En el cuarto y quinto siglo una tenaz proliferación de herejías frenó la evangelización del mundo pagano; pero, por otra parte, suscitó grandes figuras de pastores, de teólogos, de escritores y de predicadores que, con su inteligencia, hicieron que la fe entre los cristianos fuera más consciente y vivida en la práctica. La catequesis sistemática, la homilía y el “sermón” sirvieron para exponer con claridad la ortodoxia. También se hicieron las primeras tentativas de una construcción teológica no solamente especulativa. Sobre todo el obispo de Ravena, Pedro (nacido en Imola hacia el año 380) mereció el apelativo de Crisólogo, es decir, “hombre de la palabra de oro”, por ser el autor de estupendos sermones, ricos de doctrina, que le merecieron también el título de doctor de la Iglesia, que Benedicto XIII le decretó en 1729. De él conservamos 176 homilías, breves, de estilo popular, muy expresivas, en las que explica el Evangelio, el Símbolo o el “Padre nuestro”, o se proponen ejemplos de santos para imitarlos y exaltar las virtudes del verdadero cristiano. En una homilía define al avaro “esclavo del dinero”, pero el dinero —añade— es el siervo del misericordioso. Es fácil intuir el significado de esta “predicación”. Elegido obispo de Ravena en el 424, Pedro Crisólogo se demostró inmediatamente buen pastor, prudente y sin ambigüedades doctrinales. Escuchaba con igual condescendencia y caridad tanto a los humildes como a los poderosos. Fue consejero y amigo de la emperatriz Galla Placidia. La autoridad del obispo Pedro de Ravena era reconocida ampliamente en la Iglesia. En efecto, a él se dirigió por carta el protagonista de otra importante disputa en campo doctrinal, Eutiquio, archimandrita de un monasterio de Constantinopla. Le pedía su parecer respecto del problema monofisita (una sola naturaleza en Cristo) en la víspera del Concilio de Calcedonia. Pedro le contestó que le convenía dirigirse al papa León, puesto que “en el interés de la paz y de la fe no podemos discutir sobre cuestiones relativas a la fe sin el consentimiento del obispo de Roma”. En ese momento particular histórico, en el que a los desgarramientos del imperio romano, dividido internamente y atacado exteriormente por las migraciones bárbaras, se unían las protestas de la Iglesia de Constantinopla, que pretendía el primado jerárquico (negando naturalmente el de Roma), la respuesta del obispo de Ravena es una clara profesión de fe. El Santo murió en Imola, el 31 de julio del 451; otros sostienen que murió el 3 de diciembre del 450. |