Cuenta una leyenda que un cazador de Naro, en Sicilia, iba detrás de una cierva herida, cuando encontró una gruta en donde vivía un anciano negro como el betún. Betún negro, claro está. El ermitaño dijo que él era Calogero, hermano de Diego y Gerlano, dos santos venerados respectivamente en Canicattí y en Agrigento. Por deseo expreso de Calogero (el nombre en la etimología griega quiere decir simplemente “hermoso anciano”, y con este apelativo se señalaba a los ermitaños) el cazador calló por algunos años la noticia; después, cuando los habitantes de Naro fueron en procesión a la gruta, no encontraron sino los huesos del Santo ermitaño. En Fragalá, en provincia de Mesina, se ha descubierto el testimonio más antiguo del culto de san Calogero: algunas odas, escritas por un monje de nombre Sergio, del siglo IX, en las que se habla de un anciano ermitaño, que vivió en una cueva y que tenía poderes excepcionales taumatúrgicos contra los espíritus malignos. San Calogero, dicen, llegó a Sicilia desde Cartago, y llevado por el deseo de soledad se ocultó en una cueva cerca de Lilibeo. |

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