Las hagiografías de los siglos pasados han deformado mucho el retrato de Iñigo López de Loyola (san Ignacio de Loyola así se le conoce, nació cerca de Azpeitia en 1491, y murió en Roma el 31 de julio de 1556), para adaptarlo poco a poco a la imagen militarista odiada o amada por el fundador de la Compañía de Jesús. Era el hijo menor de una familia noble, y a los 14 años recibió la tonsura, pero no se sentía inclinado hacia la carrera eclesiástica. Prefirió la espada del caballero. Durante la defensa del castillo de Pamplona, atacado por Francisco I de Francia, fue herido en una pierna. Pero lo que lo hizo abandonar la carrera militar fue la lectura desganada de un par de libros amarillentos que la cuñada le dio para que pasara el tiempo durante la convalescencia. La vida de Jesús y La Leyenda áurea fueron las que determinaron la elección más comprometedora de su vida. Templado en la vida militar y después en las privaciones del penitente y del peregrino (al principio se dejó crecer la barba y el pelo, sin cambiarse nunca de vestido, quiso aislarse a un yermo en la Tebaida), generoso e imprudente aun en las fatigas, confesará cándidamente: “Y todavía no sabía qué era la humildad o el amor o la paciencia o la discreción”. Lo que quiere decir que más tarde aprendió a ser discreto, paciente, humilde y afectuoso. Cuando se dio cuenta que se había sobrepasadoen las privaciones, confesó sonriendo que había aprendido errando. Al regreso de la Tierra Santa, abandonó los harapos del peregrino y del mendicante y terminó los estudios primero en Barcelona, después en Alcalá y luego en París, ganándose en todas partes la simpatía y la confianza. En España, incluso, fue considerado sospechoso de herejía, y encarcelado. “No hay tantos cepos y cadenas en Salamanca —escribió— que yo no desee más por amor a Dios”. En París obtuvo el título de “Maestro en filosofía”, cambió el nombre de Iñigo por el de Ignacio y reunió el primer núcleo de la “Compañía de Cristo”, un grupo cada vez más numeroso y calificado como “soldados de Cristo”, que luchan y se sacrifican por realizar el lema “Ad majorem Dei gloriam”, para la mayor gloria de Dios. El vademecum de estos soldados es un librito de no fácil lectura: los Ejercicios Espirituales, escrito o más bien vivido por san Ignacio en la soledad de Manresa. Aquí está el secreto de san Ignacio, el secreto de su espíritu de entrega, de su mística del servicio por la alegría de amar a Dios —como repetía a menudo, mezclando el español con el italiano— “con toto el core, con tota el anima, con tota la volontad”. |