Constantino edificó ahí una basílica, cerca de donde reposaban los restos de su madre santa Helena, antes que el emperador los hiciera llevar a Constantinopla. Más tarde fue violada por los godos, y entonces el papa Virgilio la hizo restaurar e introdujo los nombres de los santos Marcelino y Pedro en el Canon Romano de la misa, garantizando así el recuerdo y la devoción por parte de los fieles. En Roma hay una basílica dedicada a los santos Marcelino y Pedro, edificada en 1751 sobre una base que parece se remonta a la mitad del siglo IV y en donde parece que se encontraba la casa de uno de los santos. Una Passio del siglo VI habla de la vida del presbítero Marcelino y del exorcista Pedro, aunque tiene mucho de leyenda. Dicha Passio cuenta que Pedro y Marcelino fueron encerrados en una prisión bajo la vigilancia de un tal Artemio, cuya hija Paulina estaba endemoniada. Pedro, exorcista, le aseguró a Artemio que, si él y su esposa Cándida se convertían, Paulina quedaría inmediatamente curada. Después de algunas perplejidades, la familia se convirtió y poco después dio testimonio de su fe con el martirio: Artemio fue decapitado, y Cándida y Paulina fueron ahogadas debajo de un montón de piedras. |