriendo sofocado por una espina de pescado que se le había atravesado en la garganta. San Blas puso sus manos sobre la cabeza del niño y permaneció en oración. Un instante después el niño estaba completamente sano. Este episodio lo hizo famoso como taumaturgo en el transcurso de los siglos, y sobre todo para la curación de las enfermedades de la garganta.
Gracias a esta tradición, el nuevo calendario litúrgico ha conservado en este día la memoria del Santo, aunque se trate de un personaje históricamente incierto. San Blas fue obispo de Sebaste a comienzos del siglo IV, y sufrió la persecución de Licinio, el colega del emperador Constantino. Puede, pues considerarse como uno de los últimos mártires cristianos de esa época.
En este día el nuevo calendario recuerda a otro santo obispo, san Óscar, que vivió en el siglo IX y a quien se considera el apóstol del Norte de Europa. Fue monje benedictino en Corbie; después de la conversión de Harald, rey de Dinamarca, se trasladó en el 826 a Dinamarca y Suecia para predicar allí el Evangelio. Fue el primer obispo de Hamburgo y arzobispo delegado para Escandinava. A su acción misionera se debió la conversión del rey de Suecia, Olaf. El santo murió el 3 de febrero del año 865. Su vida no fue larga, pero sí intensamente vivida al servicio del Evangelio. |