El apóstol Tomás, al que obstinadamente le aplicamos el título de incrédulo, se despide del Evangelio con una breve y resonante exclamación de fe: “¡Señor mío y Dios mío!”. Hasta ese momento nadie, ni siquiera Pedro y Juan, habían pronunciado la palabra “Dios” refiriéndose a Jesús. Al titubeante y sufriente Tomás y a su necesidad interior de claridad, debemos las alentadoras palabras de Cristo, epílogo del Evangelio y punto de fuerza para los futuros creyentes: “Porque me has visto, Tomás, has creído. Bienaventurados los que creen sin haber visto”. La incredulidad de Tomás, como la negación de Pedro, fueron la consecuencia del dolor y del amor, y por eso se transformaron en bendición y en apoyo de la debilidad humana por parte de la misericordia divina. Tomás entra en el Evangelio casi inobservado. Las primeras palabras que pronuncia son fruto del desaliento. Marta y María habían pedido a Jesús que acudiera a la cabecera de Lázaro; pero regresar a Judea, después de las amenazas de los enemigos, equivalía a exponerse a un gran riesgo. Ante las objeciones de los discípulos, Jesús se muestra irremovible, y entonces Tomás gritó: “¡Vamos juntos y muramos con él!”. La segunda intervención de Tomás también es melancólica. Jesús ha reunido a los discípulos en el cenáculo y los prepara para los grandes acontecimientos de los que serán protagonistas, y luego concluye con tono de despedida: “A donde voy yo lo sabéis y sabéis también el camino”. Todos callan, llenos de conmoción; sólo Tomás se atreve a objetar: “Señor, no sabemos a dónde vas, y ¿cómo podemos conocer el camino?”. La respuesta de Jesús es otro don, que introduce a Tomás y a nosotros en la intimidad del misterio trinitario: “Jesús le contesta: yo soy el Camino, la Verdad y la Vida. Nadie va al Padre sino por mí. Si vosotros me conocéis, conoceréis también a mi Padre. Desde este momento lo conocéis”. Tomás, que más que cualquier otro tenía necesidad de la Pascua para tener una respuesta definitiva a sus interrogantes, suscitó con su ausencia de la comunidad de los apóstoles a quienes visitó Cristo resucitado, otro providencial incidente: “Si no veo en sus manos la señal de los clavos y no meto mi dedo en el lugar de los clavos y la mano en su costado, no creeré”. Y Jesús puede responderle: “¡Mete tu dedo aquí y mira mis manos!... Y no seas incrédulo, oh Tomás, sino creyente”. No se puede dar crédito históricamente al Evangelio de Tomás ni a sus Hechos. |