“Es propio de los grandes corazones ponerse al servicio de los demás sin recompensa, combatir sin mirar a la paga”. Son las palabras que Antonio María, que pertenecía a la rica familia de los Zaccaria, de origen genovés, les dirigía a los jóvenes valientes que, siguiendo su ejemplo, se dedicaban al apostolado de la promoción de la vida cristiana en las familias. Antonio había nacido en Cremona (Italia) en 1502. Su madre, que quedó viuda a los 18 años de edad, rechazó un segundo matrimonio para dedicarse totalmente a la educación del hijo. Los buenos frutos no se hicieron esperar. Un día, al regresar de la escuela, Antonio llegó sin el manto de lana: lo había puesto sobre la espalda de un pobre que temblaba de frío. Durante los años que pasó en Pavía como estudiante de filosofía y en Padua, en donde se graduó en medicina, llevó una vida muy austera, alejado de las juergas universitarias. Desde mucho antes había dejado los vestidos de terciopelo y los adornos propios de su rango, para vestirse como la gente pobre. Ejerció la profesión de médico para estar más cerca de los pobres, curar gratuitamente las enfermedades del cuerpo, distribuir las medicinas del alma, el conforte, la esperanza, la paz con Dios. En 1528, abandonado el consultorio de médico, fue ordenado sacerdote. Dejó nuevamente sola a la mamá, como en los años de universidad, y se fue a vivir a Milán, en donde con la colaboración de Santiago Morigia y Bartolomé Ferrari fundó la Congregación de los Clérigos regulares de San Pablo, más conocidos como Barnabitas, por el nombre de la Iglesia cerca de la cual se encontraba la casa madre. La finalidad de la nueva Congregación era la promoción de la reforma del clero y de los laicos. Al lado de ésta, con la colaboración de la condesa de Guastalla, Ludovica Torelli, nació la congregación femenina de las Angélicas, para la reforma de los monasterios femeninos. La palabra “reforma” era el emblema del Quinientos. Antonio María Zaccaria no se quedaba en las palabras, sino que iba a los hechos. Puso los remedios, contribuyendo con numerosos santos de la época a preparar el Concilio de Trento, que marcará la consagración de la gran reforma católica. Gran promotor de la devoción eucarística, instituyó la piadosa práctica de las 40 horas de adoración al Santísimo Sacramento. Murió cuando todavía no había cumplido los 37 años de edad, el 5 de julio de 1539, en la casa en donde había nacido y a donde había ido, al sentir que le fallaban las fuerzas, durante una de sus numerosas misiones de oración y de predicación. Murió asistido por la valiente madre, que había aceptado una vida de soledad con tal de no obstaculizar la vocación del hijo. |