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La experiencia demuestra que quien no ha conocido un buen padre, una buena madre en su propia familia, difícilmente entenderá en la catequesis parroquial o en la escuela que Dios es Padre, que la Iglesia es madre, que todos los bautizados somos hermanos.
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La familia ha estado presente en los documentos de las Conferencias Generales del Episcopado Latinoamericano: Medellín (1968), Puebla (1979), Santo Domingo (1992) y Aparecida (2007). Cada una de ellas destacó un aspecto particular de la visión cristiana de la familia: Medellín la contempla como ‘formadora de personas’; Puebla, como la ‘Imagen de Dios’; Santo Domingo, como ‘Iglesia doméstica’; Aparecida, como ‘uno de los ejes transversales de la nueva evangelización’.
Ciertamente que la familia desempeña una función prioritaria en la misión evangelizadora de la Iglesia: la pastoral con los niños, con los adolescentes y con los jóvenes, con los adultos, con los enfermos, con los pobres, etc; siempre tiene que ver con la familia. Cada uno de estos sectores de la pastoral implica necesariamente a la familia.
Que la familia sea “uno de los ejes transversales de la nueva evangelización” es una afirmación del Magisterio que tiene fundamento en los Evangelios. Los Sinópticos, al referirse al ‘parentesco de Jesús’, enganchan misteriosamente familia e Iglesia. Cuentan los evangelistas (Mt 12, 46-50; Mc 3, 31-35, Lc 8, 19-21) que los parientes de Jesús (María y sus hermanos) fueron a buscar a Jesús; no pudiendo entrar en la casa donde se hallaba por causa de la multitud, alguien lo informa: “Tu madre y tus hermanos están fuera y quieren hablarte”.
La respuesta del Maestro desconcierta en un primer momento: “¿Quién es mi madre y quiénes son mis hermanos?”. Y dirigiéndose a los que lo escuchaban, dice: “Éstos son mi madre y mis hermanos: los que escuchan la Palabra y la ponen en práctica”. A primera vista, la respuesta suena como un desacato a sus parientes, pero no es así. ¿Negaba o rechazaba Jesús el parentesco con su madre y sus hermanos? Lo que hizo en aquella ocasión fue dar un salto catequético: de la parentela carnal al parentesco en el plano de la fe, es decir; pasa de la comunidad por el vínculo de sangre a la comunidad por el vínculo de la fe en Cristo.
Los vocablos ‘padre’, ‘madre’, ‘hijo’, ‘hermanos’… usuales en el léxico de familia serán también empleados en el lenguaje bíblico y eclesial. De este modo Jesús de Nazaret hacía de la familia carnal una ‘mediación’ para entender el ‘ser’ y el ‘quehacer’ de la Iglesia como familia de Dios.
Esta ‘mediación’ que establece el Nazareno es patente: en familia tenemos un padre, una madre, hay unos hijos y unos hermanos que se escriben con letras minúsculas. También en la Iglesia tenemos un Padre, una Madre, hay un Hijo, cuyos nombres los escribimos con mayúsculas; hay también unos hermanos.
Este detalle aparece, en alguna forma, en el relato de Lucas (2, 46-52): María y José encuentran al Niño después de tres días de búsqueda ansiosa: “Hijo, ¿por qué te has comportado así? Tu padre y yo te buscábamos angustiados”, le dice su madre.
Jesús responde: “¿Por qué me buscaban? No saben que debo estar en la casa de mi Padre?”. De este modo el evangelista pone de relieve el doble parentesco: hijo (con minúscula) de María y de José, Hijo (con mayúscula) del Padre celestial.
La familia ha estado presente en los documentos de las Conferenc
La obra de arte del pintor español Esteban Murillo, hoy conservada en la pinacoteca del Museo del Prado (Madrid) llamada ‘La Sagrada Familia’, es una representación plástica de esta ‘mediación’: el artista ha presentado con cinco personas dos trinidades; en línea vertical aparecen el Padre, el Espíritu Santo que en forma de paloma desciende sobre el Hijo, Jesús, que aparece en la línea horizontal como hijo de María y José.
La persona de Jesús es el ‘eje’ de estas dos trinidades: el que es Hijo en la Comunidad Trinitaria, es también hijo en la comunidad de Nazaret. De esta manera, la familia carnal aparece unida a la Trinidad Celeste: todos somos hijos a través del Hijo. Esta imagen nos ayuda a comprender la sentencia de la Carta a los Efesios (3, 15): “Doblo mis rodillas ante el Padre de quien toma nombre toda familia en el cielo y en la tierra”.
El Documento de Puebla enseña que “no se logra construir una fraternidad universal porque se busca una fraternidad sin centro ni origen común” (241). Es el mismo Documento de Puebla el que hace referencia a los ‘cuatro rostros del amor humano’: cuatro rostros que fundan las cuatro relaciones fundamentales de la persona y que encuentran su pleno desarrollo en la vida de familia: paternidad-maternidad, filiación, fraternidad y nupcialidad (583).
Estos cuatro rostros los encontramos igualmente en la familia de la Iglesia: en ella ‘Dios es Padre y Madre al mismo tiempo’, según la feliz expresión de Juan Pablo I; todos los bautizados nos reconocemos como hijos de Dios y hermanos entre nosotros; Cristo se presenta como el Esposo de la Iglesia.
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La misma psicología contribuye a destacar la ‘mediación’ de la familia carnal en orden a construir la familia mediante la fe cristiana. M. Cabada en su obra La Vigencia del amor se refiere a un tema muy sugestivo: el amor en familia es la ‘primaria representación’ del amor de Dios. Escribe: “El hijo venera en sus padres algo divino, no cognoscible en sus límites humanos, dado que el hijo en esta vivencia amorosa originaria no es capaz de apreciar los límites de la capacidad de amar y de actuar del padre y de la madre; el niño percibe en cierto modo a Dios en la imagen del padre y en el cuidado protector del amor maternal”.
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Cuando una madre, besando a su hijo, le dice: ‘Te adoro, mi niño”, ¿no está descubriendo en él un destello del rostro de Dios? Igualmente “el hijo busca en los padres a Dios: el padre lo puede todo, lo sabe todo; el amor de la madre es para el hijo un amor absolutamente inagotable”, escribe Cabada.
El amor auténtico en familia entre los esposos, entre padres e hijos, entre hermanos, es la mejor ‘escuela’ para capacitar al niño a vivir relaciones de amor, de respeto, de servicio, a la gran fraternidad humana; la vida de fe en la comunidad familiar es el primer ‘templo’ en que se descubre el rostro de Dios a través del rostro de los padres. La familia carnal debe capacitar al niño para que se reconozca hijo y hermano en la gran comunidad cristiana.
Una anécdota, sencilla pero interesante, cuenta que un niño de cuatro años despedía cada mañana, desde el balcón de su casa, al papá que partía para el trabajo; se sentía muy orgulloso al ver que su papá era un hombre distinguido en la sociedad, a juzgar por el respeto con que el taxista lo trataba. Pero por la tarde, cuando regresaba de la oficina, este niño se sorprendía viendo que el papá se arrodillaba junto al lecho de los esposos y hablaba con Alguien. También la mamá oraba con el esposo, sentada en la cama y con el delantal de cocina a la cintura. El niño extrañado se preguntaba: ¿Quién será este Señor a quien mi papá, siendo tan importante, no obstante, le habla de hinojos? ¡Debe ser un Señor muy grande! Pero debe ser también muy bueno cuando mi mamá le habla con tanta confianza. A través del testimonio de estos padres aquel niño pudo descubrir y conocer a Dios.
La experiencia demuestra que quien no ha conocido un buen padre, una buena madre en su propia familia, difícilmente entenderá en la catequesis parroquial o en la escuela que Dios es Padre, que la Iglesia es madre, que todos los bautizados somos hermanos. Quien en casa de familia no ha aprendido a orar, a dar testimonio cristiano, a servir a los suyos, no entenderá por qué los cristianos decimos a Dios ‘Padre nuestro’, no comprenderá por qué hablamos de fraternidad entre los creyentes.
Por esta razón, el Concilio Vaticano II se refiere a la familia como a la ‘primera escuela’ (Gravissimum educationis 3), como al primer templo’ (Lumen Gentium 11). En familia, el padre y la madre son los primeros maestros y los primeros predicadores de la fe. En familia, no sólo se cultivan las virtudes sociales que fomentan un sano humanismo; en familia se promueven también las llamadas virtudes ‘teologales’ (fe, esperanza, amor); antes de ser virtudes teologales, son ya desde el comienzo virtudes eminentemente humanas, son verdaderas raíces antropológicas.
Dussel, por ejemplo, ha definido la fe como “la acogida del otro porque es epifanía de Dios”; acogiendo al ‘otro’ (con minúscula), mi hermano, el prójimo, estoy acogiendo al ‘OTRO’ (con mayúscula) que es el mismo Dios. El evangelio y las Cartas de san Juan están en esta línea: “Todo el que cree que Jesús es el Cristo ha nacido de Dios, y todo el que ama a aquel que da el ser ama también al que ha nacido de Él” (1 Jn 5, 1).
El Evangelio, el Magisterio de la Iglesia, la psicología humana, el arte, son testigos de que, de verdad, la familia es una genuina ‘mediación’ para conocer, para apreciar y para capacitar a la participación en el ‘ser’ y en el ‘quehacer’ de la Iglesia como familia de Dios. El documento de Aparecida con toda razón ha afirmado que la “familia es eje transversal de la nueva evangelización”.
Esta misión de la familia de ser ‘mediadora’, de ser “eje transversal...”, comporta una grave responsabilidad; Juan Pablo II en la Exhortación Apostólica Familiaris consortio alude a la necesidad de hacer “crecer la conciencia de ser ‘protagonista’... y asumirse la responsabilidad de transformar la sociedad; de otro modo, las familias serán las primeras víctimas de aquellos males que se han limitado a observar con indiferencia” (44).
Un primer mal al que la familia debe hacer frente hoy es el llamado ‘fatalismo sociológico’; es una manera de pensar que las tendencias sociológicas determinan inexorablemente el futuro (por ejemplo, la mentalidad neo-liberal); a cambio de ella se deberá promover ‘una sociología del sujeto’, es decir, la posibilidad del agente humano de modificar el contexto en que vive.
El mismo Juan Pablo II haciendo referencia a la ‘nueva evangelización’, señaló tres mecanismos a poner en acción: “Una evangelización nueva en su ardor, nueva en su expresión, nueva en sus métodos” (Documento de SantoDomingo 28-30). Para que estos tres mecanismos sean efectivos es necesario que los agentes de la pastoral (clero, religiosos y religiosas, los laicos) hagan una opción decidida por “la familia como sujeto y objeto de evangelización” (Puebla, 569).
El Sínodo de Obispos sobre la familia (1980) sugirió a Juan Pablo II poner de presente dentro de la Exhortación postsinodal
Familiaris consortio la triple misión de la familia cristiana: evangelizar (51-54), dar culto a Dios (55-62), servir al hermano (63-64). Este triple quehacer pastoral no es otra cosa que una participación directa en la misión de la Iglesia. La familia cristiana como “eje transversal de la nueva evangelización” es el lugar más apropiado para iniciar este dinamismo apostólico.
Es posible traducir que “la evangelización sea ‘nueva en su ardor’ con la fuerza vital del amor cristiano en la tarea de anunciar el Evangelio; ‘nueva en su expresión’ meditante el testimonio cristiano atrayente, convincente, de la familia; ‘nueva en sus métodos’ a través de la participación grupal, es decir, de familia y no tanto de individuos aislados. La familia que evangeliza con la vivencia dinámica del grupo familiar; la familia que convierte su casa en ‘templo doméstico’ para dar culto a Dios; la familia que se solidariza para compartir, para apoyar y asistir al hermano necesitado.
El Documento de Aparecida en el Capítulo noveno ha indicado a la familia cristiana una serie de actividades a desarrollar para que “la familia asuma su ser y su misión en el ámbito de la sociedad y de la Iglesia” (451). El documento alude a los niños, a los jóvenes, a los adultos, al varón, a la mujer, etc., esto está sugiriendo que la Iglesia los encuentra a todos ellos precisamente en el contexto de la familia.
Benedicto XVI, como Juan Pablo II, ha puesto como ‘bandera’ de su pontificado la familia. En el breve espacio de tiempo como Pastor universal de la Iglesia, el Papa Benedicto XVI no ha perdido ocasión de subrayar la importancia de la familia para la Iglesia y para el mundo, especialmente en nuestro tiempo. Tres momentos particularmente significativos han sido: el Sínodo de la Diócesis de Roma (2004), la Conferencia Internacional de la Familia en Valencia-España (2006) y la Quinta Conferencia General del Episcopado Latinoamericano y del Caribe (2007) en Aparecida (Brasil).
El Papa, al clausurar en Valencia (España) el V Encuentro Mundial de las Familias, dijo: “Cuando un niño nace a través de la relación con sus padres empieza a formar parte de una tradición familiar que tiene raíces aún más antiguas. Con el don de la vida recibe todo un patrimonio de experiencia. A este respecto, los padres tienen el derecho y el deber inaliebable de transmirtirlo a los hijos: educarlos en el descubrimiento de su identidad, iniciarlos en la vida social, en el ejercicio responsable de su libertad moral y de su capacidad de amar a través de la experiencia de ser amados y, sobre todo, en el encuentro con Dios”1.
P. Silvio Botero, CSsR
jsilvio@tiscali.it
[1] Benedicto XVI, “L’Omelia durante la concelebrazione eucaristica a conclusione del V Incontro Mondiale delle Famiglie”, en Insegnamenti di Benedetto XVI, vol. II/2 2006, Editrice Vaticana 2007, 42.
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