Conocido y admirado en la alta sociedad, era también amado por el pueblo, que pidió insistentemente al obispo de Barcelona que lo ordenara sacerdote. Paulino aceptó con la condición de no quedar encardinado en el clero de esa diócesis. Declinó también la invitación de Ambrosio, que lo quería en Milán. Paulino deseaba el ideal monástico de una vida devota y solitaria. En efecto, se fue casi inmediatamente a Campania, a Nola, en donde la familia poseía la tumba de un mártir, san Félix. Comenzó la construcción de un santuario, pero ante todo se preocupó por la fundación de un hospicio para los pobres, adaptando el segundo piso para monasterio, en donde se retiró con Therasia y algunos amigos en “fraternitas monacha”, es decir, en comunidad monástica. Mantenía los contactos con el mundo por medio de la correspondencia epistolar (se conservan 51 cartas) con amigos y personalidades de alto rango en el mundo cristiano, entre ellos precisamente Agustín. Escribía epitalamios y poesías para los amigos. Pero en el 409 terminó esa mística tranquilidad, pues fue elegido obispo de Nola. Se acercaban tiempos tempestuosos para Italia. Genserico había atravesado el mar a la cabeza de los vándalos y se proponía saquear a Roma y todas las ciudades de Campania. Paulino se reveló un verdadero padre, preocupado por el bien espiritual y material de todos. Murió a los 76 años, en el 431, un año después de su amigo Agustín. |