Después de un año de trabajo, habían logrado tantas conversiones que “hicieron noticia”, como se diría hoy en el lenguaje periodístico. Dicen los Hechos de los apóstoles: “Por primera vez los discípulos tomaron el nombre de cristianos en Antioquía”. Saulo, que ahora prefería usar el nombre romano de Pablo, y Bernabé, satisfechos por haber abierto el camino al anuncio evangélico entre los paganos, partieron hacia otros lugares. Primera etapa: Chipre, patria de Bernabé, que había llevado consigo al joven primo Juan Marcos, el futuro evangelista. Otra magnífica escogencia, aunque más tarde, al comienzo del segundo y más peligroso viaje misionero, el joven no estaba muy decidido y Pablo no creyó oportuno cambiar el programa, y prefirió separarse hasta de Bernabé, que se quedó en Chipre. Pablo y Bernabé, dos personalidades diferentes, pero que se completan mutuamente. En Listra, en Licaonia, al final del primer viaje misionero, durante la predicación Pablo notó la presencia de un pobre tullido. “Levántate y camina”, le dijo. Y el tullido quedó curado. “La muchedumbre, al ver lo que Pablo había hecho, comenzó a gritar: ¡los dioses en forma humana han bajado hasta nosotros! Y a Bernabé lo llamaban Júpiter, y a Pablo Mercurio, porque era el más elocuente de los dos”. A Bernabé se le atribuye la paternidad de la Carta paulina a los hebreos y de otro escrito, llamado El Evangelio de Bernabé, ahora perdido. Después que se separó de Pablo, no se tienen más noticias de Bernabé. Escritos apócrifos hablan de un viaje a Roma y de su martirio, hacia el año 70, en Salamina, por mano de los judíos de la diáspora que lo lapidaron. |