Los diez años de pontificado de san Celestino I (10 de septiembre del 422-27 de julio de 432) marcan un período, aunque breve, de grandes realizaciones. El sucesor de Bonifacio I era un hombre de mucha energía y al mismo tiempo de conmovedora liberalidad. Mientras se preocupaba por la restauración de Roma, todavía adolorida por el terrible saqueo a que la sometió el bárbaro Alarico en el 410, no perdía de vista los intereses espirituales de toda la cristiandad. Defendía el derecho del Papa de recibir apelaciones por parte de cualquier fiel, laico o clérigo, y respondía con solicitud. Al Papa se le pedía sobre todo establecer normas según las cuales todo fiel tenía que conformar su propia conducta. De estas respuestas, que se conocen con el nombre de Decretales, tomó forma el primer embrión del derecho canónico. Escribió cartas a los obispos de Iliria, de Galia Narbonesa y Vienesa, de las Pulias y de Calabria, para corregir abusos, disipar dudas doctrinales, combatir herejías, o simplemente para prohibir a los obispos llevar el cinturón o el manto propios de los monjes. Tuvo correspondencia con el amigo obispo de Hipona, san Agustín, cuya doctrina, a un año de la muerte (28 de agosto del 430), defendió calurosamente en la disputa antipelagiana, con palabras que consagraron definitivamente la autoridad y la santidad. En esta carta, dirigida a los obispos de la Galia, el Papa afirmaba que Agustín siempre había estado en comunión con la Iglesia de Roma y lo colocaba entre los más autorizados maestros de doctrina. En ella se advertía no sólo la afectuosa solidaridad para con un amigo, sino también la clara visión que el Santo Pontífice tenía de los problemas de toda la comunidad eclesial, en la que él desarrollaba con evangélica evidencia la parte del buen pastor, solícito por la suerte de todos, inclusive del hereje Nestorio, patriarca de Constantinopla, que el Concilio de Efeso, convocado por el Papa en el 431, acababa de destituir y condenar. El 15 de marzo del 432 el papa Celestino dirigía una carta a los Padres conciliares, al emperador, al nuevo patriarca, al clero y al pueblo, en la que expresaba su alegría por el triunfo de la verdad e invitaba a todos a la magnanimidad para con el derrotado. Este es el último documento del Santo Pontífice. Murió el 27 de julio de este mismo año, y fue sepultado en el cementerio de Priscila, en una capilla adornada con afrescos que representaban los episodios del reciente Concilio de Efeso, que había proclamado solemnemente la maternidad divina de María. En el 817 las reliquias del Santo Pontífice fueron trasladadas a la basílica de Santa Praxedes, y parte de ellas parece que fueron llevadas a la catedral de Mantua. |