Fue proclamado santo en 1947, y es patrono de los presos y de los condenados a la pena capital, porque durante su vida las cárceles fueron el lugar preferido para el ejercicio del apostolado sacerdotal. José Cafasso nació en Castelnuovo d’Asti, cuatro años antes de su paisano Juan Bosco, en 1811. Era todo lo contrario, por temperamento, del apóstol de los jóvenes: reflexivo, devoto, manso y estudioso, le gustaba dedicar muchas horas a la meditación ante el tabernáculo en los breves períodos de vacaciones que pasaba en su pueblo durante los años de seminario. Juan Bosco se burlaba amablemente de él, llamándolo “señor abad”, y lo invitaba a asistir a los inocentes espectáculos para la fiesta del patrono. “Los espectáculos del sacerdote —le contestaba el clérigo Cafasso— son las ceremonias religiosas”. Pero los dos estaban destinados a encontrarse y a comprenderse profundamente. José Cafasso, ordenado sacerdote a los 22 años, frecuentó el curso de teología en Turín, en donde era profesor el teólogo Guala, a quien poco después remplazó en la cátedra, teniendo entre los alumnos al mismo Juan Bosco. El joven paisano puso a dura prueba su sólida paciencia cuando le llenó su casa cural con un montón de bulliciosos niños recogidos en los barrios periféricos de la ciudad. Cuando Juan Bosco quitó el disturbio, no ciertamente por la amonestación de José Cafasso, y se llevó a sus muchachos a Valdoco, el padre Cafasso estuvo constantemente cerca, inclusive con ayudas económicas, y antes de morir le regaló a él lo poco que poseía, y también a la obra del Cottolengo, en donde fue sepultado. Después sus restos mortales fueron trasladados al santuario de la Consolata. |