Cuando regresó a Ravena, Romualdo convenció incluso a su mismo padre a que se hiciera monje en San Severo. Sus peregrinaciones tenían una finalidad muy precisa: la reforma de los monasterios y yermos, teniendo como ejemplo o modelo los antiguos cenobios orientales. Así nació, entre los bosques alpinos el yermo de Camaldoli, que toma el nombre del “campo” de un tal Máldolo, que le regaló ese lugar al hombre de Dios que buscaba la soledad. Pero este hombre, tan deseoso de apartarse de los hombres para seguir su inclinación a la vida contemplativa, parecía destinado a la inquieta peregrinación por los caminos de Italia. El emperador Otón III, que tenía una profunda admiración por el Santo monje, lo eligió abad de San Apolinar en Classe. La dignidad de abad no iba de acuerdo con su ideal de vida religiosa, y por eso un año después Romualdo renunció, arrepentido de haber cedido a lo que él consideraba la tentación del prestigio y se fue a vivir lo más lejos posible, a la abadía de Montecassino. También aquí impuso su rigor ascético y dio a la espiritualidad benedictina un acento más contemplativo y ermitaño. De Montecassino salió para nuevas aventuras espirituales, reformando monasterios y fundando otros en Verghereto, en Lemmo, en Roma, en Fontebuona y Vallombrosa, cerca de Siena y en Val de Castro, cerca de Fabriano, en donde murió el 19 de junio de 1027. Ni siquiera después de muerto tuvo una residencia fija. El 7 de febrero de 1481 sus restos fueron llevados a Fabriano. Y ese día se celebraba su fiesta litúrgica hasta la reciente reforma del Calendario, que estableció la memoria del Santo en el día de su muerte. |