La Iglesia latina acostumbraba mezclar en la liturgia las tres distintas mujeres de que habla el Evangelio y que la liturgia griega conmemora por separado: María de Betania, hermana de Lázaro y de Marta; la llamada pecadora “a la que mucho le ha sido perdonado, porque ha amado mucho”, y María Magdalena o de Magdala, la posesa curada por Jesús, y que lo siguió y asistió con las otras mujeres hasta la crucifixión y que tuvo el privilegio de verlo resucitado. La identificación de las tres mujeres le facilitó el nombre María, común al menos a dos, y la sentencia de san Gregorio Magno que consideró que los varios pasajes evangélicos hablaban de una misma mujer. Los redactores del nuevo calendario, reconfirmando la memoria de una sola María Magdalena sin otra indicación, como el adjetivo “penitente”, se han propuesto celebrar la memoria de la Santa mujer a quien Jesús se le apareció después de la Resurrección. En el capítulo octavo san Lucas, después de haber descrito la unción de la pecadora que entra improvisamente en la sala del banquete y derrama sobre los pies de Jesús ungüentos perfumados y después los seca con sus cabellos, continúa así su narración: “Después de esto, caminaba por las ciudades y las aldeas, predicando el Reino de Dios. Lo acompañaban los Doce, y algunas mujeres que habían sido curadas de los malos espíritus y de enfermedades: María, llamada Magdalena, de la que había arrojado siete demonios; Juana, mujer de Cusa, administrador de Herodes, Susana y algunas otras, las cuales le servían con sus bienes”. La ignota pecadora, que por la contrición perfecta mereció el perdón de los pecados, es distinta de la Magdalena, muy conocida, que siguió constantemente al Maestro desde Galilea hasta Judea, hasta los pies de la Cruz y cuyo amor premia Jesús el día de la Resurrección. Ella está inconfundiblemente “junto a la cruz de Jesús”, después vigila amorosa “sentada frente al sepulcro” y, finalmente, al alba del nuevo día es la primera en ir de nuevo al sepulcro, en donde ella vuelve a ver y reconoce a Cristo resucitado de la muerte. A la Magdalena, que lloraba por haber encontrado el sepulcro vacío y la gran piedra por el suelo, Jesús se dirige llamándola simplemente “María”, y a ella le confía la misión de anunciar el gran misterio: “Ve a decir a mis hermanos: subo a mi Padre y a vuestro Padre, a mi Dios y a vuestro Dios”. A María Magdalena es a la que la Iglesia conmemora hoy, y que, según una tradición griega muy antigua, fue a vivir a Efeso, en donde probablemente murió. En esa misma ciudad vivieron también Juan, el apóstol predilecto, y María, la Madre de Jesús. |