Nació de una familia franca y estudió en Augusta Veromanduorum (la actual Saint-Quentin), junto con san Eleuterio (lea el 20 de febrero). Ordenado sacerdote, se dio de lleno a su misión y al testimonio del amor. En este contexto fue en el que san Medardo realizó los gestos de desapego a los que aludíamos. Una noche un ladrón penetró en la viña, pero fue descubierto porque no lograba encontrar el camino de salida: el buen Medardo se apresuró a mostrárselo, sin quitarle lo robado, sino más bien añadiéndole más. Otro ladrón proyectaba robarle al Santo una vaca: pero ésta llevaba en el cuello una campana que hacía mucho ruido. El ladrón trató de quitársela, la llenó de paja y de trapos, pero la campana seguía sonando, hasta cuando Medardo hizo cesar la señal de alarma, permitiéndole al ladrón, ya legítimo propietario, llevarse el animal. Otro día fueron las abejas las que se rebelaron contra el ladrón que quería robar la miel; entonces Medardo las invitó prodigiosamente a permanecer en calma. Pero san Medardo no tuvo que habérselas sólo con los ladrones, o por lo menos con los ladrones en acción. Un día, siendo obispo de Saint-Quentin, se le presentó, jadeante, la reina Radegonda, que había huido de su esposo Clotario, que había asesinado al hermano, y a la que le había concedido que entrara al convento. Clotario reconoció su culpa, y como san Medardo murió poco tiempo después, en el 560, hizo llevar los restos a su capital, a Soissons, en donde le construyó una basílica y cerca un monasterio, que se volvió famoso porque en él encerraron a Ludovico Pío, el tercer hijo de Carlomagno, emperador de Occidente desde el 814 hasta el 840. Un dicho popular de origen campesino asegura que “si llueve el día de san Medardo, el 8 de junio, el tiempo seguirá lluvioso por lo menos durante cuarenta días, a menos que san Bernabé (11 de junio) no le dé por las narices”. |