En tiempos del emperador Antonino estalló una revuelta de los pontífices y fue arrestada y encarcelada la “nobilísima Felicidad con sus siete cristianísimos hijos”. Así comienzan los Hechos del martirio de santa Felicidad y de sus siete hijos, que algún estudioso no considera auténticos, aunque sean muy antiguos. En efecto, en este documento es muy evidente la inspiración en otros dos clamorosos casos de martirio colectivo: el de los llamados “hermanos Macabeos”, de quienes habla la Sagrada Escritura en el capítulo 7 del segundo libro de los Macabeos, y el de santa Sinforosa. Inclusive, parece que no se puede hablar ni siquiera de verdaderos siete “hermanos”, aunque esto lo afirme hasta san Gregorio Magno: éste, en efecto, aceptando la petición de santa Teodolinda, le envió algunas gotas de aceite de la lámpara que ardía cerca del sepulcro de la mártir; y como ahí cerca había también una pintura en la pared que representaba a santa Felicidad junto con otras siete figuras, fue muy obvio para el gran Papa declarar que se trataba de los protagonistas de los Hechos de Felicidad, e identificar las siete figuras con otros tantos hijos de la mártir. Y con ocasión de una celebración litúrgica en la basílica construída sobre la tumba de santa Felicidad por orden del papa Bonifacio I, san Gregorio Magno se sirvió ampliamente de la Passio para su homilía. En todo caso, lo cierto es que, a más de santa Felicidad, hubo siete mártires, cuyos nombres recuerda el Martirologio Romano, junto con la narración sobre la forma del martirio: “En Roma (se festeja) la pasión de los santos siete hermanos Mártires, hijos de santa Felicidad Mártir, es decir, Genaro, Félix, Felipe, Silvano, Alejandro, Vidal y Marcial, en tiempos del emperador Antonino, siendo Publio prefecto de la ciudad. Genaro, después de haber sido golpeado con varas y arrastrado a la cárcel, fue muerto con flagelos plomados; Félix y Felipe fueron asesinados con bastones; Silvano fue echado a un precipicio; Alejandro Vidal y Marcial fueron castigados con sentencia capital”. Los Hechos del martirio concluyen con este grito de triunfo: “Así, muertos con diversos suplicios, fueron sin embargo vencedores y mártires de Cristo, y triunfando con la madre, fueron al cielo a recibir los premios que habían merecido. Ellos que, por amor a Dios habían despreciado las amenazas de los hombres, los castigos y los tormentos, se convirtieron en el Reino de los cielos en amigos de Cristo, que, con el Padre y el Espíritu Santo, vive y reina por los siglos de los siglos. Amén”. |