Pero a la vasta erudición, que hizo de él un auténtico hijo de su época, unió un gran celo y una total abnegación en el ejercicio de sus deberes de obispo de la pequeña diócesis de Rochester, para la que había sido elegido en 1504, junto con el cargo de canciller de la Universidad de Cambridge. Aceptó serenamente la condena a muerte, que fue ejecutada el 22 de junio de 1535, un mes después de su elevación a la dignidad cardenalicia, con la que Pablo III quiso honrarlo por su fidelidad y su valentía. A los quince días fue decapitado Tomás Moro, culpable también de no haber reconocido al Rey la pretendida supremacía espiritual. Había nacido en Londres en 1477, y en su juventud había querido consagrarse a Dios en un monasterio cartujo; pero siguió la carrera de abogado, llegando a la cumbre de la fama con el nombramiento de canciller de Inglaterra en 1529. Tuvo cuatro hijos y siempre fue de conducta ejemplar. Se levantaba a las dos de la mañana a rezar y a estudiar hasta las siete, y luego iba a la misa. No interrumpía sus piadosas prácticas ni siquiera cuando lo llamaba el Rey. Fue encerrado en la Torre de Londres, mientras se le seguía el proceso, que tuvo lugar el lo. de julio de 1535. En ese tiempo escribió El diálogo de la confortación contra las tribulaciones, una de las obras maestras de la literatura inglesa. Valiente y sereno, en el patíbulo tuvo la fuerza de bromear con su verdugo: “Ayúdeme a subir; para bajar me las arreglaré sólo”. Rezó el salmo “Miserere”, se puso la venda en los ojos e inclinó la cabeza sobre el cepo. Durante un mes fue expuesta su cabeza sobre un palo en el Puente de Londres; después su hija predilecta pagó una buena suma para rescatarla y que no fuera echada al río. Es también famosa su obra Utopía, y su “Oración por el buenhumor”. |