Elías, con Eliseo y Samuel, es uno de los más grandes profetas de acción (distintos de los profetas escritores, como Isaías, Jeremías, Ezequiel y Daniel, que dejaron escritos incluidos en el canon de los libros sagrados), y su misión consistió en incitar al pueblo a la fidelidad hacia el único verdadero Dios, sin dejarse seducir por la influencia del culto idolátrico y licencioso de Canaán. Elías, cuyo nombre significa “mi Dios es Yavé”, nació a fines del siglo X aC. y desarrolló su misión bajo el reino del medroso Ajab (873-854), dócil instrumento en las manos de la intrigante esposa Jezabel, de origen fenicio, que al principio favoreció y luego impuso el culto al dios Baal. Cuando ya el monoteísmo parecía sofocado y la mayoría del pueblo había abrazado la idolatría, Elías se presentó ante el rey Ajab para anunciarle, como castigo, tres años de sequía. Cuando llegó el flagelo sobre Palestina, Elías regresó donde el Rey y para demostrar la inanidad de los ídolos desafió sobre el monte Carmelo a los 400 profetas de Baal. Cuando el fuego se encendió prodigiosamente sobre el solo altar de Elías, y el agua invocada por él bajó poniendo fin a la sequedad, el pueblo exultante linchó a los sacerdotes idólatras. Elías creyó llegado el momento del triunfo de Yavé, y por eso le pareció más amargo e incomprensible tener que huir para escapar de la ira de la furiosa Jezabel. Buscado con avidez en el desierto como un animal de caza, el enérgico e intransigente profeta pareció ceder por un instante al desánimo. Su trabajo y su misma vida le parecieron inútiles y pidió a Dios la muerte. Pero un ángel lo animó, presentándole un pedazo de pan y una jarra con agua; después se le apareció Dios, devolviéndole la indomable valentía de un tiempo. Elías comprendió que Dios no propicia el triunfo del bien con signos espectaculares, sino que obra con infinita paciencia, porque él es eterno y domina el tiempo. El fiero profeta, que vestía un manto de piel y una rústica correa a la cintura, como ocho siglos después vistió el precursor de Cristo, Juan Bautista, de quien es la prefiguración, regresó con renovado celo entre el pueblo de Dios, pero no asistió al pleno triunfo de Yavé. La obra de restauración espiritual, que había comenzado con tanta fatiga, la llevó adelante con total éxito su discípulo Eliseo, a quien comunicó la divina llamada mientras estaba arando el campo. Eliseo fue el único testigo del misterioso fin de Elías, cuando en el 850 aC, fue llevado en un carro de fuego. |