La Cátedra, literalmente, es la silla fija del Sumo Pontífice y de los obispos. Se encuentra permanentemente en la iglesia madre de la diócesis (de aquí el nombre de “catedral”) y es el símbolo de la autoridad del obispo y de su magisterio ordinario en la Iglesia local. La Cátedra de san Pedro indica, pues, su posición preeminente en el colegio apostólico, por explícita voluntad de Jesús, que le confía la misión de “apacentar” el rebaño, esto es, guiar el nuevo Pueblo de Dios, la Iglesia.
Esta investidura por parte de Cristo, confirmada después de la resurrección, es respetada. En efecto, después de la Ascensión vemos a Pedro cumpliendo su tarea de guía. Preside la elección de Matías y habla en nombre de todos, sea a la multitud que acude a escucharlo ante el cenáculo, el día de Pentecostés, sea más tarde ante el Sanedrín. El mismo Herodes Agripa sabe que le da un golpe mortal a la naciente Iglesia eliminando a su jefe, san Pedro. Mientras la presencia de Pedro en Antioquía es innegable por los escritos neotes tamentarios, su ida a Roma en los primeros años del imperio de Claudio no tiene pruebas tan evidentes.
El desarrollo del cristianismo en la capital del imperio confirmado por la Carta paulina a los romanos (escrita hacia el año 57) no se explica sin la presencia de un misionero de primer plano. La llegada, cualquiera que sea la fecha, de san Pedro a Roma y su muerte, las confirman tradiciones antiquísimas, aceptadas ahora universalmente por estudiosos, incluso no católicos. Lo confirman de manera históricamente inobjetable las excavaciones hechas en 1939 por orden de Pío XII en las Grutas Vaticanas, debajo de la basílica de San Pedro, y cuyos resultados son aceptados favorablemente por estudiosos no católicos. |