Admirador y seguidor de santa Catalina de Siena, discípulo y colaborador del beato Raimundo de Capua, el beato Juan Dominici fue maestro del beato Angélico y de san Antonino de Florencia. El beato Angélico lo pintó en un cuadro de la Crucifixión en el capítulo de san Marcos en Florencia, y san Antonino lo recuerda así: “Voz sonora como una trompeta... apta no sólo para enseñar y deleitar, sino también para doblegar y sensibilizar los corazones endurecidos... Todos los días celebraba con devoción y fervor. Humilde en el vestido, grave en el caminar, grande de estatura, simpático en el aspecto, amable con los pobres y con los desconocidos, tratable con los campesinos, digno de reverencia con los poderosos, grande por sus consejos sobre cualquier materia, alegre en el rostro y serio; pudicísimo y vigilante... sencillo... y recto. Tan amante de la pobreza que no tenía libros para enseñar y predicar, ni siquiera la Biblia... Fue el primer impulsor de la Observancia regular en Italia”. La Observancia regular, que comenzó a fines del siglo XIV, tenía como finalidad la reforma de los dominicos, que estaban en dificultades por los escándalos y la crisis de reclutamiento, sobre todo después de la peste negra de 1348. Y precisamente el empeño por la Observancia, o sea por la reforma, fue una de las actividades más características del beato Juan Dominici. Había nacido en Florencia a finales de 1355 o a comienzos del 1356. Su madre, Paola Zorzi, una noble veneciana, había quedado viuda a los veinte años, poco antes de su nacimiento. A los 17 años, después de dos años en Venecia, resolvió entrar al convento de los dominicos de Santa María Novella, a pesar de su tartamudez, de la que quedó curado en 1381 por intercesión de santa Catalina. Después de haber estudiado en Pisa y París, fue íntimo colaborador del B. Raimundo de Capua, que lo envió a Venecia, en donde inauguró en 1394 el monasterio del Corpus Christi, al que entró también su mamá. Debido a contrastes con la República de Venecia, regresó a Toscana, y en Fiesole fundó el convento en donde tuvo como discípulo a san Antonino. Fue, pues, predicador aplaudido, embajador de Florencia, arzobispo de Ragusa, delegado papal y cardenal. Gregorio XII lo envió como su representante al Concilio de Constanza. Murió el 10 de junio de 1418 en Budapest, a donde Martín V lo había enviado para buscar la reconciliación con los Husitas. Fue protagonista de una famosa disputa con el humanista Coluccio Salutati sobre el problema del estudio de los autores paganos, que él, cuidadoso y estimulante pedagogo, apreciaba, pero teniendo en cuenta los riesgos en la Lucula noctis, en el Gobierno de cuidado familiar y en el Libro de amor de caridad. |