¿Cómo explicar la presencia de un sepulcro en el corazón de Roma, si las ejecuciones capitales y las inhumaciones se hacían rigurosamente fuera de las murallas de la ciudad? Parece que hay una explicación, y es la que presenta la narración de la Passio que, despojada de todos los elementos legendarios y de las interpolaciones y adaptaciones varias, tiene datos históricos auténticos, según los más recientes estudios. La Passio, pues, narra las hazañas de los santos Juan y Pablo, hermanos de sangre y de fe, decapitados secretamente en su casa sobre el Celio, y sepultados ahí, la noche del 26 de junio del 362, durante la persecución contra los cristianos reactivada por el emperador Julián el Apóstata. Juan y Pablo eran dos hermanos, ricos y generosos con los pobres. Julián, que se proponía apoderarse de los bienes que les había confiado Constantina, hija de Constantino, invitó a los dos hermanos a la corte. Pero ambos se negaron a causa de la maldad del emperador. El jefe de la guardia imperial, Terenciano, fue a su casa en el Celio con la orden de que ofrecieran incienso al simulacro de Júpiter. Tenían diez días de plazo. Pasados los diez días de relegación, Terenciano trató en vano de seducirlos a la idolatría, como narra la Leyenda áurea, entonces “ordenó que fueran degollados secretamente y enterrados en su casa, e hizo correr la voz de que se habían ido a los confines”. El sucesor de Julián, el emperador Joviniano, encargó después al senador Bizante para que buscara los cuerpos de los hermanos Juan y Pablo, y que se construyera una iglesia sobre su tumba. Pero parece que la persecución de Julián el Apóstata atacó sólo a los cristianos de Oriente, en donde residía Julián, y no a los cristianos de Roma; algún estudioso cree, por tanto, que hay que anticipar el martirio de los dos hermanos más de medio siglo y colocarlo en tiempo de la persecución de Diocleciano. |