Desde el siglo XIX, la Iglesia ha venido luchando tenazmente con dos ideologías que han amenazado su propia identidad. Una ha sido la ideología marxista-comunista que quiso reducir la Iglesia a una institución al servicio de la transformación social y la revolución, además de que a la escatología trascendente cristiana oponía una utopía social terrena, y a la actividad de la Iglesia le quiso dar una interpretación y un rumbo según la lucha de clases. Esto al menos en América Latina. El proyecto marxista-comunista fracasó, como sabemos.La otra ideología es la liberal capitalista o neo-liberal. Ésta también ha venido pretendiendo, desde el siglo XIX, vaciar la Iglesia de su contenido trascendente y reducirla a una mera institución sociológica, sujeta a ser medida con herramientas sociológicas, en otras palabras, convertirla en un mero hecho secular desprovista de toda fundamentación trascendente. Por tanto, ha querido hacerla instrumento de su proyecto político: como mera institución humana, que sociológicamente cuenta en el mundo de hoy, la Iglesia puede y debe ser objeto de control del poder político. En esa misma perspectiva, la quiere ver como una realidad “democrática” dependiente de las encuestas de opinión, como si las doctrinas y prácticas de la Iglesia dependieran de la opinión pública mayoritaria.
Es cierto que el Vaticano II realizó un “aggionarmento” de la Iglesia, una actualización amplia y profunda para los nuevos tiempos, o como dice el decreto Christus Dominus sobre el oficio pastoral de los obispos, “atendiendo… a las condiciones de la sociedad humana que en esta edad nuestra tiende a un nuevo orden de cosas” (CD 3). Por los años en que se realizaba el Concilio, el mundo occidental era sacudido por profundos cambios: se evidenciaba el fin de la modernidad y se hablaba del inicio de una nueva era a la que empezó a llamarse “post-modernidad”. Fenómenos como la globalización, el fin de las ideologías, la secularización, la liberación femenina, la cultura mundial de la urbanización, la revolución informática, el neo-liberalismo empezaron a imponerse a partir de esos años.
Sin embargo, y a pesar del “aggiornamento” la Iglesia no perdió su identidad profunda, la mantuvo, la afirmó en medio del ciclón o de los vendavales de los años 60-70: “Cayó la lluvia,vinieron los torrentes, soplaron los vientos…” (Mt 7, 25s.). De hecho, la Constitución comienza por declarar: la Iglesia “se propone presentar a sus fieles y a todo el mundo con mayor precisión su naturaleza y su misión universal” (LG I,1). Y ésta es precisamente la gran contribución de la Constitución Conciliar Lumen gentium. Cuarenta años después del Concilio, es aquí donde vemos uno de los logros más decisivos de este documento.
Si consideramos a la Lumen gentium como el documento medular del Concilio, podemos decir también que el capítulo base de la misma Constitución es el primero, aquel con el que comienza: “El Misterio de la Iglesia”. Es la afirmación de la fundamentación trascendental que tiene la Iglesia y que no permite reducirla a una institución poderosa e influyente al servicio de cualquier ideología, pero tampoco a una institución al solo servicio de la transformación social. La Iglesia no es un objeto de la revolución. Esto ha quedado claro. En la sola Constitución Gaudium et spes, cuya finalidad es exponer las relaciones que la Iglesia tiene con el mundo, y donde se afirma “que el mensaje cristiano no aparta a los hombres de la edificación del mundo ni los lleva a despreocuparse del bien ajeno, sino que, al contrario, les impone como deber el hacerlo” (GS 34), la palabra misterio aparece más de 20 veces, con diferentes aplicaciones. El Decreto Unitatis redintegratio sobre el ecumenismo, insiste en esta piedra angular del edificio de la Iglesia diciendo: “El supremo modelo y supremo principio de este misterio es, en la trinidad de personas, la unidad de un solo Dios Padre e Hijo en el Espíritu Santo” (UR 2).
Para la ideología racionalista liberal éste ha sido siempre el “dolor de cabeza” en su relación con la Iglesia, pues si la Iglesia es Misterio, debe confinarse a los templos y sacristías, pero si, por el contrario, está empeñada en la transformación del mundo, se trata sólo de una realidad sociológica, poderosa y rica que debe servir a los intereses del poder humano.
La Iglesia siempre desconcertará y estará en conflicto con el mundo porque ella es paradójica como el mismo Evangelio: es una institución, pero no es sólo eso; es sociedad humana, pero es también Misterio de Dios; tiene y ha tenido ideologías cristianas, pero ella no es una ideología; es realidad visible, pero lo es también invisible; lucha por la transformación del mundo y la mejora de la situación del hombre, pero no es una organización de servicio social, ni tampoco un partido político. Esta ideología, como tantas otras, pretende rechazar “la piedra angular” sobre la que se levanta el edificio de la Iglesia (cf. LG 6).
En una conferencia en el año 2.000, el prefecto de la Congregación para la Doctrina de la fe, el cardenal Joseph Rat-zinger afirmaba que el Concilio quiso, ante todo, insertar y subordinar el discurso sobre la Iglesia al discurso sobre Dios, sólo que en las interpretaciones post-conciliares se ha omitido esta característica privilegiando algunas afirmaciones eclesiológicas particulares, como, por ejemplo, la idea de pueblo de Dios, la colegialidad de los obispos, las iglesias locales, la apertura ecuménica. Todo esto es verdad, pero todas estas doctrinas tienen una base y un fundamento que es el que les da el sentido. Ese fundamento es el que aparece en el capítulo primero de la Lumen gentium pero que también permea todas las doctrinas y los documentos del Concilio. En los años posteriores al Concilio surgieron muchas corrientes teológicas y muchos movimientos eclesiales que se fundamentaron en uno u otro aspecto de la Iglesia enseñado por el Concilio, pero olvidaron la base esencial que el mismo Concilio colocó: el Misterio de Cristo que, a su vez, brota del Misterio del Dios trinitario.
La palabra “Misterio” es una palabra de un contenido sumamente rico en la teología y en la tradición cristiana. En primer lugar, Misterio es la realidad de Dios en su ser Trino, pero no en el sentido de lo que es en sí, alejado del hombre, sino en cuanto se manifiesta al hombre. Y Misterio es la realidad de Cristo Jesús y su obra de salvación, tal cual nos es revelada en la Escritura y en la Iglesia. Misterio es también la Iglesia porque su fundamento es el Misterio de Cristo, y este Misterio, la Iglesia lo evidencia y anuncia en su liturgia y en sus sacramentos. De hecho, ella vive del Misterio de Cristo, eso es lo que la hace una “casa” construida sobre la “Roca”. Destacando ese fundamento trascendente de la Iglesia, san Agustín afirma: “civitas sancta, civitas fidelis, civitas in terra peregrina, in caelo fundata est”.
El Misterio de la Iglesia se arraiga en el Misterio del Dios trino “fue prefigurada desde el origen del mundo, preparada... en la historia del pueblo de Israel…, constituida en los tiempos definitivos, manifestada por la efusión del Espíritu” y, se consumará al final de los tiempos (LG I,2).
Hay una doble consideración en el Misterio de Cristo con respecto a la Iglesia. En primer lugar, Él es la piedra angular o fundamento sobre el que ella se levanta (cf. LG 6), pero igualmente, el Misterio o los Misterios de Jesús se actualizan en la vida toda de la Iglesia, por eso, ella vive de Él, no sólo como recuerdo, o como fundamento, sino como vivencia diaria. Cristo Jesús no es el iniciador de un movimiento o el fundador de una institución que se quedó en el recuerdo; Cristo Jesús vive en la Iglesia; es decir, la vida de la Iglesia es Cristo mismo y toda su actividad brota de ese Misterio, no de cualquier otra fuente, sea ideológica, institucional o política.
No hay nada más dinámico y vivo en la Iglesia que los misterios de Jesucristo, realidades palpitantes en ella. De esos Misterios brota todo: la oración, la actividad apostólica, la liturgia, el trabajo social. Por eso no son meras organizaciones estratégicas. El apostolado, la evangelización de la Iglesia es un Misterio que actualiza la evangelizaciónd de Jesús, y el mismo ministerio sacerdotal y episcopal “actualizan” la realidad del sacerdocio y el “liderazgo” de Cristo en ella. Y es que Cristo continúa realizando su misión a través de la Iglesia.
Constituida en Cristo, la Iglesia actualiza su Misterio, o como dice la LG, Cristo está “actualmente presente en misterio” (I, 3) en ella. Es así que la Iglesia y todos sus fieles viven de los Misterios de Jesús. Toda la vida espiritual de la Iglesia está en la vivencia del Misterio de Cristo y la misma teología ha de arraigarse en este Misterio para no quedar convertida en una mera ideología.
Mas no sólo el fundamento o base de la Iglesia está en el Misterio de Cristo, es toda su vivencia y su peregrinar en este mundo el que se convierte en actualización de ese Misterio. En efecto, como Cristo mismo “La Iglesia va peregrinando entre las persecuciones del mundo y los consuelos de Dios” (LG 8), y “como Cristo realizó la obra de la redención en pobreza y persecución, de igual modo la Iglesia está destinada a recorrer el mismo camino a fin de comunicar los frutos de la salvación a los hombres… Así también la Iglesia, aunque necesite de medios humanos para cumplir su misión, no fue instituida para buscar la gloria terrena, sino para proclamar la humildad y la abnegación, también con su propio ejemplo. Cristo fue enviado por el Padre a evangelizar a los pobres y levantar a los oprimidos, para buscar y salvar lo que estaba perdido; así también la Iglesia abraza con su amor a todos los afligidos por la debilidad humana” (L.G. 8). No se trata de una mera imitación de Cristo, se trata de actualizar el mismo Misterio de Cristo en su trabajo pastoral. La Iglesia se compromete con los pobres, no por razones políticas, ni porque ella sea una institución de servicio social, fundamentada en una ideología. La Iglesia se compromente con los pobres por una necesidad interna de su ser, porque el Cristo que vive en ella continúa en ella a través de los siglos su obra. Y el compromiso de la Iglesia con los pobres no es cualquier compromiso social o político, es el mismo compromiso de Jesús. No es la Iglesia la que vive, no es la Iglesia la que actúa para buscar prestigio humano, es Cristo quien vive en ella y el apostolado de la Iglesia, su compromiso con los pobres es actualización del mismo Misterio de Jesús.
Los misterios de Jesucristo son realidades actuales, no del pasado, porque el Evangelio no es una doctrina de hace dos mil años. El Evangelio es una realidad viva, es “fuerza de Dios para la salvación de todo el que cree”(Rm 1, 16). De esos Misterios brota todo: la oración, la actividad apostólica, la liturgia, el trabajo social. Este último no se reduce a ser una serie de organizaciones estratégicas. Así como el apostolado y la evangelización es un Misterio que actualiza la evangelización de Jesús, el mismo ministerio sacerdotal y episcopal “actualiza” la realidad del sacerdocio y el “liderazgo” de Cristo en ella. Y es que Cristo continúa operando su misión a través de la Iglesia. De una manera bastante clara dice todo esto la Lumen gentium, al hablar de los obispos: “En la persona, pues, de los obispos, a quienes asisten los presbíteros, el Señor Jesucristo, Pontífice supremo, está presente en medio de los fieles. Porque, sentado a la diestra del Padre, no está ausente la congregación de sus pontífices, sino que, principalmente a través de su servicio eximio, predica la palabra de Dios a todas las gentes y administra continuamente los sacramentos de la fe a los creyentes, y por medio de su oficio paternal (cf 1 Co 4, 15) va congregando nuevos miembros a su Cuerpo con regeneración sobrenatural” (LG 21).
En una frase que recuerda aquella otra de Pascal de que “Jesús estará en agonía hasta el fin del mundo” (Pascal, El Misterio de Jesús 1), la Constitución sobre la Liturgia dice que la función sacerdotal de Cristo “se prolonga a través de su Iglesia” y “el himno que se canta perpetuamente en las moradas celestiales” fue introducido por Cristo Jesús en la tierra y “Él mismo une a sí la comunidad entera de los hombres y la asocia al canto de este divino himno de alabanza” (SC 83). Por eso aconseja san Juan Eudes “Al entregaros a la oración, recordad que vais a continuar la oración de Cristo” (Vida y Reino de Jesús, Bogotá 1956, p. 82).
De igual forma, el apostolado de los laicos “depende de la unión vital” de éstos con Cristo, pues Él “es la fuente y origen de todo apostolado de la Iglesia” (A.A. 4), y es que Cristo Jesús “supremo y eterno Sacerdote, quiere continuar su testimonio y su servicio por medio de los laicos” (LG 34).
La misma vida religiosa hace presentes “los misterios” de la vida de Jesús, pues los religiosos muestran a Jesús “ya entregado a la contemplación en el monte, ya anunciando el Reino de Dios a las multitudes, o curando a los enfermos y pacientes y convirtiendo a los pecadores al buen camino, o bendiciendo a los niños y haciendo bien a todos, siempre, sin embargo, obediente a la voluntad del Padre que lo envió” (LG 46).
Esta doctrina del Concilio sobre la unidad o vinculación de la Iglesia a los misterios de Cristo Jesús ha sido ampliamente desarrollada y profundizada por los maestros de la escuela francesa de espiritualidad, o escuela berulliana, de los cuales se dice que “aprendieron de san Pablo que los cristianos son la plenitud de Jesucristo; quien siendo perfecto en su persona, se acrecienta en sus miembros… se extiende en nosotros y cumple las facultades que Él tiene de amar, de ser humillado, de sufrir, y, en fin, de practicar todas las virtudes”. Pero no sólo de san Pablo, también de san Agustín que afirma: “porque Él también sufre en ti; en ti siente hambre y sed y es atribulado en ti. Él todavía muere en ti, y tú ya has resucitado en Él” (In Psal. 100,3). Inspirándose precisamente en lo que dice san Pablo : “completo en mi carne lo que falta a las tribulaciones de Cristo” (Col 1, 24b), san Juan Eudes afirma: “Los Misterios de Jesús no han llegado aún a su completa perfección y cumplimiento” y explica: “Tenemos que continuar y cumplir en nosotros mismos la vida, las virtudes y los actos de Jesús, de igual modo hemos de continuar y complementar en nuestras personas los estados y misterios de Jesús y de suplicarle que Él mismo los realice plenamente en nosotros, y los lleve a su total desarrollo y perfección definitiva, en la Iglesia universal… Los misterios de Jesús no han alcanzado todavía su perfeccionamiento total sino en nuestro Jefe y cabeza, pero su desarrollo progresivo continúa en nosotros sus miembros y en la Iglesia católica que es su cuerpo místico” (Ibíd. p. 175).
Esto está muy claro en san Pablo, a quien hace referencia el Concilio cuando dice: “La Iglesia medita la advertencia del Apóstol, quien, estimulando a los fieles a la caridad, los exhorta a que tengan en sí los mismos sentimientos que tuvo Cristo, el cual se anonadó a sí mismo tomando la forma de esclavo…, hecho obediente hasta la muerte (Flp 2, 7-8), y por nosotros se hizo pobre, siendo rico (2 Cor 8, 9)” (LG 42). La conducta del cristiano o de la Iglesia no es algo que se reduce a una práctica externa o a una disciplina. Tanto la conducta del cristiano como la de la Iglesia brotan de la misma vida que late en su interior y que es la vida de Cristo, que vive en ellos y se convierte en la continuación y la prolongación en cada uno de nosotros de la vida misma de Jesús. Entre el cristiano o la Iglesia y Jesús hay “una unión”, que podemos denominar orgánica y vital, pero no porque sea una vitalidad natural sino sobrenatural. Es la doctrina que aparece también en san Juan: “Permaneced en mí, como yo en vosotros. Lo mismo que el sarmiento no puede dar fruto por sí mismo, si no permanece en la vid; así tampoco vosotros si no permanecéis en mí… porque separados de mí no podéis hacer nada” (Jn 15, 4.5). Esta unión vital con Jesús es tal, que como hemos dicho, todos los misterios de la vida de Jesús se continúan y se actualizan en la vida de la Iglesia y del cristiano: su vivir es vivir en Cristo, su oración es la oración de Cristo, su sufrir son los sufrimientos de Cristo, y su alegría es la misma alegría del Señor, su morir es morir con Cristo y su resucitar es la misma resurrección de Jesús. San Juan Eudes afirma: “Debéis continuar la oración que hacía Jesús mientras vivió con nosotros” (Ibíd. p. 78). Así también, “La caridad cristiana no es sino la continuación y perfecto desarrollo de la caridad de Jesús” (Ibíd. p. 171). |