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25 DE JUNIO
SANTOS GUILLERMO DE VERCELLI y MAXIMO DE TURIN

Quien visita el santuario mariano de Montevergine siente la sensación de encontrarse fuera del mundo, es decir, en un lugar en donde los hombres pueden olvidar el ritmo alborotado de la vida cotidiana y sumergirse en la inmóvil atmósfera de la naturaleza intacta. Aquí llegó en el lejano siglo XII el peregrino Guillermo en busca de soledad. Guillermo había nacido en Vercelli hacia el 1085, de noble familia. A los quince años, vestido el hábito monástico, se puso en viaje por toda Europa para visitar los más famosos santuarios. La última meta de sus peregrinaciones era Tierra Santa, pero fue disuadido por san Juan de Matera, a quien había visitado, y por una solemne paliza que le dieron unos ladrones.
Este providencial incidente lo llevó hacia la inhóspita montaña de Montevergine. De aquí, después de haber fundado la Congregación benedictina de Montevergine, en 1128, salió en busca de soledad hacia el Monte Cognato y a la llanura de Goleto (en donde permaneció todo un año en el hueco de un gigantesco árbol); en todas partes iba fundando monasterios, hasta cuando cerró los ojos a la vida terrena, el 24 de junio de 1142 en el monasterio de Goleto. En 1807 su cuerpo fue llevado al monasterio de Montevergine.
San Máximo, obispo de Turín, nació hacia la mitad del siglo IV en Piamonte, y murió entre el 408 y el 423. Se le considera como el fundador de la diócesis de Turín, erigida por iniciativa de san Ambrosio y san Eusebio de Vercelli, de quien el mismo san Máximo se consideraba discípulo. De su gran celo apostólico dan fe los numerosos Sermones y Homilías, escritos con estilo claro y persuasivo, en los que se nota un carácter manso y benévolo, pero que sabe reprochar y amonestar con firmeza y a veces con delicada ironía. El exhorta a sus fieles, atemorizados por el acercamiento del ejército de los bárbaros, a empuñar las armas del “ayuno, de la oración y de la misericordia”, y a los miedosos que están listos para huir de la ciudad, les dice: “Es hijo injusto y malo el que abandona a la madre en peligro. Dulce madre es en cierto modo la patria...”. A menudo recurre a la ironía para combatir las supersticiones, como la de lanzar gritos a la luna cuando se está ocultando “para ayudarla a vencer la fatiga”. El comenta: “En realidad, para ustedes la luna pasa trabajos cuando ustedes llenan sus estómagos con una abundante comida y la cabeza les da vueltas por las demasiadas libaciones”. Cuando trataba los temas de la catequesis dogmática, su palabra iluminadora acudía a las páginas de la Escritura, que interpretaba con perfecta ortodoxia.


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