Isabel “llena del Espíritu Santo, dijo a María: ‘He aquí que tan pronto como tu saludo sonó en mis oídos, el infante saltó de alegría en mi seno’”. Según la cronología del ángel Gabriel (“Isabel está en su sexto mes”) la Iglesia latina estableció el nacimiento del precursor tres meses después de la Anunciación y seis meses antes de Navidad. La celebración del nacimiento del Bautista es, con el nacimiento de Jesús y de María, la única festividad litúrgica que la Iglesia dedica al nacimiento de un santo. San Juan Bautista es el primer santo venerado en la Iglesia universal con una fiesta litúrgica particular, en fecha antiquísima. San Agustín nos dice que el Santo era conmemorado el 24 de junio en la Iglesia africana. Igualmente es antiquísima la celebración de la vigilia del Santo, conocida ya por el Sacramentario Leoniano, suprimida sólo por el nuevo calendario. Esto demuestra el grande interés que en todos los tiempos ha suscitado este austero profeta, que Cristo mismo definió como “el más grande entre los nacidos de mujer”. En la historia de la Redención, el Bautista es la personalidad más singular: es el último profeta y el primer apóstol, en cuanto precede al Mesías y da testimonio de él. “Es más que un profeta —dice Jesús—. Es aquel de quien está escrito: he aquí que yo envío mi mensajero delante de tu faz; quien preparará tu camino delante de ti”. Fustigador de la hipocresía y de las malas costumbres, pagó con el martirio el rigor moral que él no sólo predicaba, sino que practicaba, sin ceder mínimamente ni siquiera ante las amenazas de muerte. El 29 de agosto la Iglesia celebra litúrgicamente el martirio del Bautista, prototipo del monje y del misionero. |