La Orden de los carmelitas, una de las más antiguas en la historia de la Iglesia, aunque considere al profeta Elías como su patriarca y modelo, no tiene un verdadero fundador, pero tiene un grande amor: el culto a María, honrada como la Virgen del Carmelo. “El Carmelo —dijo el carmelita cardenal Piazza— existe para María, y María es toda para el Carmelo, en su origen y en su historia, en su vida de luchas y de triunfos, en su vida interior y espiritual”. Elías y María están unidos en una narración que tiene sabor de leyenda. El Libro de las instituciones de los primeros monjes dice: “En recuerdo de la visión que le señaló al profeta la venida de esta Virgen bajo la figura de una pequeña nube que subía desde la tierra hacia el Carmelo (Cf. 1R 18, 20-45), los dichos monjes, en el año noventa y tres de la Encarnación del Hijo de Dios, destruyeron su antigua casa y construyeron en honor de esta primera Virgen entregada a Dios, una capilla sobre el monte Carmelo, cerca de la fuente de Elías”. En el siglo XIII los sarracenos sacaron de allí a los monjes. Entonces éstos, que ya habían recibido de san Alberto, patriarca de Jerusalén, una regla aprobada en 1226 por Onorio III, se fueron a Occidente y fundaron varios monasterios, venciendo muchas dificultades, pero experimentando la particular protección de la Virgen María. Un episodio llamó sobre todo la atención de los devotos: “Los hermanos le suplicaban humildemente para que los liberara de estas insidias infernales, pues ella los había llevado a estos lugares. A uno de ellos, Simón Stock, mientras oraba así, la Madre de Dios se le apareció en compañía de una multitud de ángeles, teniendo en las manos el escapulario de la Orden y le dijo: he aquí el don que te hago a ti y a todos los hijos del Carmelo: el que esté revestido con este hábito se salvará”. Los críticos consideran espuria, es decir no auténtica, la bula de Juan XXII en la que se habla de este privilegio “sabatino” de ser preservados del infierno y de ser liberados del purgatorio el primer sábado después de la muerte; pero muchos papas han hablado de ella en sentido positivo. En una bula del 11 de febrero de 1950 Pío XII invitaba a “poner en primer lugar, entre las devociones marianas, el escapulario, que está a la mano de todos”: entendido como vestidura mariana. Efectivamente, es un óptimo símbolo de la protección de la Madre celestial, mientras que como sacramental saca su valor de las oraciones de la Iglesia y de la confianza y el amor de los que lo llevan. |